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¿La clase de literatura como acto de justicia. Una breve reflexión para el caso de Chile. Por Ricardo Sánchez Lara

A propósito del “Seminario Internacional sobre Educación Lectora y Justicia Social: decolonialidad, políticas de las diferencias e infancias críticas”, celebrado de manera virtual los días 08 y 09 de octubre del 2020, me permito una reflexión incómoda, indeseada a veces, que pretende movilizar sentidos en aquellos educadores y educadoras que dedican pasión, energía y tiempo a “enseñar” literatura en las aulas.

Me parece, de inicio, que resulta fundamental mirar la Educación como acto de Justicia, en todos sus niveles, ámbitos y desarrollos. No es casual, siguiendo esa premisa, que por opuesto lógico exista la creciente necesidad, tanto investigativa como formativa, de examinar los múltiples marcos de injusticia.

Si bien es evidente que los existe (me refiero a los marcos de injusticias) en cuanto a distribución de riquezas, brechas salariales, densidad territorial y a violentas distinciones de género, juzgo aún más perversos los marcos de injusticias que se mueven, simbólicamente, en territorios que nos empeñamos en considerar neutrales.

La clase de literatura escolar (en general), por ejemplo, como he reflexionado en algunas recientes publicaciones, reproduce múltiples escenas de exclusión e injusticia que se sustentan, a priori, en la universalización del conocimiento literario (más bien en el carácter consensual de los repertorios que lo configuran), y que se anclan, fundamentalmente, en la formación inicial docente, los marcos de sentido curricular y en las representaciones sociales respecto del “buen leer”, del “buen enseñar” y del “buen aprender”.

Las y los participantes de esta particular escena de aprendizaje (cualquier manifestación literaria en la escolaridad) leen con mecánicas que restan subjetividad, bajo la premisa de que literatura es comprensión de lectura que se “conoce” con infinitos despliegues técnicos en los que, me parece, se reproduce una noción de ciudadanía silente, homogénea y dormida.

Las y los participantes de esta particular escena de aprendizaje, por otro lado, escriben con disposiciones funcionales a un sistema competencial-comunicativo; aprenden a someter la invención a cualquier registro alfabetizante y desplazan, lentamente, sus riquezas culturales y experienciales a ese espacio vacío y olvidado que, por cierto, y a mi pesar, queda fuera de las escuelas.

A veces, como sociedad, nos tranquiliza la idea de sentirnos justos, de saber que alguien ha decretado que se amplíen las posibilidades de ingreso, de saber que todas y todos nuestros estudiantes reciben los recursos necesarios para aprender (becas, alimentos, libros de texto, por mencionar algunos); nos tranquiliza la idea de sentirnos justos cuando, en definitiva, creemos que hemos incluido a aquellos que “por naturaleza” están desfavorecidos y son vulnerables.

Al revés. No hay naturaleza en la carencia ni hay sujetos vulnerables, sino colectivos múltiplemente (también sistemáticamente) vulnerados. Al revés: no hay sensación posible de justicia en la inclusión permanente a estructuras silenciosas de exclusión simbólica. Como decía al inicio, resulta fundamental mirar la Educación como acto de Justicia, y mirarnos, en ella, como reproductores de injusticias estructurales. Preguntarnos, entonces, cuál es nuestro rol y cómo aportamos en la invalidación de las experiencias o en la invisibilización de voces, es estrictamente necesario y fundamental. Es urgente.

Observar, de esta manera, la clase de literatura escolar es repensar las condiciones de justicia e inclusión, por una parte, y, por otra, reconfigurar los espacios de legitimación de las experiencias diversas como condición inicial para los encuentros literarios. Por ello, el “Seminario Internacional sobre Educación Lectora y Justicia Social: decolonialidad, políticas de las diferencias e infancias críticas”, organizado por el Centro de Estudios Latinoamericano de Educación Inclusiva (CELEI, Chile), primer centro de investigación creado en Chile y en América Latina para el estudio teórico y metodológico de la inclusión, se yergue como un lugar de enunciación crítica que urge, que llama e invita a mirar y mirarse; en suma, a repensar la estructura de la exclusión y sus múltiples perspectivas no exploradas, a preguntarnos, por poner un caso eventualmente incómodo, si la clase de literatura es (así como tantas o todas las clases de nuestro sistema escolar) un acto de justicia o una subterfugia disposición de control y marginación.

Ricardo Sánchez Lara

Universidad Católica Silva Henríquez

rsanchezl@ucsh.cl

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