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La disculpa que no disculpa. Apuntes sobre la carta de la ministra Lincolao. Por Eduardo Morales Alvarado

I.       El ruido y lo que oculta

Una ministra habla, dice algo que suena mal y se disculpa. El ciclo podría cerrarse ahí, en esa superficie idílica, espejada, donde los errores se corrigen, las buenas intenciones se restablecen y sus protagonistas siguen sus caminos rumbo a la felicidad eterna. Sin embargo, sería un error quedarse en esa lectura ingenua. Porque el episodio protagonizado por la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, cuando sugirió que los profesores de Filosofía, Historia y Lenguaje podrían “reconvertirse” en vendedores o personal de servicio al cliente ante el avance de la inteligencia artificial, no es un simple desliz semántico. Es una ventana que se abre sobre el alma de nuestro tiempo.

 

La carta de disculpas que Lincolao envió al presidente del Colegio de Profesores, Mario Aguilar, es impecable en su factura. La ministra afirma: “Me expresé mal y entiendo que mis palabras pudieron transmitir una desvalorización de la profesión docente. Eso no representa lo que pienso, y pido sinceramente disculpas por ello”. Para reivindicar su cercanía con el oficio, recurre a su biografía: “soy profesora y vengo de una familia de profesores”, y explica que su error fue “traducir” conceptos como Customer Success Manager y Enterprise Software Sales como “servicio al cliente” y “vendedor”, sin considerar las connotaciones de los términos en Chile.

 

La disculpa es impecable, y es precisamente por eso que debemos desconfiar de ella.

 

II.      La trampa de la disculpa bien dicha

 

Pensemos por un momento en lo que realmente está diciendo esa carta. En ningún momento la ministra cuestiona la premisa de fondo: que la inteligencia artificial transformará el mercado laboral y que los trabajadores deben “reconvertirse” para sobrevivir. Lo único que lamenta es haberlo dicho con crudeza. El debate queda encerrado entre dos opciones. Por una parte, adaptarse o, por otra, quedar obsoleto. La posibilidad de cuestionar si la tecnología debe imponer esa disyuntiva simplemente no existe.

 

Aquí conviene recordar el análisis de la filósofa política Wendy Brown sobre la racionalidad neoliberal. Brown, siguiendo a Foucault, sostiene que el neoliberalismo no es solo una política económica sino “un orden de razón normativa que extiende una formulación específica de valores, prácticas y mediciones de la economía a cada dimensión de la vida”. En este esquema, el ser humano es concebido exclusivamente como homo economicus, como capital humano que debe optimizar su valor en el mercado. Las consecuencias son profundas, pues desaparece el fundamento para una ciudadanía preocupada por las cosas públicas y el bien común, y el conocimiento se valora casi exclusivamente por su contribución al aumento del capital.

 

La carta de Lincolao es un ejemplo perfecto de este diagnóstico. Cuando la ministra sugiere que los profesores pueden “explorar otras trayectorias profesionales” en la industria tecnológica, está operando dentro de esa racionalidad que concibe a las personas como capital humano en constante reconversión. La disculpa no rompe con esa lógica; la refina, la envuelve en un lenguaje que sólo la vuelve más digerible.

 

III.     El capitalismo cognitivo y la obsolescencia programada

 

No es casualidad que las disciplinas mencionadas sean Filosofía, Historia y Lenguaje, pues son aquellas que, en el imaginario del capitalismo cognitivo, aparecen como “improductivas”. Su valor no se mide en el mercado, sino en la formación de subjetividades críticas, justamente lo que el sistema necesita contener o evitar. La propuesta de reconvertir a sus cultores en gestores de éxito de clientes no es un desliz, sino la expresión cruda de una tendencia: la reducción de todo saber a su valor de cambio.

 

El pensador coreano Byung-Chul Han ha caracterizado nuestra época como una “sociedad del rendimiento”, donde la autoexplotación voluntaria reemplaza a la represión directa y donde la premura por “estar a tiempo” (por no quedar atrás, por reconvertirse) se convierte en un imperativo ineludible. La inteligencia artificial no es aquí una herramienta de liberación, sino un dispositivo que acelera la obsolescencia programada de ciertos oficios y saberes. El Estado, mediante sus vocerías, se encarga de anunciar esa obsolescencia y ofrecer el consuelo de la “reconversión” (¿Recuerdan a los mineros de Lota?)

 

En este punto resulta iluminador el concepto de “capitalismo cognitivo” desarrollado por autores como Paolo Virno y Maurizio Lazzarato. Esta corriente de pensamiento, sostiene que, en la fase actual del capitalismo, el conocimiento mismo se ha convertido en la principal fuerza productiva. Pero este conocimiento no es el saber humanista crítico; es el conocimiento funcional a la producción, el que puede ser codificado, medido y explotado. Las humanidades, justamente por su carácter no instrumental, son desechadas o, peor, son redefinidas como conjuntos de “habilidades transferibles” que pueden ser reorientadas hacia fines productivos.

