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La cultura de la violación y la normalización de la violencia. Por Esther Pineda G.

La violencia sexual ha sido en el pasado y en la actualidad una de las formas de violencia machista más explicitas y recurrentes, en la cual no solo se convierte a la mujer en un objeto y se le reduce sexualmente para la satisfacción y el disfrute masculino, sino que, se emplea además como un mecanismo para la afirmación del poder social de los hombres y para el disciplinamiento de las mujeres.

Esta repudiable práctica se repite día a día en las distintas sociedades que conocemos, y lo que es peor, incrementándose ante la indiferencia social y la inacción de los órganos de justicia. No obstante, este hecho puede explicarse como una consecuencia de la cultura de la violación, la cual supone la configuración de una dinámica social en la que a través de diversos discursos, prácticas y representaciones se acepta, se permite, se naturaliza e incluso se promueve que los hombres abusen sexualmente de las mujeres; agresiones que en algunos casos son presentadas como una forma válida de relacionarse con las mujeres en un contexto de rechazo o resistencia.

En Chile un claro ejemplo de estos imaginarios fueron las declaraciones del Ex Presidente Sebastián Piñera quien en el año 2020 durante el discurso por la aprobación de la Ley Gabriela afirmó “A veces no sólo es voluntad de los hombres de abusar, sino también la posición de las mujeres de ser abusadas. Tenemos que corregir al que abusa, y también tenemos que decirle a la persona abusada que no puede permitir que eso ocurra". Esta cultura de la violación se caracteriza por la recurrente revictimización de las víctimas, es decir, su culpabilización, donde las mujeres continuamente son responsabilizadas de las agresiones contra ellas cometidas, son juzgadas y sus vidas expuestas, sometidas al escarnio público cuando se atreven a denunciar la violencia que les han infligido, a la sospecha de lo relatado y al cuestionamiento de por qué no denunciaron antes; a ello se suma la defensa apriorística y la solidaridad automática con los agresores, quienes son protegidos, defendidos y en algunos casos convertidos en ídolos del patriarcado. Hechos que favorecen el silencio de las víctimas debido a que el temor a la acusación, el rechazo y el descrédito las obliga a callar, lo cual también permite a los agresores reproducir y perpetuar sus dinámicas y prácticas de violencia sexual bajo el amparo de la impunidad.

Pero aunque esta cultura de la violación impregna a toda la sociedad, esta sin lugar a dudas ha sido naturalizada, difundida y masificada a través de los medios de comunicación, entre los que destacan el cine y la televisión. Desde sus inicios los medios han recurrido a la violación como epicentro narrativo, como punto de partida de la trama en películas, series y telenovelas, como hecho necesario e imprescindible para el desarrollo de los personajes, lo cual indudablemente es sexista porque en estos contenidos mediáticos sólo las mujeres son violadas o están en riesgo de serlo, en cualquier lugar, ámbito o situación; lo cual pone de manifiesto que el cuerpo de las mujeres no tiene el mismo valor social que el de los hombres, pero sobre todo, que es considerado subalterno, inferior, en definitiva, insignificante.

Aunado a ello, esta cultura de la violación también se nutre de la narrativa pornográfica la cual opera como pedagogía del rol y valor del cuerpo y la sexualidad de las mujeres, donde son concebidas como objetos de consumo, y que, en los últimos años se ha hecho cada vez más explícita, agresiva y humillante, enviando a los hombres socializados en una cultura patriarcal y misógina la idea de que las mujeres siempre desean y disfrutan dichos abusos. Así mismo, es importante mencionar el impacto que están teniendo las redes sociales en lo que refiere al sostenimiento, masificación y profundización de esa cultura de la violación pues, en estas con frecuencia se difunden contenidos aparentemente humorísticos en los que se bromea con la violación de mujeres, y memes en los que se presenta la violación como un hecho cotidiano y trivial. Así mismo, las redes sociales con frecuencia están siendo utilizadas para la exposición y viralización de las violaciones, las cuales dejaron de ser escondidas y anónimas para convertirse en una forma de violencia pública, dado que, con frecuencia este tipo de agresiones son grabada, exhibida, contada y publicitada en las redes sociales por parte de los agresores, quienes en un clima de desprotección a las mujeres y ante la existencia de altos índices de impunidad parecen no temer el alcance de la tan indiferente justicia.

Pese a ello, las redes sociales también están consolidándose como un escenario de denuncia y resistencia de la cultura de la violación, así quedó en evidencia con la rápida viralización y masificación del performance Un violador en tu camino desarrollado por el colectivo feminista chileno Las Tesis en el año 2019, el cual intentaba derribar la narrativa en la que se responsabilizan a las víctimas y se justifican a los agresores con emblemáticas frases como: “Y la culpa no era mía, ni dónde estaba , ni cómo vestía. El violador eras tú”. Este performance le dio la vuelta y pese a los intentos de despolitización a los que se ha enfrentado sigue siendo aún una referencia de movilización de las mujeres en el espacio público ante estas formas de violencia sexistas y misóginas.


Esther Pineda G. es Doctora en Ciencias Sociales y escritora, autora de los libros: Cultura femicida. El riesgo de ser mujer en América Latina (2019), Bellas para morir. Estereotipos de género y violencia estética contra la mujer (2020), y Morir por ser mujer. Femicidio y feminicidio en América Latina (2021) publicados por Prometeo Libros.

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