Desde mi profesión como bailarina y profesora, viviendo en Tierra del Fuego, Chile -un territorio donde comenzamos a presenciar el avance de la ultraderecha en el gobierno- y en este día tan especial, 29 de abril, Día de la Danza, me detengo a reflexionar sobre el rol que esta disciplina podría asumir en esta nueva y compleja etapa del país.
Con un reajuste presupuestario impulsado bajo el lema de “reconstrucción”, este gobierno va a impactar directamente en el acceso a la cultura. Pero también, y quizás de manera menos visible, afectará profundamente al sector de las y los trabajadores del arte. Resulta especialmente preocupante que estos recortes -evidenciados en oficios emanados desde el Ministerio de Hacienda- continúen sin ser plenamente asumidos en su totalidad por el propio gobierno, aunque ya se ha pronunciado que el Ministerio de Cultura sufriría un recorte de 51.750 millones y con esto sus efectos ya comienzan a visibilizarse ya que tres programas se eliminarían.
En este contexto, la danza independiente y autogestionada se enfrenta a un escenario especialmente complejo. La precarización se profundiza para quienes sostenemos espacios de creación y educación dancística sin financiamiento estable, muchas veces itinerando de sala en sala, sin infraestructura propia, y con escasa regulación que resguarde la profesionalización de este quehacer.
Pienso entonces en la danza, no solo como disciplina, sino como práctica viva: un ritual donde habitan el movimiento, la exploración y la sensibilidad. Junto a colegas nos hemos preguntado qué sucederá, cuál será nuestro lugar en este escenario. Y me pregunto particularmente por la danza contemporánea: aquella que incomoda, que denuncia, que propone lecturas del mundo desde el gesto, desde la poética del cuerpo y la construcción de lenguajes que requieren tiempo, silencio y pausa.
¿Dónde se cobijará esa danza en una sociedad que sigue midiendo la cultura bajo parámetros mercantiles? Hoy pareciera imponerse una lógica de “eventismo”, donde el valor de una propuesta se mide por la cantidad de público que convoca, como si la danza circulara en la misma carrera que los conciertos masivos en el Movistar Arena (y sí, esto es una ironía). Hace pocos días, el SEREMI de Cultura de Magallanes del actual gobierno de Kast celebraba una actividad destacando que “había harta gente”, evidenciando con ello el foco desde el cual se están evaluando los logros culturales.
En medio de tiempos marcados por el individualismo extremo y la sobreinformación de las redes sociales, me queda una última esperanza y es que la danza pueda convertirse en un cobijo. Un espacio de pausa, de respiración, de encuentro. Tal vez, en este contexto caótico, la danza pueda ofrecernos un suspiro, un lugar donde resistir y reimaginar, lejos de la lógica de la inmediatez y el rendimiento, ritmos que nos da este sistema capitalista neoliberal y que se exacerban en gobiernos de ultraderecha.
Solo me queda recurrir a un mensaje casi mántrico en estos tiempos complejos: que Viva la danza, y con ello su quehacer, su historia y por sobre todo que ¡vivan los trabajadores de la danza que resisten!
*Trabajadora de la danza de Tierra del Fuego.
