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La diversidad en el corazón de la sociedad democrática. Por Felipe Mujica Johnson

Esta columna la hablaré desde algunos conocimientos construidos en el marco de un proyecto Fondecyt de Iniciación del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación de Chile que considera la diversidad sexo-genérica en la formación inicial docente. Conocimientos que también se nutren de otros estudios filosóficos que, afortunadamente, he podido realizar y que conversan con aquel proyecto. Personas de referencia de la filosofía a nivel mundial y de América Latina de los últimos dos siglos han sido enfáticas en señalar que no podemos concebir una sociedad democrática sin promover el pluralismo y lo diverso en ella que encarna su humanidad. Entre esas personas encontramos a la española María Zambrano, el francés Jacques Maritain, la alemana Hannah Arendt, la estadounidense Judith Butler, el austriaco Viktor Frankl, el brasileño Paulo Freire, el argentino-mexicano Enrique Dussel, entre otras. Por supuesto, la diversidad no solamente la encontramos defendida desde la filosofía, sino que también desde la política, el arte visual, la poesía, la educación, la música, la antropología, entre otras realidades socioculturales. Que la categoría diversidad también ha abierto importantes debates es cierto, donde en algunos casos se prefiere el concepto de alteridad u otro que puede tener un constructo epistemológico más específico y sólido para ser defendido teóricamente. A pesar de ello, abandonar el concepto de diversidad en estos momentos no sería algo bueno, por su arraigo popular y su ataque, directo e indirecto, de grupos sociales anti-derechos y afines al fascismo.

Las representaciones más claras y concretas que existen sobre la importancia de la diversidad para una sociedad democrática las encontramos en los regímenes totalitarios del siglo XX en Europa y América Latina, donde la cultura de la prohibición y aniquilación de lo distinto a los poderes instaurados eran parte fundamental del plan homogeneizador. Viktor Frankl fue un psiquiatra y pensador que sobrevivió de 1942 a 1945 a las brutalidades e inhumanidades de cuatro campos de concentración nazis. En este sobrevivir Frankl pudo desenmascarar en primera persona el plan ideológico del totalitarismo nazi, que estuvo pensado con bastante detalle. Entre esos detalles, este pensador nos indica como un acto calculado para el plan nazi el desubjetivizar al máximo a las personas prisioneras. Y, entre esas acciones, se encuentra el de eliminar el nombre a las personas y otorgarles un número, para suprimir lo más valioso que podía quedar en la esperanza de estas personas, que es su biografía y el mundo de vida afectivo que implica. La crueldad psicológica aplicada fue inimaginable. Frankl narra este y otros episodios de frialdad despreciable en su obra El hombre en busca de sentido (Editorial Herder).

En Chile tenemos la cruel experiencia de la dictadura de Pinochet donde vimos cómo se erosionó el pensamiento progresista del país por medio de múltiples actos, entre los que se encuentran las violaciones políticas, masivas y sistemáticas de los Derechos Humanos que, en parte, recoge el Informe Rettig realizado por la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación. De los casos más emblemáticos de tortura y asesinato se encuentra el del compatriota chileno Víctor Jara, quien fuese músico, cantautor, profesor, escritor y director de teatro formado en la Universidad de Chile. Asesinar a Víctor Jara es un crimen calculado contra la cultura de nuestro país y su bella expresión artística, donde la diversidad es vivida en un canto popular contestatario. La diversidad y la libertad van de la mano, por ello la libertad de prensa y la regulación de los poderes de la nación son relevantes para evitar que se perpetúe la injusticia y la opresión social. De hecho, si se ataca una de ellas se ataca a la otra, pues tienen una codependencia. Pero no se habla de una falsa y ciega libertad promovida por el neoliberalismo, sino que de una libertad que defiende un contexto de igualdad y justicia, pues entiende que sin esos valores se pierde al punto también de desaparecer en las garras de poderes egoístas. A esta fórmula ética que se viene mencionando es preciso agregarle la empatía, pues cuidar lo diverso es cuidar el sentimiento de identidad de quienes lo encarnan. De este modo, la diversidad toma un sentido ético y político arraigado en una democracia respetuosa de las identidades de género-sexualidad, étnicas, socioeconómicas, políticas, musicales, deportivas, religiosas-espirituales, entre otras. Ya lo decía la socióloga, escritora, investigadora, cientista política, activista y socialista Julieta Kirkwood, que luchó intelectualmente contra la dictadura cívico-militar chilena que inició el 1973, que no hay democracia sin feminismo. En 2023 en una columna en la revista Crítica.cl, inspirado en Julieta Kirkwood y María Zambrano, señalé que no hay democracia sin derechos humanos. Y en 2026 en esta columna señalo, consecuentemente, que no hay democracia sin diversidad.

Felipe Mujica Johnson
Docente e investigador, Facultad de Educación, Universidad Autónoma de Chile.

felipe.mujica@uautonoma.cl

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