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La dicotomía inclusiva: la educación diferencial sin reconocimiento. Por Fernanda Morales Vargas

Con el aumento inminente de los diagnósticos de neurodivergencias en Chile, y su presencia cada vez mayor en las escuelas, los diálogos en torno a la inclusión educativa se vuelven más frecuentes. Frente a esto, observamos un aumento de instituciones educativas que se adjudican el famoso “sello inclusivo”, atribuyéndose la responsabilidad de proveer a todos los estudiantes herramientas para derribar las barreras de aprendizaje. Pero… ¿es realmente la institución educativa quien brinda estas herramientas, o es una tarea delegada exclusivamente al profesional especialista?

Veamos ejemplos concretos: cuando un estudiante se desregula emocional o conductualmente y golpea o lanza objetos, ¿se recurre al profesor de Matemática para intervenir? Cuando un estudiante no logra alcanzar los objetivos de aprendizaje de su curso, ¿el profesor de Artes es quien realiza una evaluación psicopedagógica? Cuando un estudiante requiere adecuación curricular, ¿el docente de Ciencias elabora un Plan de Adecuación Curricular Individual? La respuesta en todos estos casos es no. Es la profesional especialista en inclusión y diversificación quien aborda estas necesidades.

Las y los educadores diferenciales, cumplen una labor relevante en las aulas de clases, pese a lo cual, deben insistir para que sus puntos de vista sean validados y considerados en una sociedad que es cualquier cosa menos inclusiva. Son profesionales que, día a día, responden a necesidades educativas especiales en un contexto que margina y limita. En un sistema que no reconoce ni valida su especialidad.

¿Por qué la educación diferencial no es reconocida como ocurre con las otras pedagogías? Estudiamos cinco o más años; tenemos una, dos o tres menciones que nos permiten brindar atención específica para ciertos diagnósticos. Y aun así, hoy somos excluidos del reconocimiento a esa labor, sin ninguna explicación ni argumento válido.

No quiero pensar que esto se debe a sesgos de género. Según MINEDUC, más del 94% de quienes ejercemos esta profesión somos mujeres, y es bien sabido que en Chile el trabajo femenino tiende a ser infravalorado. Tal vez esto también se relacione con una percepción errada de nuestra labor, donde se nos considera solo un apoyo, desconociendo nuestra función pedagógica especializada.

Es por eso que escribo hoy: porque necesitamos una acción concreta que regule esta situación, que nos valide y atienda con la urgencia que merece. Sostener la inclusión en las escuelas no es fácil, especialmente cuando somos marginadas de un beneficio que nos corresponde —y evito decir “que merecemos” porque esto no es cuestión de meritocracia, sino de algo mucho más concreto y respaldado por nuestro título universitario.

Fernanda Morales Vargas.
Profesora de educación diferencial, Mención Dificultad de Aprendizaje / Trastornos del lenguaje.

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