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La fe al servicio del poder: Trump y el relato de su asesora espiritual. Por Wido Contreras Yévenes

En los últimos días, la asesora espiritual del presidente Donald Trump lo comparó con Jesucristo: perseguido, traicionado y finalmente victorioso. Más allá de lo llamativo de la declaración, lo que emerge es una pregunta más profunda sobre el lugar que está ocupando hoy la espiritualidad en la política.

No se trata solo de una frase desafortunada. Es una señal.

Más aún cuando este tipo de afirmaciones se instalan en un momento particularmente significativo para el cristianismo.

En vísperas de Semana Santa, un tiempo marcado por la memoria del sufrimiento, la entrega y la muerte de Jesús, la comparación no solo resulta llamativa: adquiere una carga simbólica difícil de ignorar.

Es una advertencia de algo más profundo: cuando la fe deja de ser un espacio de sentido y comienza a transformarse en una herramienta de poder. Cuando la fe comienza a ser utilizada para construir relatos de liderazgo, deja de ser únicamente una experiencia íntima o comunitaria y pasa a convertirse en un mecanismo de legitimación política. En ese punto, lo espiritual deja de interpelar al poder y comienza a acompañarlo.

Cuando un liderazgo político es elevado a una dimensión casi sagrada, se debilita la relación crítica entre ciudadanía y autoridad. En ese escenario, la fe deja de ser crítica y comienza a volverse funcional al poder.

Lo que estamos viendo no es solo una exageración discursiva, sino la expresión de una lógica más estructural. Es lo que se ha denominado teología política: una forma de hacer política donde el poder se reviste de sentido religioso para presentarse como incuestionable, como si ciertas decisiones o liderazgos estuvieran por sobre lo humano.

Además, no se trata de algo aislado o improvisado. En Estados Unidos, la relación entre fe y poder tiene una historia larga, donde ciertas visiones religiosas no solo acompañan la política, sino que también influyen en cómo se entienden los conflictos del mundo. No es solo creer, es interpretar la realidad desde una lógica donde algunos procesos, incluso los más violentos, pueden llegar a leerse como parte de algo mayor. Y ahí es donde la política deja de responder únicamente a decisiones humanas, y comienza a moverse en un terreno donde lo moral y lo religioso se entrelazan con el poder, muchas veces sin hacerse cargo de sus consecuencias reales.

 Esa transformación no es menor, porque sus efectos no se quedan en el discurso.

Se vuelve aún más complejo cuando esta narrativa se articula con decisiones de alcance global. En escenarios recientes del conflicto en Medio Oriente, se han registrado miles de víctimas palestinas, en su mayoría civiles.

Sin entrar en juicios simplificados, esa realidad instala una tensión difícil de ignorar con principios éticos fundamentales como el valor de la vida.

Más que acusar, se trata de reconocer una contradicción que interpela. Cuando la fe se alinea con el poder, deja de ser conciencia y se convierte en justificación. Ya no incomoda. Acompaña. Y eso es peligroso.

En los territorios donde he trabajado, la fe no aparece en los discursos grandilocuentes ni en los liderazgos que buscan validarse, sino en lo pequeño: en la olla común, en la visita silenciosa, en la mano que sostiene cuando no hay nada más. Ahí la fe no necesita imponerse, porque nace desde la dignidad compartida.

Por eso este uso del lenguaje religioso en la política no puede dejar de tensionarse, porque el evangelio que muchos aprendimos no caminaba junto al poder, sino junto a quienes no tenían lugar en él. La tradición cristiana ha situado históricamente a Jesús del lado de los pobres, los enfermos y los excluidos. Y cuando esa memoria se pierde, lo que queda ya no es fe: es relato al servicio de quienes mandan.

Más que una oposición, es una diferencia de sentido. En los territorios, la espiritualidad no se usa para validar liderazgos, sino para sostener la vida. No busca imponerse ni construir autoridad, sino acompañar procesos, cuidar vínculos y generar comunidad. Es una fe que no necesita mostrarse como poder, porque se expresa en lo cotidiano, en lo que muchas veces no se ve, pero sostiene.

Por eso la pregunta no es menor:

¿Qué ocurre cuando la fe deja de estar al lado de las personas y comienza a alinearse con el poder?

En esa distancia, silenciosa pero profunda, no solo se debilita la política: también se vacía de sentido aquello que alguna vez llamamos fe.

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