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La era del espejismo: crónica de la desintelectualización en el Chile de Kast (2026). Por Jose Dagoberto Rojas Urrutia

Hay un cansancio que no es físico: es la fatiga de vivir en un país que ha decidido avergonzarse de pensar. Se respira en las aulas vaciadas de filosofía, en los presupuestos recortados a las culturas, en las frases presidenciales que reducen un libro a un "adorno de biblioteca” o la investigación a un gasto inútil. Chile, bajo el gobierno de José Antonio Kast, no solo ha ajustado cifras: ha declarado una guerra sorda al conocimiento, y la está ganando con la indiferencia de unos y el aplauso de otros.

Todo comenzó con tijeras. En marzo de 2026, el Ministerio de Ciencias confirmó la suspensión temporal de becas de magíster y posdoctorado en el extranjero. En abril, llegó el recorte del 9,8% al presupuesto del Ministerio de las Culturas. La actriz Luz Jiménez, con sus 91 años de oficio y memoria, lo sintetizó con una frase que debería haber sido titular de todos los diarios: "Qué pobreza, qué ignorancia. Qué manera de no entender nada" . Pero el golpe más simbólico, el que desnudó la columna vertebral del proyecto, llegó en mayo, en un encuentro ciudadano en Puerto Montt. El Presidente Kast, con la naturalidad de quien cree decir una obviedad, cuestionó el financiamiento estatal a la investigación: "A veces se destinan 100 o 500 millones para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca. ¿Cuántos empleos generó? Ninguno" .

La declaración no fue un desliz. Fue un manifiesto. La comunidad científica, que ya venía alertando de que Chile invierte apenas el 0,4% de su PIB en ciencia —muy por debajo del promedio de la OCDE—, estalló . La astrónoma Tere Paneque expresó su indignación en redes: "No entiendo esta obsesión de la ultraderecha con odiar el conocimiento científico y los libros" . El rector de la Universidad de Valparaíso, Osvaldo Corrales, recordó que cuestionar ese mínimo presupuesto es poner en riesgo los logros de científicos que trabajan con recursos exiguos . Pero el daño no era solo presupuestario: era una batalla cultural. El gobierno, como advirtió el director del Teatro Nacional Chileno, Cristian Keim Palma, se instaló en la "convicción iletrada", donde emitir una opinión pública sin fundamentos ya no es motivo de vergüenza, sino una moneda de cambio en la política de la posverdad.

El plan era más amplio que los números. Junto al desfinanciamiento vino la ofensiva contra la educación pública. El proyecto de "Reconstrucción Nacional" incluyó medidas como el "Registro Nacional de Vándalos e Incivilidades", que amenazaba con suspender beneficios sociales —incluida la Gratuidad— a estudiantes que participaran en manifestaciones. La respuesta no se hizo esperar: en Concepción, más de diez mil estudiantes marcharon contra lo que calificaron como un intento de "criminalizar la figura del estudiante" y "censurar el pensamiento crítico”. La Confederación de Estudiantes de Chile (CONFECH) denunció que las políticas de Kast buscaban "poner bajo vigilancia" a quienes históricamente han impulsado el derecho a la educación.

En paralelo, se gestaba otro frente: el ataque a la propiedad intelectual y la cultura. La megareforma incluyó un artículo que permitía a las empresas tecnológicas utilizar contenidos protegidos por derecho de autor —música, literatura, cine— para entrenar inteligencia artificial sin autorización ni pago. La Sociedad Chilena de Autores e Intérpretes Musicales (SCD) lo calificó de "inconstitucional" y advirtió que la norma "destruye el derecho de propiedad intelectual" y "profundiza el despojo" a los creadores. Hasta el diputado de Renovación Nacional, Diego Schalper, se opuso, defendiendo que el desarrollo tecnológico no puede hacerse "a costa de que los creadores no reciban una contraprestación”. El gobierno, sin embargo, insistió, revelando una concepción del conocimiento como mercancía desechable, no como patrimonio.

El resultado de esta ofensiva ha sido una sociedad polarizada, donde la ignorancia se ha convertido no en un déficit, sino en una identidad. Un fenómeno que el diputado Gonzalo Winter diagnosticó con honestidad brutal: "Hoy en día nosotros los frenteamplistas muchas veces conocemos la realidad a través de medios de derecha. Es muy difícil que podamos tener una autonomía mental si vamos conociendo la realidad a través de la voz de nuestros adversarios”. La izquierda, atrapada en su propia burbuja, también ha contribuido al deterioro del debate público, pero el gobierno de Kast ha convertido esa debilidad en política de Estado.

Este proceso se coronó en los últimos días con la exposición de Kast en la ONU, si el desprecio por el saber ya era preocupante dentro de las fronteras, su proyección internacional terminó de exponer la magnitud del problema. En el podio de las Naciones Unidas, la actuación de Kast constituye una muestra digna de examen de la "desintelectualización". Su discurso deja al descubierto un desajuste profundo: carece de la preparación intelectual y de la comprensión contextual que exige un foro diplomático, y traslada mecánicamente la lógica económica de la política interna al escenario multilateral internacional, intentando responder a temas complejos de gobernanza global con un marco único de "reducción de costos". Aún más sintomático es su torpe uso del inglés —criticado por el Colegio de Profesores como "pronunciación terrible, lectura caótica", que declaró sin rodeos que "ni Tarzán habla así". Esta falla técnica no es una imperfección aislada de capacidad, sino el síntoma externo de una degeneración cognitiva más amplia: cuando la acumulación de conocimiento es sustituida por la declaración inmediata, y la profundidad de pensamiento cede ante la exhibición de posturas, la práctica política se desliza hacia un modo de operación que no depende de una inversión intelectual seria. La desintelectualización se revela, así como un rasgo inherente a una forma de gobernar, y no como un error individual accidental.

