Partamos de la idea de que la igualdad deriva de la dignidad y de que, si escuchamos a Kant, la dignidad de las personas es un fin en sí mismo. No es un eslogan: debe ser un principio ordenador de la relación entre las personas y también entre las personas y las instituciones.
Un trato indigno afecta directamente la vida emocional y social. No es una abstracción. Basta observar las expresiones de xenofobia en el fútbol mundial, donde se intenta sancionar conductas que degradan a los jugadores, pues se busca que prevalezcan sus méritos deportivos. En esos espacios tan visibles, las sociedades se reflejan en creencias, prejuicios y emociones que forman parte de la vida social.
Del mismo modo, debiera preocupar la forma en que el comercio o ciertos comunicadores buscan influir en las personas sin fundamentos, apelando a sus deseos o afectos para manipularlas. Cuando se exageran imágenes o se distorsiona la realidad, se corre el riesgo de usar a las personas como medios, por ende, afectando su dignidad.
Un mal ejemplo es el caso del periodista Astorga, quien desinforma inicialmente sobre la situación de los niños haitianos, presumiendo explotación sexual y otros escenarios. Luego deduce, sin fundamento aparente, la existencia de tráfico de órganos, y todo ello sin mediar una sola denuncia. Esto, lejos de ser libertad de expresión, es una forma de vulneración de la dignidad a través del discurso.
De la dignidad deriva también una igualdad moral: un mandato que exige eliminar sistemas de opresión y garantizar protecciones básicas para todos. En parte, eso explica la migración hacia Chile, país que durante años fue referente en crecimiento económico y reducción de la pobreza, generando expectativas de mejores condiciones de vida.
La dignidad, llevada a valor universal, se pierde entre las conversaciones. Debe ser la tarea política del día a día para Republicanos, UDIs, Socialistas y frenteamplistas. Para los primeros se asocia al orden y a la libertad como valor intrínseco del individuo; mientras que, para la izquierda, se vincula a la igualdad y la justicia como condiciones que se deben garantizar. En ambos sectores, su sentido se pierde si no se encarna en acciones reales.
Esto se parece a la reflexión del Principito y el zorro: al extrapolar la creación del lazo hacia la entrega de un trato digno, aprendemos a recibir más allá de la amistad o el amor, creando lazos de respeto entre las personas. Como dice la historia, “lo esencial es invisible a los ojos”. Es también como el recuerdo de quien extrañamos.
En el ayer, la política pública del “litro de leche” debe enorgullecer, pues dio dignidad e igualdad a los niños en los años ‘70, disminuyendo la desnutrición y su impacto en la mortalidad infantil del periodo.
Dicho en presente, la dignidad se puede expresar en la cotidianidad cuando el Estado trabaja decididamente por más seguridad, acceso igualitario a la salud y mejor educación.
Pero hoy pueden ser requeridas condiciones para mover los autos con los que se trabaja, acceso igualitario a internet para las comunicaciones y para recibir información fidedigna, o remuneraciones que den cuenta del trabajo que se ejerce, para alcanzar una vida digna.
Por eso, no debiera ser aceptable discriminar por origen, color o creencias, ni naturalizar discursos que dañan al estigmatizar, por el origen territorial. Un buen vivir individual solo es posible como buen vivir social. Puede parecer una aspiración lejana, pero es, en esencia, una regla básica de convivencia, que se vive a diario en los sectores populares con buenos, regulares o malos vecinos. Es encontrar a la persona, aún en sus imperfecciones.
En este contexto, el caso de los niños haitianos interpela directamente al Estado de Chile. No obstante, las torcidas narrativas instaladas, la verdadera cuestión está en las condiciones de vulnerabilidad que vive la pobreza del siglo XXI y en las fallas institucionales que han quedado en evidencia. La dignidad no se mide en declaraciones, sino en la capacidad de anticipación efectiva para proteger a quienes más lo necesitan.
En definitiva, la dignidad no es un concepto que se proclama: es una práctica que se demuestra. Y cuando no se ejerce —en el lenguaje, en las políticas o en el trato cotidiano— no solo se vulnera a otros, sino que se degrada la sociedad en su conjunto.
Finalmente, la dignidad no se juega en espacios rimbombantes, sino en los gestos cotidianos, en cómo miramos, cómo recordamos a un ser querido, cómo hablamos o cómo actuamos frente a otros. Porque el tipo de sociedad que construimos no depende de lo que decimos defender, sino de lo que estamos dispuestos a respetar, incluso cuando no nos conviene.
Hernán García Moresco. Diplomado en Big Data, Universidad Católica. Diplomado en Ciencias Políticas y Administración Pública, Universidad de Chile. Licenciado en Educación en Matemáticas y Computación, USACH.
