Nota del Autor: Un Cambio de Rumbo Necesario
Originalmente, pensaba dar por terminada mi trilogía de artículos exactamente con las líneas anteriores. Creí que diseccionar el espejismo técnico, la sumisión a Washington y el boicot a la utopía andina era suficiente cierre. Sin embargo, la vertiginosa frivolidad de nuestra actualidad política me obliga a dar un golpe de timón. No puedo cerrar esta serie hablando de superestructuras sin aterrizar el costo real de este circo, y sobre todo, sin hacerme cargo de la última joya de la corona de nuestra tragicomedia nacional. Por lo tanto, dejaré de lado mi conclusión original para entregarles el verdadero epílogo de esta historia.
Al final del día, ¿qué validez tiene esta política económica de pizarrón? Ninguna, porque el peso de esta economía política real no cae sobre los hombros de la CPC, ni se siente en las cómodas oficinas del barrio alto, ni afecta las cuentas corrientes de quienes negocian, rodilla en tierra, en Washington. La factura de esta sumisión estructural se paga, íntegra y con intereses usurarios, en la mesa de las familias trabajadoras chilenas.
Mientras en los foros empresariales celebramos cifras macroeconómicas vacías y aplaudimos el récord de toneladas métricas exportadas, en regiones agrícolas e industriales como el Maule, y en las periferias olvidadas de todo el país, la realidad es otra. La desconexión es absoluta. Se entregan nuestros recursos estratégicos a precio de saldo, matando en la cuna cualquier posibilidad de industrialización real que genere empleos dignos, sueldos justos y desarrollo local.
El modelo extractivista engorda a los mismos de siempre y nos deja a cambio zonas de sacrificio, empleos precarios y un Estado que dice no tener fondos para derechos sociales básicos. Las históricas luchas sociales por la dignidad de la clase obrera y campesina chocan hoy contra este muro de frivolidad. Mientras sigamos aceptando que la globalización consiste en regalar nuestro futuro y que la política exterior es un mero trámite de relaciones públicas, la desigualdad seguirá siendo el único producto que producimos con verdadero valor agregado.
El "Estadista del Titular" y la Geopolítica del Avestruz
Y es precisamente al hablar de esta frivolidad institucional y del sometimiento extranjero que resulta imposible, para mí, dejar de lado la última acrobacia semántica de la próxima máxima autoridad -el presidente electo, Kast-.. Porque para entender cómo llegamos a regalar el país, hay que mirar el nivel de quienes administran la caja registradora. Hablo, por supuesto, de la magistral exhibición de escapismo de Estado protagonizada por el presidente electo a propósito del megaproyecto del cable submarino chino.
En un acto que debería ser materia de estudio en las facultades de ciencias políticas —o quizás en las de teatro—, el mandatario ha decidido inaugurar una novedosa doctrina de gobernanza: la ignorancia estratégicamente informada. Frente a la encrucijada del cable asiático —una infraestructura crítica que nos pone en el epicentro de la Guerra Fría 2.0—, confesó, sin ponerse colorado, que sí había sido informado de la situación del proyecto, pero que, maravilla de las maravillas, no se dio por "aludido".
Anoten la distinción ontológica, porque es exquisita: para nuestro futuro presidente, recibir un briefing geopolítico sobre el eje de las telecomunicaciones del Pacífico tiene la misma gravedad que cruzarse con un banner de "Aprenda inglés en tres meses". Él hace la diferencia milimétrica entre que le "aduzcan" algo y que le "informen" algo. Al parecer, en La Moneda, si el informe no viene con luces de neón y una dedicatoria personal que diga "Señor Presidente electo, esto es con usted", él lo toma "como un titular". Lo lee con la misma displicencia con la que uno hojea la revista del dentista o repasa su horóscopo dominical. Es la doctrina del estadista scroller: gobernar por encima de la línea de flotación de la comprensión lectora.
Pero no seamos ingenuos. Esta repentina crisis de atención ejecutiva no es un accidente cognitivo ni una mera torpeza administrativa. Es un cálculo de subordinación geopolítica de lo más rastrero. Kast no ignora el peso del cable chino porque anda distraído; finge demencia porque detrás del telón, la administración de Donald Trump respira pesadamente en su nuca.
La ecuación es simple y brutal: reconocer oficialmente el proyecto del cable obligaría al Estado chileno a tomar una decisión soberana. Aprobarlo significaría desatar la furia de Trump, atrayendo sobre nosotros la "diplomacia del garrote". Por el contrario, rechazarlo de plano implicaría una bofetada a nuestro principal socio comercial asiático. Ante esta encrucijada, nuestro próximo mandatario opta por la táctica del avestruz. Al rebajar un conflicto geopolítico de primera magnitud a la categoría de "un titular que leí por ahí", le está haciendo el trabajo sucio a Estados Unidos sin tener que firmar la orden. Es el arte de entregar la soberanía nacional disfrazándolo de despiste burocrático.
El Anestésico en Alta Definición: El Coro del Encubrimiento
Ahora bien, semejante hazaña de ilusionismo diplomático jamás podría sostenerse sin la complicidad de su mejor escudero: el monopolio de la prensa tradicional. ¿Qué hace nuestra valiente y sagaz televisión abierta frente a este descaro monumental? Lo que mejor sabe hacer: encender la máquina de humo a máxima potencia.
Es fascinante observar el contraste. Esa misma prensa que es capaz de desplegar drones, helicópteros y paneles de cinco "expertos" en seguridad para analizar, durante cuatro horas ininterrumpidas, el robo de un espejo retrovisor en Providencia, sufre de un súbito letargo analítico cuando el presidente electo regala el eje de telecomunicaciones del país haciéndose el sordo.
De pronto, los incisivos entrevistadores de los matinales pierden los colmillos. La decisión de someter nuestra infraestructura estratégica al capricho de Donald Trump, camuflada bajo la excusa pueril de no darse por "aludido", no amerita gráficos en pantalla ni música de tensión. En lugar de denunciar esta abdicación de soberanía, los grandes medios actúan como el departamento de relaciones públicas del letargo presidencial. Tratan la noticia con pinzas, la relegan a una nota breve entre los comerciales, o peor aún, disfrazan esta genuflexión bautizándola amablemente como "prudencia diplomática" o "cautela ante las potencias".
La receta de esta cortina de humo es impecable: nos ahogan en crónica roja y terror urbano para que miremos hacia la esquina de nuestra casa con pánico, asegurándose de que jamás levantemos la vista para mirar hacia el Pacífico o hacia el Norte. Un pueblo anestesiado por el sensacionalismo diario no tiene tiempo, energía ni espacio mental para indignarse porque su futuro mandatario lee los memorandos de geopolítica global como si fueran los chismes del espectáculo. La televisión nos convence de que el gran peligro de Chile es el ratero del barrio, mientras encubre, con un silencio ensordecedor, a quienes nos saquean la soberanía a escala industrial desde los despachos presidenciales.
Y así cerramos el círculo perfecto de nuestro espejismo técnico. Mientras ellos juegan a la semántica de la irresponsabilidad, con el aplauso silencioso de los canales de televisión, en las regiones, en los campos y en las fábricas, la ciudadanía y los trabajadores es la que termina pagando la cuenta de un país gobernado por quienes leen el destino de la nación como si fuera un titular desechable.