El culto a la ignorancia no es un accidente histórico ni un capricho cultural: es una construcción deliberada, un edificio que se levanta sobre tres pilares que, juntos, han logrado que desconfiar del saber se haya convertido en una virtud cívica.

El primer pilar es la sobrecarga informativa transformada en narcótico. Vivimos en la era del exceso: más datos que nunca, pero menos significado. La paradoja es cruel: la tecnología que prometía iluminarnos nos ha sumergido en un ruido perpetuo donde cada afirmación tiene su contraafirmación, cada experto su antiexperto, cada verdad su "verdad alterna". Frente a esta avalancha, el cerebro humano, perezoso por diseño, opta por la ruta más sencilla: no filtrar, no contrastar, solo repetir. La información ya no se procesa, se consume como una droga que adormece la capacidad de asombro y reemplaza el pensamiento crítico por la reacción instintiva. El resultado es una sociedad que sabe de todo y no comprende nada, donde la profundidad ha sido sacrificada en el altar de la velocidad.

El segundo pilar es la banalización del experto y la elevación del "sentido común" como autoridad suprema. En el Chile de la posverdad, el científico que ha dedicado décadas a estudiar un fenómeno es equiparado, en el debate público, con el ciudadano que tiene una corazonada. La democracia, que debería ser el espacio donde todas las voces cuentan, se ha degenerado en un relativismo extremo donde todas las voces pesan lo mismo. El "sentido común" —esa construcción vaga que suele ser el nombre elegante del prejuicio— se ha erigido como el juez final de todas las controversias. Pero el sentido común, como bien saben los historiadores, es el depositario de todos los mitos que la humanidad ha tardado siglos en desmontar: que la Tierra es plana, que las jerarquías son naturales, que la pobreza es una cuestión de voluntad. Elevarlo a la categoría de verdad es condenarnos a repetir los errores del pasado con la convicción de estar inventando el futuro.

El tercer pilar, quizá el más siniestro, es la instrumentalización política de la ignorancia como mecanismo de dominación. Ningún poder hegemónico ha querido súbditos ilustrados; siempre ha preferido creyentes dóciles. La historia está llena de ejemplos, pero el Chile de Kast ha perfeccionado la técnica: desfinanciar la ciencia, ridiculizar al académico, reducir el conocimiento a su valor de cambio inmediato. La pregunta no es si el gobierno cree o no en la inteligencia de los chilenos, sino si le conviene que los chilenos sean inteligentes. La respuesta es evidente: un pueblo que no cuestiona, no exige; un pueblo que no comprende la economía, acepta el ajuste; un pueblo que desprecia la cultura, se conforma con el espectáculo. La ignorancia, en este esquema, no es un subproducto del sistema, es su combustible más preciado.

Así, entre el ruido que embota, el sentido común que encierra y el poder que manipula, se ha tejido este culto extraño donde saber parece una afectación y dudar, una debilidad. La crónica de esta época no la escribirán los ganadores, sino los que aún se atreven a hacer una pausa, a encender una lámpara y a preguntarse, en voz baja: "¿Y si todo esto no es verdad?". Porque la ignorancia, cuando se vuelve religión, solo puede ser combatida con el acto más subversivo de todos: el pensamiento lento, el que no se rinde ante el primer titular, el que prefiere la incomodidad de la duda al consuelo de la certeza.

No es casualidad que, en medio de esta tormenta, un video viral mostrara a manifestantes en el sur de Chile repitiendo consignas sin poder explicar el contenido de las leyes que rechazaban. Era la imagen más descarnada del fenómeno: personas con convicción sin contenido, con certeza sin evidencia. Un producto del adoctrinamiento sistemático, según algunos análisis, que ha sustituido el pensamiento crítico por la lealtad tribal. El mundo, mientras tanto, también se ha vuelto un lugar más hostil para la razón. Columnistas como Jaime Abedrapo han advertido de una "decadencia mundial" donde los liderazgos "alardean de su ignorancia" y "denostan a quienes pretenden tener un juicio con sustento moral”.

Hoy vivimos en una saga de “Marvel” donde los villanos ya no necesitan máscara ni guarida secreta. Antes, la maldad se ocultaba por temor al castigo social y político; hoy se exhibe con orgullo, convencida de que nadie la va a detener. Figuras como Donald Trump, Javier Milei, José Antonio Kast y Jair Bolsonaro han hecho del insulto, el desprecio y la provocación un estilo de gobierno y de campaña, y lo celebran frente a multitudes. Cada exabrupto que queda sin consecuencias les confirma que pueden ir un poco más lejos, mientras las instituciones y la oposición parecen haber perdido el papel de héroes que alguna vez tuvieron. Chile, lejos de ser una excepción, se ha mimetizado con esa corriente, abandonando el camino del "humanismo integral”.

Esta crónica no termina con un final feliz, pero deja un dejo de esperanza. La desintelectualización no se detiene con un decreto ni se revierte con una campaña. El gobierno de Kast ha sembrado la convicción de que la ciencia, el arte y la filosofía son lujos que un país en "reconstrucción" no puede permitirse. Pero, como recordó el Centro de Derecho Público, "un pueblo que no conoce su historia, que no comprende los mecanismos de la economía y que no tiene herramientas para el debate, es un pueblo fácil de dominar" .

La pregunta que queda flotando en el aire, mientras las bibliotecas se empolvan y las aulas se vacían de preguntas, es si los chilenos, después de todo, están dispuestos a pagar el precio de su propia ignorancia.

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