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La falacia energética. Por Santiago Vilanova

América Latina necesita avanzar con urgencia hacia la transición energética, dicen sus líderes políticos. Pero las proclamas a favor de las energías renovables y de limitar el calentamiento a 1,5 ºC de los niveles preindustriales (Acuerdo de la Conferencia de París- COP21) no se corresponden con los compromisos de los organismos internacionales que deberían ayudar con toda clase de medidas fiscales y apoyos financieros para lograr que la descarbonización sea una realidad. El último informe de la Convención- marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático (CCNUCC) confirma que no se alcanzará la salida de las energías fósiles “si no se transforma el sistema financiero, las estructuras y los procesos, y no se maximiza la eficacia de las iniciativas de cooperación internacional en materia de financiación climática”.

La próxima COP-28 en Dubái (Emiratos Árabes Unidos), sede y símbolo del poder de los recursos fósiles, presidida por el sultán Al-Jaber, patrón del grupo Abu Dhabi National Oil Company, es el reflejo de esta paradoja. La ONU advierte “Así no podemos continuar”. El Acuerdo de París sigue sin ser respetados por las 197 partes que lo firmaron.

La transición energética puede acabar convirtiéndose en una falacia en la que estarán implicados por inacción los poderes políticos por estar atados a los intereses de los lobbies del petróleo, el carbón, el gas y la energía nuclear. El concepto “transición” está además asociado a un debate público y democrático a fondo (que aún no se ha producido en ningún parlamento europeo ni latinoamericano) sobre cómo aplicar globalmente una nueva economía destinada a salvar la humanidad del colapso climático.

Se nos exige que compremos coches eléctricos, que instalemos paneles solares, que reciclemos, que rechacemos los plásticos, que ahorremos agua, que aislemos térmicamente nuestras casas…Se nos dice además que si no queremos que la situación sea irreversible hemos de cambiar rápidamente nuestros hábitos de consumo. ¿Pero los gobiernos y las instituciones financiera dan ejemplo y actúan coherentemente ante esta emergencia?

El Fórum Económico Mundial, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional (FMI) han diagnosticado que hemos entrado en una situación de “policrisis” generada por diferentes riesgos interconectados que provocarán choques inevitables que erosionarán nuestra capacidad de resiliencia. El Pacto Verde de la UE y la New Green Deal nos indican que para frenar el cambio climático hemos de fomentar un crecimiento “sostenible”, hipótesis difícil de hacerse viable cuando los científicos nos dicen que ya tenemos sobrepasada la capacidad de carga del planeta.

La cruel realidad es que el consumo y explotación de recursos fósiles ha continuado creciendo sin parar a pesar de que las energías solar y eólica son ya competitivas. La bajada drástica de las emisiones no se produce ni parece que se vaya a producir con lo que el objetivo de reducirlas el 43% hasta el 2030 y al 60% en el 2035 respecto a los niveles del 2019 camina hacia el fiasco .

La electricidad verde generada por las renovables alimenta un mundo que reposa aún sobre la carbonización. Creer que la innovación y la transición energética podrán en treinta años descarbonizar la siderurgia, las cementeras, la industria del plástico, la producción de abonos químicos y sus usos es como hacer un acto de fe.

Acabamos de ver esta paradoja en un reciente informe del FMI: las ayudas y subvenciones públicas vinculadas a los recursos fósiles en el 2022 superaron los 7 billones de dólares, el equivalente al 7,1% del PIB mundial.

La guerra de Ucrania ha comportado incrementos del consumo de petróleo y gas. A pesar del bloqueo de la UE y de las sanciones del G7 están navegando tankers clandestinos que llevan el petróleo y el gas de Rusia a Asia-operaciones que se suelen dirigir desde las torres climatizadas de Dubái que una vez transformados son reexportados a diferentes países de la UE. La India es el primer blanqueador de oro negro ruso. Los países de la UE compran a Rusia un 40% más de gas natural licuado (GNL) que antes de la invasión.

