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La galera y el esclavo en los tiempos de internet. Por Pedro Salinas Quintana

Imagínese que va en una galera donde rema continuamente. Cada cierto tiempo para a comer, a descansar y por las noches, usualmente, duerme. Imagínese que rema y rema pero nunca ha podido saber porqué; no tiene claro el destino, ni el tamaño del barco. La verdad es que nunca ha visto tierra, pero alguien le trae un plato de comida puntualmente tres veces por día. Un buen plato, caliente, sabroso.

Imagine que va con otras personas remando, pero solo ve sus espaldas. Nunca ha podido ver con claridad sus rostros, ni qué piensan realmente, ni como llegaron ahí.

Se percata, repentinamente, de que tampoco usted sabe cómo llegó ahí. Había que remar para evitar la tormenta, eso es lo que recuerda, es lo único que recuerda. Había una tormenta y había que remar con fuerza. Pero la verdad es que tampoco nunca vio la tormenta. No alcanzó a ver el cielo arrebatado de furia sobre las olas, ni temblar el mástil del barco con el viento. Solo recuerda que ha remado y remado por años.

Imagine que tampoco ha visto nunca el rostro del capitán, solo ha oído pronunciar su nombre, y de formas tan diversas que no es capaz de recordarlo. Imagine que va en esa galera y que cada vez que rema, frente a usted se despliega una pantalla que le muestra una imagen de sí mismo. Allí puede ver algunos recuerdos de una vida que ya no recuerda. Aparece cada tanto en esa pantalla la promesa de un destino que aún no llega, pero, sin embargo, rema. Y claro, rema porque todos lo hacen. Jamás ha visto a nadie detener el ritmo, bajar el pulso. Solo rema.

Luego, imagine que reflexiona que no es tan malo remar si ni siquiera sabe flotar y no sabría cómo sobrevivir en medio del mar. ¿Pero está el barco en medio del mar? Nunca ha sentido las fuertes olas, ni tampoco el vaivén intenso de altamar. Solo un ligero vaivén que se acrecienta de día y amaina convenientemente de noche para conciliar el sueño.

Imagínese ahora que ya no hay galera, no hay esclavo, pero se percata del tiempo que lleva trabajando, estudiando o disponiendo de su tiempo de ocio frente a una pantalla. ¿Cuántas imágenes produjo? ¿Cuántas noticias compartió? ¿Qué nueva opinión puso a circular en las saturadas aguas de la opinión mediática de tal o cual aplicación? ¿Y cuánto tiempo destinó?

Más allá de que la alegoría sirva para explicar ciertos mecanismos del poder, tal vez permita pensar que quizás la más compleja de las revoluciones contemporáneas podría ser el liberar al individuo de la esclavitud autoimpuesta mediante la adicción por su propia imagen. Imagen dispuesta en infinitas plataformas y aplicaciones; imagen infinitamente replicable, reproducible, modificable, sustituible. Y es que todos estamos en medio de una sociedad que implícitamente encarga al sujeto la producción de imágenes autogestionadas continuamente transformadas como una forma de validar un sí mismo social. Imágenes, a su vez, liberadas finalmente de las arenas del tiempo, de la vejez y hasta de la determinante del género.

Al respecto, si Rancière piensa que las luchas del siglo XXI ya no se darán en la esfera política, sino en la estética, Hans Belting, en su libro “Antropología de la Imagen”, señala una cuestión enigmática y sugerente: “(ahora) vivimos como imágenes…pero no ya no somos dueños de esas imágenes. Son las imágenes las que ahora toman posesión de nuestro cuerpo”. Como dato propio del contexto de pandemia, cabe señalar que nunca, hasta ahora, las personas habían pasado en promedio tantas horas conectadas a internet; nunca en la historia se habían vendido tanto computadores, ni subido tal cantidad de contenidos visuales a redes sociales por minuto de medición.

¿Pero será el sujeto contemporáneo capaz de llevar a cabo en algún minuto esa autoconsciente “liberación”? ¿Podrá dejar caer los remos entre la marea de imágenes autoproducidas que llenan plataformas y aplicaciones sin más fin que una lábil autoafirmación? Probablemente no, pues quizás ni siquiera tenga necesidad de hacerlo o de cuestionarse el porqué habría de hacerlo. Mal que mal qué problema puede haber en ello. Sin embargo, mientras el barco se desliza silencioso y suave sobre las olas, profitando de cada boga, paradójicamente, el esclavo realmente permanece inmóvil en su subyugada y acomodaticia posición, remando continuamente en una ilusión de movimiento.

¿Cómo, por qué o para quién rema? Quizás tampoco tiene sentido hacerse esa pregunta en tiempos de extrema fragilidad social, económica y también del “sí mismo”, como pensaba el psiquiatra Ronald Laing, pero espero que tras el período de cuarentena tenga la posibilidad de apagar su pantalla por unos minutos y pueda salir, como decía Whitman, a respirar el aire húmedo y místico de la noche, acompañado de las estrellas en perfecto silencio.

Pedro Salinas Quintana es psicólogo clínico y doctor en filosofía académico de la facultad de salud de la Universidad Central de Chile / pedro.salinas@ucentral.cl

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