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La debacle de la tesis centrista. Por Francisco Suarez

Seguramente a más de uno le ha pasado que va al médico y no logra identificar el problema que lo aqueja. Entonces, nos deriva a otro especialista que tampoco da con el problema, y así puede pasar un buen rato antes de que se dé con el diagnóstico correcto. Esto es molesto y, en Chile además puede costar carísimo. Aunque, peor sería que no se dé con el diagnóstico correcto y que la enfermedad se agrave o, peor aún, que te operen creyendo que tienes un mal que no tienes y que la operación te deje con secuelas de por vida. Esto es lo que le ha pasado a la centroizquierda en Chile: crear una pseudo-estrategia basada en un diagnóstico errado.

Los resultados de las elecciones son categóricos y desde ya dejan una lección contundente: el desplome de la tesis centrista. El quinto lugar de Matthei, la participación testimonial de candidatos centro-centristas como Mayne-Nicholls o aquel que intentó hacer una síntesis de la centroizquierda y la centroderecha, MEO, son una prueba de esto.

A nivel parlamentario, la desaparición de partidos con gente que participó en gobiernos los últimos 30 años como los radicales, Evópoli, Amarillos y Demócratas apunta en el mismo sentido. Y esto se viene mostrando desde hace tiempo. Los expertos parecen estar al tanto, pero parecen no entenderlo del todo. Se habla entonces del fenómeno de la polarización -“el péndulo”- para hacer referencia a las oscilaciones entre Bachelet y Piñera, entre la Convención y el Consejo Constitucional. Sin embargo, siguieron insistiendo en que el país buscaba un candidato de consenso, un “Patricio Aylwin del siglo XXI”.

Sin embargo, el domingo se volvió a evidenciar que la población está optando por darle su voto a candidatos que encarnan una ruptura con el status quo. Así, la única encuesta que cuenta, es decir, los resultados de las elecciones, vino a confirmar la debacle de una tesis profundamente funcionalista y a veces hasta siútica. Una tesis formalista, en el sentido de que no tiene mayor relación con la realidad, psicoanalítica por momentos, creada en base a una imagen fantasmada de la sociedad: un país de centro y portaliano.

Sus argumentos se basan principalmente en criterios comunicacionales y en arquetipos que buscan representar al electorado del pueblo chileno. Según sus defensores, por un lado se encontrarían los integrados y los desintegrados; y por el otro, los institucionalistas y los disruptivos. El problema de esta tesis, además de que se imaginó un centro que ya no existía, es que concibe la crisis estructural del modelo neoliberal -esa que causaría el éter llamado malestar social- como un epifenómeno o una tesis panfletaria, y no como la principal causa explicativa de los resultados electorales de los últimos años.

Se trata de una tesis moralista que en base a una imagen fantasmada del país y su cultura, intenta objetivar la suma de las subjetividades que atraviesan a la sociedad agrupándolas en torno a arquetipos. Así, las condiciones materiales de las personas no tendrían nada que ver; el chileno sería un portaliano por naturaleza y no simplemente una persona con un sustento tan frágil que cualquier sacudón pone en riesgo sus condiciones de su vida, obligándolo a hacer una completada para hacer frente a los vaivenes de la vida. Para sus autores, esta precariedad no logra explicar la afección por la estabilidad, para ellos importaría más intentar dilucidar si el tío se lleva bien con el sobrino con quien comparte el hogar, si le gustan los autos tuneados o saber por qué está enojado el niño, para darles el gusto.

Así, para los expertos, no se trata de ricos contra pobres, de la vieja lucha de clases, motivada por las condiciones materiales de la existencia y la distribución de la riqueza, sino de algo más sofisticado, solo imaginable para un escritor, un novelista o un todólogo que vendría a explicarle a los iletrados las complejidades del mundo savante y del mundo en general.

Para sus autores, el fenómeno principal sería “el malestar social” algo así como un disfuncionamiento de la sociedad que causa que la gente ande medio desorientada y molesta, entonces votan por cualquier cosa. Por eso mismo, habría que enseñarles (porque ellos no saben por quienes votan), de ahí la importancia que se le da a la comunicación política. Una idea bastante paternalista que refleja un profundo desprecio por las clases populares y que reduce la política a una especialidad del marketing o una ciencia moral. Bourdieu decía: el gusto (fundamental en la distinción social de las élites), es el desprecio por el gusto de los otros.

La crisis como una oportunidad de mercado

Así, se habla del auge de la extrema derecha a nivel mundial, del obstruccionismo del parlamento, de las redes sociales o de la falta de ética de la derecha populista, pero sin atender las razones susceptibles de explicar las causas de la crisis y la votación del electorado. La tesis centrista prefiere optar por enfocarse en lo que toca decir según las encuestas y la agenda, para proponer un servicio de consultoría o un podcast, pero obviando las causas de fondo.