El debate energético está repleto de proclamas e informaciones contradictorias y gira hacia un discurso tecnooptimista impulsado por los lobbies interesados en frenar el ritmo de la transición. Se trata de hacer creer a la opinión pública internacional que el progreso científico y técnico mitigará el cambio climático sin afectar o disminuir el crecimiento. Algunas de las propuestas son: 1) La extracción intensiva de materiales estratégicos y tierras raras (especialmente el litio, que se emplea tanto para las tecnologías solar y eólica como para los reactores nucleares de tercera (EPR) y cuarta generación (SMR) y la futura fusión). 2) Nuevas prospecciones y explotaciones de gas y carbón aprovechando el deshielo del Ártico y pensando en las reservas ubicadas en los fondos oceánicos. 3) La absorción del dióxido de carbono de la atmósfera a través de la llamada geoingeniería. 4) Provocar lluvias artificiales bombardeando las nubes con substancias como el yoduro de plata, que condensa las gotas de agua y acelera las precipitaciones.

Asimismo, mandatarios de derechas y de izquierdas impulsan proyectos regresivos contra la transición energética. Algunos ejemplos significativos: Joe Biden autoriza extracciones de petróleo en las reservas naturales de Alaska; Lula da Silva en la desembocadura del Amazonas; Rishi Sunak, nuevas minas de carbón y exploraciones de gas y petróleo en el Mar del Norte; Tyyip Erdogan, quiere ampliar las minas de carbón afectando el bosque de Akbelen, protegido desde la época de Atatürk…

El libre mercado tampoco parece ser un aliado. La deslocalización facilita que muchas empresas se instalen en países donde los recursos fósiles son abundantes y menos caros que la solar y la eólica. De los 350 grandes acuerdos comerciales regionales existentes en el mundo apenas 60 tienen un capítulo dedicado al cambio climático.

También vemos como la Organización Internacional de la Energía Atómica considera, como lo ha definido la Comisión Europea, que la energía nuclear es una tecnología verde con el objetivo de que pueda recibir subvenciones. La OIEA permite que Japón vierta al Pacífico 1,34 millones de toneladas de agua radioactiva tritiada procedente de las operaciones de resfriar el combustible de la central de Fukushima. Existe aún un problema más grave: 880 toneladas de combustible que se fundieron en el núcleo de tres de los seis reactores y 7,6 millones de toneladas de residuos, en una primera fase, que pueden tardar centenares de años en perder su radiactividad. Hacer compatible el riesgo nuclear con la transición energética es otra quimera.

El desgobierno para mitigar y adaptarnos al cambio climático es extraordinario. Hay una anomia global y ya no podemos seguir comulgando con ruedas de molino. No nos queda otra respuesta a nivel local, regional y nacional que exigir a nuestros gobernantes y a nuestras instituciones una planificación ecológica coherente y sin secretos que encubran los intereses de las grandes corporaciones energéticas de siempre.

Santiago VILANOVA
Periodista y consultor ambiental

Otros textos del autor publicados en la edición chilena de Le monde Diplomatique:

https://www.lemondediplomatique.cl/transicion-energetica-y-litio-chileno-de-doble-uso-y-2-por-santiago-vilanova.html

https://www.lemondediplomatique.cl/litio-chileno-de-doble-uso-por-santiago-vilanova.html

https://www.lemondediplomatique.cl/ecocidios-o-ecodesarrollo-i-por-santiago-vilanova.html

https://www.lemondediplomatique.cl/la-transicion-energetica-oportunidad-para-latinoamerica-y-2-por-santiago.html

https://www.lemondediplomatique.cl/rapa-nui-estado-de-emergencia-1-por-santiago-vilanova.html

https://www.lemondediplomatique.cl/rapa-nui-estado-de-emergencia-y-2-por-santiago-vilanova.html

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