A finales de 1886 Nietzsche escribía a su amigo compositor de operetas, Peter Gast, la buena impresión que le causó ver en Turín esta obra clásica del género de la zarzuela titulada la gran vía, impresionado por la música y por el argumento que elogiaba la vida de tres ladrones, lo que podríamos ver con una inversión de lo heroico, una abierta transgresión a cánones convencionales como una práctica de manifestación de transformaciones valóricas, el lo cual este filósofo ha sido un insigne representante en la filosofía y cultura occidental.
La zarzuela es un género artístico, para algunos, comparable a la ópera (actores, bailarines, músicos) durante el siglo XIX se encontraba en pleno auge de universalización con representaciones en los distintos teatros del mundo, con viajes de las compañías italianas más importantes y las aventuras de artistas que buscaron en esto su profesión, así actores y músicos se fueron instalando en varias de las principales ciudades de América Latina creando un ambiente propicio para éstas. Junto a este contextos cultural el género español se abrirá paso llegando a otras audiencias consideradas más populares, esto en parte por la lengua, aunque también por la apelación a formas de vida diferentes a las apreciadas por las élites.
La zarzuela logró difundirse en varias ciudades chilenas, llegando exponentes del género desde España su país de origen, creándose compañías locales, animando un mercado cultural incipiente en la sociedad chilena. Las obras cautivaban audiencias y se extendían programas para ser presentadas con varias repeticiones convirtiéndose en aporte fundamental para el desarrollo cultural y disciplinas como el teatro, la danza y la música que más tarde se irán profesionalizando como oficios. Al parecer no hay una fecha clara sobre la historia de “Gran Vía” en Chile, por datos de prensa de la época se puede suponer que ya en 1900 era conocida, especialmente en la ciudad de Valparaíso, esta obra escrita por Felipe Pérez y González con la música compuesta por Federico Chueca y Joaquín Valverde. Obra que por el largo derrotero de su vigencia ha ido realizándose con distintas versiones dadas las modificaciones exigidas por la censura política en diferentes épocas, que ha logrado impactar a varias generaciones. Parte del argumento y del ejercicio artístico que se despliega permite el paralelo con “La pérgola de las flores”, en donde se tensa la idea de progreso ofrecida por la modernidad, con una confrontación de clases sociales radicalmente opuestas, permitiéndonos visualizar esos bordes, quizá marginales que constituyen una identidad que es capaz de reflejar parte de la complejidad que somos como cuerpo social enfrentado a la corrupción.
Este domingo Teatro Nescafé de las Artes nos da la oportunidad para disfrutarla en escena con un elenco de sesenta artistas, una oportunidad única para conocer esta obra que sigue interpelándonos dada nuestra modernidad inacabada y por la interpelación creativa del mundo popular. En este caso con la garantía que aporta la dirección de Felipe Molina eximio conocedor del género que antes ya ha ofrecido el clásico “La verbena de la paloma”. Estamos frente a una de las importantes obras que nos trae este enero que es significativo para la historia de los teatros en Chile.
Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra
