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La ética del trabajo social desafiada. Por Ruth Lizana Ibaceta

ÉTICA Y TRABAJO SOCIAL/ DESAFÍOS ÉTICOS PARA EL TRABAJO SOCIAL

El 11 de noviembre de 2022 conmemoramos en Chile un nuevo día del Trabajo Social y es así que comparto esta breve reflexión en torno a la ética del trabajo social. A través de la lectura de la historia de la disciplina hemos aprendido que la identidad de la profesión históricamente se ha ligado a valores universales como la justicia social, la libertad, los derechos humanos y la paz entre los pueblos, desde un ideario de transformación social.

A través de la vivencia de estos principios y valores que han constituido a la profesión, es posible señalar que para el Trabajo Social es central la relación entre “yo y el otro”, esta relación es la que está en el centro de su propuesta profesional, constituyéndose, así como una categoría central de nuestro repertorio conceptual (Cazzaniga, 2016). Hablar de alteridad significa, antes que nada, incluir la ética en el pensar […] La alteridad es una experiencia ética […] ella se manifiesta por el rostro del otro […] El rostro del otro es reflexionado, pensado por Levinas, no como una cosa entre las cosas, sino como un acontecimiento ético (Sidekum,2005), donde nos hacemos próximos. La proximidad supone a la humanidad, entendida esta como un estado de atención permanente (Bauman, 2011). Atención es la espera sin prisa, nos señala Bauman - yo agregaría, pero sin pausa.

La relación que establecemos con otro supone un cara a cara, donde nos afectamos y exponemos mutuamente, surge la intersubjetividad que se constituye en perfilar una distancia en la profundidad, entendiendo por ello una preocupación por el otro asimétrica - El otro es mi responsabilidad - “para Levinas, es el surgimiento de la intersubjetividad lo que constituye al sujeto y no a la inversa.” (Bauman, 2011).

Es así como concordamos con Cazzaniga (2016) quien nos señala que el “El encuentro intervención social – sujetos es un encuentro de producción de subjetividad”; proceso que se da en un contexto histórico social que responde y es producto inescindible del espíritu cada época.

El desafío al que somos invitados, desde la alteridad, es a enfrentarnos a nuevas claves de aproximación al conocimiento y reconocer en ellas, como bien dice De Sousa Santos (2006) que existen otros tiempos que nos habitan, buscando develar aquellas realidades que fueron construidas desde la ausencia. Ya nos dice De Sousa Santos (2006), que, desde el pensamiento metonímico hemos construido una realidad, dejando otras realidades fuera, invisibilizándolas, descartándolas, despreciándolas, no asignándole existencia; las hemos construido como ausencias. Realidades que desde el trabajo social conocemos y que hoy nos exigen romper con esta “racionalidad perezosa, que realmente produce como ausente mucha realidad que podría estar presente” (p.23).

Mirar la realidad desde lo situado nos permite decir esa realidad, desde una ética de la emergencia nos dirá Arturo Roig (1998) donde podamos colectivamente definir como queremos habitar este mundo. Y es así como sostengo que, la ética de la intervención social plantea el problema del otro no como un referente conceptual, sino como una vivencia, que es siempre situada y, desde allí que propongo pensarnos desde Latinoamérica, asumiendo los dolores y desafíos que nos plantea la realidad de desigualdad social que se viven en nuestras sociedades. Una ética que permita construir un ethos epocal propio, desde la historiografía latinoamericana. Una ética que permita a través del diálogo con un legítimo otro (reconocido como tal) escribir los anhelos de justicia e igualdad. Nos dirá Arturo Roig (1998), una ética de la emergencia, que nos permita reconocernos como sujetas/ dignas/os y consideremos valioso hacerlo, haciendo presentes, precisamente, aquellas experiencias que existen y que no han sido mostradas.

Esta moral de la emergencia no surge al margen de los movimientos sociales y nos llama a exponer nuestros pensamientos “como sucesivos “comienzos y recomienzos”, como una búsqueda de “huellas” (…) que nos ayude a repensarnos a nosotros mismos en cuanto sujetos surgidos de una realidad socio- histórica específica que ha generado respuestas éticas desde las cuales únicamente se la podrá recibir de modo creados.” (p.2)

Propongo para ello, responder la sugerente invitación de María Eugenia Hermida (2020) de habitar un trabajo social otro, a través de incorporar nuevas miradas: la mirada intercultural; la mirada feminista; la mirada decolonial, “situarnos desde el locus de enunciación de la crítica pos/ des colonial y feminista del sur, nos ofrece algunas chances más para concebir, gestar y parir esas alternativas urgentes e in-surgentes” (Walsh, 2017) En Hermida (2020, p.102).

Lo anterior implica necesariamente ampliar nuestros horizontes, permitiéndonos incomodarnos, pensado que lo vivido en estos 97 años de profesión aún se construye y reconstruye, buscando las huellas que emergen de estas nuevas miradas, que permitirán conocer un trabajo social que también hemos construido desde la ausencia. Decir la realidad desde un locus de enunciación que incorpore estas nuevas miradas, nos permitirá reconocer la existencia de aquello que hemos callado o que no hemos tenido la fuerza para exponer.


Ruth Lizana Ibaceta es Trabajadora Social, licenciada en Trabajo Social Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Magister en Ética Social y Desarrollo Humano Universidad Alberto Hurtado; doctora © trabajo social. Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Directora Escuela de Trabajo Social, Universidad Católica Silva Henríquez.

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