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La creación del conocimiento y el desarrollo sustentable. Por Flavio Salazar

El desarrollo histórico de las sociedades se basa, en gran parte, en la acumulación social del conocimiento. Este se sustenta en la experiencia, la reflexión y el saber previo. La sistematización de la generación de conocimiento hoy día se conoce como ciencia y aunque no es la única forma de generación de saberes, resulta esencial para el progreso social. Pero la ciencia encierra en sí misma una contradicción, dado que al ser fruto de la organización social también forma parte del modelo productivo y constituye una mercancía de la industria capitalista. Esta contradicción dialéctica ha tensionado las visiones desde la izquierda respecto del rol de la ciencia y la tecnología en un nuevo modelo productivo que supere al neoliberalismo y permita a su vez explorar nuevas culturas y desarrollo integrales de los saberes.

Lo cierto es que a nivel global, la humanidad se enfrenta a desafíos de carácter sistémico, donde se entrelazan oportunidades y amenazas para el planeta y sus habitantes. Los notables avances en las capacidades productivas globales, sustentadas en los progresos tecnológicos, permitieron un crecimiento económico sin precedentes durante el siglo XX, que imbricado con una integración e interconexión inédita durante el presente siglo entre países, organizaciones y personas, y la posibilidad de acceder a información y conocimiento como nunca antes en la historia, entre otras varias transformaciones, han acelerado la expansión económica global, aunque con una marcada heterogeneidad y desigualdad entre países industrializados y el resto del planeta.

Por otra parte, las miradas puramente economicistas relacionadas al uso de la ciencia y tecnología como mercancía han producido enormes daños al ecosistema, los que se pueden transformar en irreversibles y amenazar la supervivencia de las próximas generaciones. Estas aproximaciones han generado brechas cada vez mayores en las relaciones de género, étnicas y geográficas. Aunque hoy opacado por la pandemia, el acelerado cambio climático está produciendo efectos devastadores para grandes segmentos de la población mundial, afectando enormes sectores del aparato productivo, empezando por la agricultura y el equilibrio marino y generan como consecuencia inestabilidad política y profundización de las desigualdades sociales. Las migraciones masivas forzadas por los conflictos y la desigualdad están tensionado la cohesión social, política, regional y cultural dentro y entre los países. La concentración de datos y acumulación de conocimiento en unas pocas corporaciones globales, han incrementado la disparidad en los propios países desarrollados y han profundizado el estancamiento en los países en vías de desarrollo. La explotación de recursos naturales sin una visión de sustentabilidad genera problemas de contaminación aguda, que da cabida, entre otras lacras, a las llamadas zonas de sacrifico que no se justifican desde una mirada ética. La invasión de hábitats no solamente amenaza la supervivencia de diversas especies, sino que junto con la irracional industria de producción animal, aumentan exponencialmente los riesgos de pandemias causadas por enfermedades zoonóticas. Estos desequilibrios nos presentan un panorama complejo y generan un descontento de las masas que debilita la democracia y puede fomentar el avance de movimientos de tendencia totalitaria que apelan a los prejuicios y a la irracionalidad.

En el contexto anterior, la implementación de un nuevo modelo de desarrollo que se sustente en el conocimiento, la ciencia y la tecnología para diversificar la matriz productiva de Chile y generar una sociedad más equitativa y sustentable, debe contemplar ciertos principios y promover cambios culturales que democraticen el conocimiento y lo pongan al servicio de toda la sociedad. Así, las instituciones dedicadas a la generación, difusión y uso de éste, particularmente las universidades, deben tener la responsabilidad de contribuir, no solo a responder las preguntas esenciales en cada una de sus disciplinas, sino de servir de pilar fundamental para la toma de decisiones estratégicas que se basen en evidencias y promuevan el interés común y el bienestar de sus ciudadanos. Resulta urgente entonces abordar colectiva y multidisciplinariamente los retos que nos presenta la tercera revolución tecnológica. Por ello, las ciencias sociales y las humanidades deben ser incorporadas protagónicamente a este debate, mediante las dinámicas del pensamiento crítico, que en estrecho dialogo con las ciencias exactas y naturales permitan contribuir a la orientación de este conocimiento hacia la mejora de la calidad de vida de amplios segmentos de hombres, mujeres y niños, mitigando sus potenciales efectos adversos.

La complejidad de los sistemas, físicos, biológicos y sociales obligan a reposicionar visiones integrales, limitando las excesivas miradas y prácticas reduccionistas, incluyendo estrategias puramente economicistas. Naturalmente, el conocimiento acumulado por la humanidad ya no puede almacenarse en una mente individual, como en la antigüedad o en el renacimiento, ni tampoco ser abordado desde una sola ciencia o una sola institución, sino que se encuentra distribuido en millones de cerebros y discos duros de inteligencia artificial interconectados que deben ser articulados mediante discusiones y trabajos transdisciplinarios colaborativos. Esto no significa de ninguna manera que los saberes disciplinarios queden obsoletos, muy por el contrario, sabemos que la profundidad se alcanza mediante la revisión objetiva de pares, que requieren una determinada experticia, por lo que el cultivo de la excelencia disciplinar en las ciencias básicas seguirá jugando un papel trascendental en la profundización del conocimiento y en la formación de nuevos cuadros científicos, aunque se debe producir una profunda revisión de los parámetros e indicadores utilizados hasta hoy.

