En Chile la palabra “refundación” –al menos desde la Revuelta de 2019 en adelante– vino, de alguna forma, a suplir en su titularidad a la de “transición”. Sin tener claridad de si la transición misma se había acabado con la alternancia Piñera-Bachelet / Bachelet-Piñera; o con el acontecimiento de Octubre que irrumpió implosionando el repacto oligárquico que se había metabolizado con la Constitución del 80; o con la elección de Gabriel Boric en noviembre de 2021 que, en campaña y en los primeros meses de su gobierno (probablemente hasta la entrada de Carolina Tohá) promovía el imaginario de que efectivamente otro momento social y político se gestionaba en la historia de Chile.
Sin embargo y como lo transparenta el tramo reciente, nada de esto pasó. Nada se refundó ni hubo lápidas de ningún tipo para el neoliberalismo. Y si bien proliferaban los obituarios, el réquiem armonizó solo a modo de retórica subversiva, luego en el perímetro de la política real e institucional, lo que tuvimos con Gabriel Boric fue un gobierno estabilizador a lo más, sin complejos para negociar –y la mayor parte de las veces ceder– con una derecha que paulatinamente y de forma cada más erguida comenzaba a revelar su verdadero rostro; su ethos pinochetista oculto por décadas a causa del castigo moral de la que fue objeto por los crímenes de su “junta”. Así comenzaba a recuperarse esa derecha (“heredera justa”) y enclave del pinochetismo que tuvo en la primera UDI transicional una suerte de guardia templaria de la reserva económica, valórica y doctrinaria del antiguo régimen; antiguo, sí, pero en plena forma gracias a la pandilla juvenil formada en dictadura bajo el precepto autoritario.
Sí, la UDI era una válvula bombeando herencia pinochetista en el corazón de la incipiente democracia notarial que caracterizó un tiempo relevante, y probablemente hasta la detención de Pinochet en Londres fue un partido ampliamente hegemónico.
Pero resultó que esos coroneles templarios se fueron centrando, asumieron que hubo “excesos” y se dieron cuenta de que nada había cambiado mucho; que su legado estaba a buen resguardo en las manos de Aylwin, Frei o Lagos, los mismos que daban muestra de ser más que competentes administradores del neoliberalismo y que, incluso, estarían dispuestos a jugarse la moral de un país completo por liberar a Pinochet en Londres y no juzgarlo jamás, dejando una estela de impunidad feroz que revelaba el país que éramos: una suerte de mutante ideológicamente dúctil de variante neoliberal químicamente pura y que navegaba sereno en los mares de una transición que los engordaba a todos, al tiempo que la población permanecía sonámbula y narcotizada de vitrinas, mórbida de consumo y tarjetas de crédito.
Pero, como decíamos, mientras todo esto pasaba imperturbable, una derecha radical y no conforme con lo que veía, una “valiente”, se iba desinhibiendo en el nervio de la derecha propiamente tal; una que no renunciaba al significante “Pinochet” ni eludía su guzmanismo y, más aún, buscaba revancha. Entonces se sintió alienada y traicionada por estos nuevos aliancistas que se habían olvidado de su crianza política al alero de Jaime Guzmán y la doctrina del sacerdote Osvaldo Lira; desterrando de su relato la matriz nacional-cristiana tan propia de la sociedad que ellos mismos ayudaron a construir y que, ahora, les daba la espalda, sin agradecer, sin reverenciar como se hubiese debido la iconografía dictatorial, en fin.
Era José Antonio Kast y otros/as, el nuevo presidente electo, quien nunca se dejó seducir por estos aliancistas a los que resentía como derechistas de celofán, débiles, concesionarios; permutadores y sin el argot militar que habían abandonado al igual que la fibra confesional que era explicativa de todo lo que entendían por existencia y sentido en este y en el otro mundo.
Entonces él –Kast– sí tramó una verdadera refundación, una que al día de hoy se denomina “Emergencia”. Sin embargo, va más allá.
Una emergencia es no pensar ni detenerse cuando la situación se considera “crítica”, solo se ejecuta una acción sin pensar. Si el miembro está gangrenado, de plano se corta y el cuerpo como tal queda incompleto. Poco importa el dolor de la amputación, las consecuencias; todo se despliega a partir de “una violencia necesaria”.
Por otro lado “emergencia” remite a lo que “emerge”, esto es a lo que estaba sumergido y hace su aparición. Se trataría, en este caso, de una fuerza subterránea que después de un largo período siendo un “topo en la historia” (parafraseando vilmente a Marx), logra alcanzar la superficie. Entonces emergencia como “lo urgente de curar” y emergencia como “lo que brota”.
Esto que podría parecer simple, es toda una visión de mundo, una ideología tal cual, un sistema cerrado de ideas. La emergencia es la plataforma sobre la cual Chile pretende ser refundado. Ya se identificaron los miedos de la “población” (en el sentido que Michel Foucault le daba a este término), se gestionaron como era debido y se colonizaron subjetividades múltiples a todo orden desmalezando la ruta para que la emergencia pueda, ahora sin óbices, aplicarse y luego refundar.
Es una refundación que, sabemos, va de la mano con la utopía conservadora de una sociedad sin delincuencia; una medicalizada e intervenida por la fuerza y que, es probable, funcionará en la medida que se asuma la subordinación y sigamos fagocitando el miedo.
Por mientras solo toca observar cómo la izquierda, ahí donde pueda, vive –ojalá– su duelo, organiza la decepción y entiende que eso que se llama hegemonía, y esta es su tragedia actual, es su verdadero horizonte utópico.
Volveremos a esto.
Javier Agüero Águila
CFI Universidad de los Lagos
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