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La crisis de las explicaciones simples. Por Cristopher Ferreira Escobar

Chile atraviesa una paradoja curiosa.

Nunca habíamos dispuesto de tanta información para comprender nuestros problemas y, sin embargo, pocas veces habíamos tenido tanta dificultad para explicarlos.

Discutimos la delincuencia, el bajo crecimiento económico, la violencia escolar, la crisis de confianza, la salud mental, la polarización política o los efectos de las redes sociales. Cada semana aparecen nuevos estudios, nuevos indicadores y nuevos especialistas. Pero la sensación de que "todavía no entendemos qué está pasando" persiste.

Tal vez el problema no sea la falta de información.

Tal vez estemos buscando respuestas con una forma de explicar que empieza a mostrar sus límites.

Durante buena parte de la modernidad, comprender un fenómeno significaba responder una pregunta relativamente simple: ¿qué lo causa?

Si encontrábamos la causa, encontrábamos también el lugar donde intervenir. La ciencia avanzó de ese modo. También las políticas públicas. La criminología buscó las causas del delito. La medicina las causas de la enfermedad. La economía las causas del crecimiento o de las crisis. La política las causas del conflicto social.

Ese modo de pensar transformó el mundo.

Pero hoy ocurre algo distinto.

Cuando hablamos de inseguridad ya no basta con señalar al delincuente. Aparecen los barrios, los mercados ilegales, las trayectorias de vida, la escuela, el consumo de drogas, el espacio público, las instituciones y hasta el diseño urbano.

Cuando discutimos el crecimiento económico ya no basta con hablar de inversión. Surgen la productividad, la confianza, la innovación, la calidad institucional, el capital humano, la inserción internacional y las capacidades del Estado.

Cuando intentamos comprender el amor aparecen los estilos de apego, las aplicaciones de citas, las transformaciones culturales, las redes sociales y la salud mental.

Cuando debatimos sobre inteligencia artificial, empresas o municipios, el lenguaje vuelve a repetirse: redes, ecosistemas, coordinación, gobernanza, plataformas, complejidad, interdependencia.

No es una coincidencia.

Tampoco una moda académica.

Es posible que estemos asistiendo a un cambio mucho más profundo: no sólo están cambiando nuestras respuestas. Está cambiando aquello que una época considera una explicación suficiente.

Las explicaciones simples siguen siendo necesarias. Pero cada vez resultan menos satisfactorias para comprender fenómenos que emergen de múltiples relaciones simultáneas.

Eso no significa que las causas hayan desaparecido ni que los individuos dejen de importar. Significa algo distinto: la explicación comienza a desplazarse desde los elementos aislados hacia la forma en que esos elementos se organizan entre sí.

A esa forma de organizar una explicación la he denominado arquitectura relacional.

No se trata de una nueva teoría sobre la delincuencia, la economía o la política. Es una propuesta para observar cómo una sociedad construye aquello que considera inteligible.

Dos explicaciones pueden referirse al mismo problema y, sin embargo, pertenecer a arquitecturas completamente distintas. Del mismo modo, fenómenos tan diversos como la delincuencia, las políticas públicas, la gestión municipal, las empresas, las universidades, las redes sociales, la inteligencia artificial o el amor pueden compartir una misma arquitectura de explicación.

Esa es la hipótesis que he venido desarrollando en una investigación iniciada a partir de la historia de la criminología chilena del siglo XX. Lo que comenzó como un estudio sobre las formas de explicar el delito terminó convirtiéndose en una pregunta más amplia: ¿cómo cambian históricamente las arquitecturas con las que una sociedad cree haber comprendido el mundo?

La respuesta todavía está abierta. Toda hipótesis seria debe aceptar la posibilidad de ser refutada por la evidencia. Pero la pregunta merece ser formulada, porque quizás el cambio más importante de nuestro tiempo no sea tecnológico ni político.

Quizás sea intelectual.

Quizás el verdadero cambio de época consista en que estamos dejando de organizar nuestras explicaciones del mismo modo en que lo hicimos durante siglos. Esa es la discusión que propongo abrir con Arquitectura relacional, un libro que publicaré este año y que recorre, desde el caso chileno, campos tan diversos como la criminología, las políticas públicas, la gestión municipal, las empresas, las redes sociales, la inteligencia artificial y las transformaciones contemporáneas del amor.

Porque las sociedades no cambian únicamente cuando descubren nuevas respuestas.

Cambian, sobre todo, cuando aprenden a explicar el mundo de otra manera.

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Cristopher Ferreira Escobar. Cientista político

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