Chile se encuentra en una disyuntiva histórica respecto a su eterna ambición de lograr transformarse en un país plenamente desarrollado. La economía basada esencialmente en la sobreexplotación de recursos naturales, cuyos excedentes son capturados casi en su totalidad por los capitales internacionales, ha alcanzado un nivel de estancamiento que ya ni siquiera garantiza un crecimiento económico, que sostenga las llamadas políticas del chorreo. Los beneficios corporativos obtenidos mediante la explotación exhaustiva, sin mayor valor agregado tecnológico, son tan altos que desincentivan la inversión privada en ciencia, tecnología e innovación. La idea de diversificación de la economía no es una de tantas alternativas, sino una necesidad ineludible, si se quiere realmente dar el salto hacia un desarrollo sustentable. Este desarrollo debe entenderse de acuerdo a los parámetros actuales, que se relacionan no solamente con el crecimiento económico, sino con la calidad de vida que ofrecen a sus habitantes, el llamado buen vivir.

Únicamente mediante la recuperación paulatina de los recursos naturales, a lo menos mediante royalties significativos, permitirá la reinversión de capital público en I+D produciendo un incentivo virtuoso para la asociación público privada en iniciativas innovadoras que agreguen sofisticación a la matriz productiva de Chile. En este sentido, debemos pasar de los diagnósticos abstractos a un proyecto concreto de desarrollo de la ciencia y la tecnología, para transformarla en uno de los pilares del crecimiento de nuestra economía y del bienestar humano. Este plan debe cumplir dos condiciones fundamentales, como cualquier proyecto que tenga factibilidad; establecer objetivos a mediano y largo plazo más allá de las coyunturas y períodos administrativos del país, y contar con un presupuesto definido y proyectado en la misma temporalidad.

En este sentido, las señales de estancamiento presupuestario, donde se destina menos del 0,4% del PIB a la ciencia y la tecnología y la perdida de oportunidades incluso durante la época de bonanza económica, obedecen a una histórica falta de priorización estratégica del Estado, que ha desaprovechado los recursos humanos que él mismo ha contribuido a formar, y contagiado de pesimismo y desapego justamente a quienes pueden contribuir con conocimiento y entusiasmo a los desafíos del país.

Por ello, en este contexto adverso, un programa de cambio debe promover a través de sus comunidades y estructuras, que las Universidades y centros de investigación asuman el liderazgo que históricamente les ha correspondido, estableciendo instancias de discusión y participación que contribuyan a generar una propuesta estratégica para el país en los temas de investigación. Recuperar la iniciativa del Estado en la implementación de un nuevo modelo de desarrollo basado en el conocimiento resulta esencial. Para ello se debe contemplar un robusto y progresivo plan de inversión en ciencia que sustente la investigación fundamental y aplicada incluyendo las ciencias sociales y las humanidades, indispensables para la valoración integral de las potencialidades de los proyectos. Mediante la iniciativa del Estado se debe fomentar el emprendimiento asociativo público-privado en áreas de interés nacional. Durante la pandemia se han evidenciado nuevas realidades transversales que revaloran el rol activo del Estado en la generación de iniciativas que promueven el avance científico. La necesidad de invertir en nuevas fuentes de energía sustentables, la recuperación de capacidades para la producción de vacunas y biológicos, la investigación climática y el fortalecimiento de la ciencia relacionada a la salud pública constituyen hoy día una requisito insoslayable para impedir futuras catástrofes socioambientales. Una propuesta acorde a estas visiones debe basarse en parte en algunos principios que han sido recogidos en los exitosos procesos de discusión en diversos espacios multiestamentales de diversas instituciones y que pueden ser discutidos y ampliados durante las discusiones constituyentes:

1. Fortalecimiento del valor público del conocimiento

2. Financiamiento directo para la plataforma de investigación en las universidades, que permita albergar y articular los proyectos de investigación y la colaboración interinstitucional

3. Valoración, equilibrada de la excelencia y de la pertinencia de los proyectos de investigación a financiar.

4. Promoción y articulación de la Investigación asociativa inter y transdisciplinaria en torno a temas de interés local, nacional y global

5. Implementación de grandes proyectos colaborativos, interinstitucionales, e internacionales en áreas de interés del país y de impacto global que generan mayores capacidades logísticas, absorban capital humano avanzado y fortalezcan las capacidades nacionales den I+D

6. Internacionalización académica integral con énfasis en la integración regional en América Latina y la región Asia Pacífico.

7. Revaloración del pensamiento crítico, las humanidades y las ciencias sociales incorporándolas a los proyectos de desarrollo.

8. Fortalecimiento de la descentralización mediante proyectos colaborativos entre universidades nacionales e instituciones regionales, estableciendo de proyectos estratégicos en regiones con ventajas naturales.

9. Promoción de valores tales como la investigación con perspectiva de género, inclusión, honestidad y rigor.

10. Establecimiento de condiciones adecuadas de trabajo y reconocimiento para los equipos de investigación y no solo para los líderes académicos

11. Fomento de la transferencia de conocimiento a la sociedad tanto al sector público como al sector privado, generando procesos innovativos que avancen en la diversificación de la matriz productiva.

12. Fomento de una cultura de la investigación aplicada y de la innovación mediante impuestos específicos a los sectores exportadores desarrollados y a la recuperación de excedentes provenientes de recursos naturales e incentivos a la investigación y desarrollo en el sector privado mediante exenciones tributarias

Flavio Salazar, PhD.
Universidad de Chile

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