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La crisis de atención: el recurso psicológico que estamos perdiendo. Por Ariel Leiva Araya

Hace algún tiempo un paciente llegó a consulta preocupado porque sentía que algo andaba mal en él. No hablaba de una ansiedad intensa ni de una depresión evidente. Trabajaba, cumplía con sus responsabilidades y mantenía una vida relativamente estable. Sin embargo, había algo que lo inquietaba profundamente: ya no podía concentrarse.

Me contó que intentaba leer un libro y, a las pocas páginas, sentía la necesidad casi automática de revisar el teléfono. Veía una película mientras respondía mensajes. Escuchaba un podcast mientras revisaba redes sociales. Incluso durante conversaciones importantes descubría que una parte de su atención estaba en otra parte, como si nunca terminara de estar completamente donde estaba.

No es el único.

En los últimos años he visto aparecer este tema una y otra vez en consulta. Personas de distintas edades, profesiones e historias personales describen una sensación parecida. No necesariamente se sienten más tristes o más ansiosas que antes. Lo que sienten es que les cuesta permanecer. Permanecer en una lectura, en una conversación, en una tarea o incluso en sus propios pensamientos.

Cuando hablamos de salud mental solemos enfocarnos en la ansiedad, la depresión o el estrés. Son problemas reales y relevantes. Sin embargo, tengo la impresión de que existe otro fenómeno que avanza de manera más silenciosa: la erosión progresiva de nuestra capacidad de atención.

La atención es uno de esos procesos psicológicos que damos por sentado hasta que comienza a fallar. Es la puerta de entrada del aprendizaje, de la memoria, de la reflexión y de los vínculos humanos. Sin atención resulta difícil comprender un texto complejo, escuchar genuinamente a otra persona o desarrollar una idea con profundidad.

Pero la atención no es solamente una función cognitiva. También es una forma de estar en el mundo. Aquello a lo que prestamos atención va construyendo, poco a poco, nuestra experiencia de la realidad. No vivimos todo lo que ocurre: vivimos aquello que logramos registrar, elaborar y sostener el tiempo suficiente como para que deje una marca en nosotros.

Por eso la crisis de atención no debería preocuparnos únicamente porque leemos menos, rendimos peor o nos cuesta terminar una tarea. Debería preocuparnos porque afecta nuestra capacidad de habitar la experiencia. Una vida fragmentada en estímulos breves corre el riesgo de convertirse también en una experiencia fragmentada de uno mismo.

Paradójicamente, vivimos en una época que compite por nuestra atención de manera permanente.

Cada notificación, cada video corto, cada actualización y cada titular está diseñado para capturar algunos segundos de nuestro interés antes de que algo más ocupe su lugar. La economía digital descubrió hace tiempo que la atención es un recurso valioso y escaso. Lo que muchas veces olvidamos es que también es un recurso psicológico limitado.

No se trata de demonizar la tecnología. Sería una simplificación absurda. Gracias a ella trabajamos, estudiamos, aprendemos y mantenemos contacto con personas que están al otro lado del mundo. El problema aparece cuando la fragmentación deja de ser una herramienta y comienza a transformarse en un hábito mental.

Cada vez parece más difícil dedicar una hora completa a una sola actividad. Leer durante treinta minutos sin interrupciones se ha convertido para muchas personas en un desafío. Incluso el aburrimiento, esa experiencia que durante generaciones acompañó la creatividad, la introspección y la imaginación, se ha vuelto intolerable. Apenas aparece un momento vacío, la mano busca automáticamente el teléfono.

Como lector, me sorprende escuchar cada vez con más frecuencia a personas que antes disfrutaban leer novelas y que hoy reconocen que les cuesta avanzar algunas páginas sin sentir la necesidad de mirar una pantalla. No hablan de falta de interés por la lectura. Hablan de una dificultad creciente para sostener la atención el tiempo suficiente como para sumergirse en ella.

Y hay algo importante en esa palabra: sumergirse. Porque no todo contacto con una experiencia es equivalente. Uno puede mirar una película sin entrar realmente en ella. Puede escuchar a alguien sin escucharlo del todo. Puede leer un texto sin dejar que el texto trabaje internamente. Puede vivir muchas cosas sin permanecer lo suficiente en ninguna.

En ese sentido, la atención profunda tiene algo de resistencia. Resistencia frente a una cultura que nos empuja a saltar constantemente de un estímulo a otro. Resistencia frente a la idea de que toda pausa debe ser llenada, que todo silencio debe ser interrumpido, que todo vacío debe ser ocupado por algún contenido.

Como psicólogo clínico también observo otro efecto menos evidente. Muchas personas llegan esperando respuestas inmediatas para problemas que llevan años construyéndose. Vivimos en una cultura que nos acostumbra a la gratificación instantánea y luego nos exige enfrentar procesos emocionales que necesariamente son lentos.

Elaborar un duelo, fortalecer la autoestima, reconstruir una relación o superar una experiencia traumática requiere tiempo, repetición y paciencia. Ninguno de esos procesos ocurre a la velocidad de una actualización de pantalla. La vida psíquica no funciona como una aplicación. No basta con apretar un botón para reiniciar aquello que dolió durante años.

Quizás por eso la crisis de atención no es solamente un problema cognitivo. También es un problema existencial.

La capacidad de sostener la atención está profundamente relacionada con nuestra capacidad de darle sentido a la experiencia. Las relaciones profundas requieren atención. La lectura profunda requiere atención. El pensamiento crítico requiere atención. Incluso la construcción de una identidad requiere atención.

Resulta difícil preguntarnos quiénes somos cuando vivimos saltando de estímulo en estímulo. La identidad necesita cierta continuidad interna. Necesita memoria, elaboración, silencio, conflicto, conversación con uno mismo. Necesita tiempo. Y el tiempo, en una cultura de la inmediatez, parece haberse convertido en una de las cosas más difíciles de tolerar.

No estamos perdiendo únicamente la capacidad de concentrarnos. Estamos perdiendo la capacidad de permanecer en una experiencia el tiempo suficiente como para que nos transforme.

No sé si estamos frente a una epidemia en el sentido tradicional del término. Pero sí creo que estamos perdiendo algo importante. Algo que durante mucho tiempo consideramos natural y que hoy parece necesitar entrenamiento consciente.

Quizás una de las formas más simples de resistencia en esta época sea recuperar espacios donde nuestra atención pueda permanecer el tiempo suficiente para que ocurra algo más que una reacción automática. Leer un libro. Escuchar sin mirar una pantalla. Caminar sin auriculares. Conversar sin revisar el teléfono. Aburrirse un poco.

No como un gesto moralista ni como nostalgia por un pasado idealizado, sino como una forma de recuperar algo profundamente humano: la posibilidad de estar presentes.

Porque tal vez la pregunta más importante ya no sea cuánto contenido somos capaces de consumir, sino cuánto tiempo somos capaces de permanecer realmente presentes en aquello que estamos viviendo.

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