La incertidumbre estructural de una crisis hace que este análisis sea tan errático como el accionar de los actores políticos que calculan sus movimientos basados en la experiencia de una sociedad (y aquí además se da el caso de que los expertos son actores políticos) que, por el hecho mismo de que se encuentra en crisis, ya no funciona como antes. A pesar de esto, siguen actuando de la misma manera, esperando a que lo que hasta hace unas décadas funcionaba de maravilla, siga teniendo los mismos efectos en una realidad que ya no es la misma. Así hablan de las transformaciones y de estados de ánimo de la sociedad sin referirse al sistema que está en crisis, aquel que estalló el 2008 en el mundo, está dando marcha atrás actualmente y da muestras de agotamiento en Chile desde el 2010.

Ahora, el lector curioso se preguntará cómo concretamente el agotamiento del modelo permite explicar la crisis. Es bastante simple, porque en la actualidad es incapaz de lograr lo que en su momento logró: articular un bloque social hegemónico. A continuación, explicaremos brevemente los elementos del análisis que nos llevan a afirmar esto.

Crisis y compromiso institucional

Por compromiso institucional no hay que entender una negociación que se lleva a cabo entre políticos de distintos horizontes, como fue “el acuerdo por la paz y la nueva constitución” del 15 de noviembre de 2019. Un compromiso institucional hace referencia a la estabilización de los conflictos que atraviesan a las sociedades por el simple hecho de que estas albergan intereses contradictorios entre los diferentes actores que la constituyen.

Este compromiso no se alcanza a través de una negociación sino que mediante una relación de fuerzas en donde un bloque termina por imponerse. Por ejemplo, los exportadores del país pueden verse favorecidos con un aumento del precio del dólar si sus ventas son pagadas en esta divisa; en cambio, una industria importadora de bienes industriales puede ver sus márgenes de ganancias afectados si la adquisición del bien comerciado lo compran en pesos chilenos. Entonces, los primeros estarán a favor de políticas que favorezcan un dólar alto y un peso devaluado, mientras que los segundos estarán en contra.

¿Cómo se arregla esto? mediante una relación de fuerzas. El compromiso se logra cuando uno de los dos logra reagrupar en torno a intereses convergentes una heterogeneidad de grupos sociales para instituir un orden que les favorece. Para esto, no basta solo la fuerza: es necesario que el orden social cuente con la capacidad de cumplir con sus promesas y la suficiente legitimidad para poder perpetuarse. Dicho de otra forma, que se saquen cuentas alegres.

Actualmente, el modelo neoliberal es incapaz de poder ofrecer esto, porque su capacidad para generar plusvalía se encuentra agotada. El modelo entró en crisis porque su funcionamiento no incentiva el aumento de las tasas de productividad, lo que a su vez es el motor del crecimiento. Entonces ocurre que las empresas que dependen de sus ganancias para sobrevivir, buscan alternativas para maximizarlas. Al no encontrar formas de generar ganancias a través de un aumento de la productividad relativa, es decir, producir más en base a la misma cantidad de capital invertido, se vuelcan hacia un aumento de la plusvalía absoluta, es decir, una degradación de las condiciones de trabajo, como el tiempo, los salarios y/o el mantenimiento de las instrumentos de trabajo.

Aquí se dirá que durante el actual gobierno se disminuyó la jornada laboral y hubo un aumento del salario mínimo. El problema es que esas pequeñas ganancias para los trabajadores no compensan las pérdidas que sufren por otros mecanismos estructurales que los empobrecen de manera constante, haciendo que el costo de vida sea impagable, lo que a su vez los obliga a endeudarse para comprar en el supermercado. Deuda que pagan con intereses a las empresas que los contratan y/o a los bancos que prestan el dinero de sus pensiones. Así, lo que técnicamente se conoce como “el costo de la reproducción del trabajo”, es decir, alimentarse, dormir, sanarse o educarse, etc., finalmente corre por cuenta de los propios trabajadores, lo que en la práctica se transforma en una subvención a las grandes empresas que lucran doblemente a costa de los trabajadores-consumidores.

Entonces, la crisis resulta del hecho de que el sistema no genera suficiente riqueza para crear empleo y aumentar el poder de compra lo suficiente como para que el peso de los intereses de la deuda no aplaste a los trabajadores. Por esta y otras razones, el modelo es, a estas alturas, incapaz de generar un bloque social articulado y todo lo que esté asociado a él, entiéndase el centro, es inmediatamente castigado.

Ante esto, la extrema derecha propone algo concreto pero completamente falso: darle prioridad a los chilenos y restablecer el orden para volver a crecer. Parisi encarna una cierta nostalgia por la época de crecimiento que brindó el modelo, y propone renovar una de las promesas incumplidas del neoliberalismo: la meritocracia. El oficialismo, por su parte, con sus propuestas y personajes como Lagos Weber y el mundo concertacionista, encarnan a la perfección los últimos 30 años. En el fondo, optaron por ser Harris antes que Mamdani. El resultado quedó de manifiesto.

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