 

IV.     Lo que la disculpa no puede reparar

 

La carta de Lincolao, en su afán por reparar el daño, termina ratificando la lógica que lo produjo. Al enfatizar que su error fue semántico, no estructural, la ministra sugiere que el problema no es que un profesor de Filosofía deba volverse Customer Success Manager, sino que la palabra “vendedor” suena mal. Pero el problema, como ha argumentado el geógrafo crítico David Harvey, es que estamos ante una nueva fase de “acumulación por desposesión” que no solo opera sobre territorios y bienes comunes, sino también sobre saberes y subjetividades. La propuesta de reconversión, aunque formulada como una oportunidad, es en realidad un mandato: adáptate o perece. La disculpa no desactiva ese mandato; apenas lo vuelve más cortés.

 

Los autores como Adorno y Horkheimer, ya advertían que el lenguaje del capitalismo tardío tiene una cualidad hipnótica, que nos hace naturalizar lo que es históricamente producido. Pero los diagnósticos más recientes, como los de Brown y Han, añaden un elemento adicional, el neoliberalismo no solo produce consenso, sino que destruye las condiciones mismas para la crítica y la resistencia. Cuando la educación se piensa exclusivamente en términos de empleabilidad, cuando las humanidades deben justificarse por su utilidad para el mercado, el espacio para imaginar alternativas se cierra.

 

V.      Una pregunta incómoda

 

El episodio de la carta de la ministra Lincolao al Colegio de Profesores es un síntoma, no una anomalía. Revela la tensión entre un Estado que debe mostrarse sensible a las demandas gremiales y un capital que exige flexibilización y reorientación constante de la fuerza de trabajo. La disculpa es el mecanismo mediante el cual esa tensión se administra, sin resolverse.

 

La lección, entonces, no es que los funcionarios públicos deban cuidar sus palabras, sino que la propia noción de “reconversión” como respuesta a la inteligencia artificial es una trampa que nos invita a pensar en cómo adaptarnos al proceso, en lugar de preguntarnos cómo domesticarlo o, mejor aún, cómo construir una sociedad donde la obsolescencia programada de los saberes no tenga razón de ser.

 

La pregunta que la carta no formula, y que quizás ninguna carta podría formular, es esta: ¿una sociedad que reduce a las y los profesores a fuerza de trabajo recalificable, que concibe la educación como un insumo para el mercado y no como un derecho para la vida, merece llamarse civilizada? Si la respuesta es no, entonces la disculpa no basta. Lo que hace falta es otra política, otra educación, otro mundo. Pero ese es un diálogo que la carta, por más bienintencionada que sea, no puede ni quiere abrir.

 

 

Bibliografía

 

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  • Brown, W. (2019). In the Ruins of Neoliberalism: The Rise of Antidemocratic Politics in the West. Nueva York: Columbia University Press.
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  • Lazzarato, M. (2006). Políticas del acontecimiento. Buenos Aires: Tinta Limón.
  • Marcuse, H. (1964). El hombre unidimensional. Barcelona: Planeta-Agostini.
  • Marx, K. (1867/1975). El capital. Crítica de la economía política, libro I. México: Siglo XXI. [Especialmente el capítulo I, sección 4, sobre "El carácter fetichista de la mercancía y su secreto".]
  • Vercellone, C. (2007). Capitalismo cognitivo. Renta, saber y valor en la época posfordista. Buenos Aires: Prometeo.
  • Virno, P. (2003). Gramática de la multitud. Para un análisis de las formas de vida contemporáneas. Buenos Aires: Colihue.

Eduardo Morales Alvarado, es profesor e investigador formado en la Universidad de Los Lagos. Obtuvo la Suficiencia Investigadora en Ciencias Sociales y el Diploma de Estudios Avanzados en Didáctica de las Ciencias Sociales, por lo que es Dr. (c) en Psicología Social, por la universidad de Valladolid, España. También, ha realizado estudios de postítulo en Pedagogía de la Memoria y Derechos Humanos, en la Universidad Nacional de La Plata, Argentina; una Certificación Docente en Innovación Social para el Desarrollo Sostenible (UNESCO + LbH) y capacitaciones en Infancias, Derechos de NNA, Pobreza, Género, Pueblos Originarios, migración, entre otros. Su carrera docente y de investigador se combina con actividades de colaboración con organizaciones de la sociedad civil e instituciones del Estado para promover el desarrollo organizacional y la participación comunitaria. Es miembro de la Comisión de Derechos Humanos de Chilenas y Chilenos de la Región Exterior; coautor del libro "Entre Calafatales y Mallines" (2015) y actualmente integra un equipo que prepara dos nuevas publicaciones. Una, correspondiente a un estudio realizado con comunidades pesqueras y recolectoras del Archipiélago de Las Guaitecas y otra, centrada en la onomástica y otros aspectos culturales del pueblo mapuche en la región de Aysén.

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