Hay libros que se leen, libros que se escuchan y libros que se viven. La guitarra de Joe Strummer, el nuevo artefacto poético-musical-visual de Cacho Vásquez, es de esos raros objetos que no caben en ninguna categoría porque funcionan como una especie de caja negra emocional del exilio latino, la rabia punk y la ternura que queda cuando pasan los años y todo lo que parecía indestructible se cae a pedazos.
Vásquez, músico, poeta, artista visual y sobreviviente de varias vidas, no es un recién llegado. Su historia -Chile, París, Cuba, Valparaíso- resuena en cada verso, en cada riff imaginado, en cada serigrafía saturada de color y memoria. Pero lo sorprendente aquí no es solo la biografía: es la potencia con que ese recorrido vital se convierte en literatura viva, en canciones que huelen a noche y a calle, en poemas que son pura electricidad emocional.
El libro, producido íntegramente por él mismo en el espíritu feroz del hazlo tú mismo -ese “Aperra Producciones” a punta de garra en su trayectoria- tiene el pulso exacto del punk de primera generación: honestidad brutal, cero complacencia, cero burocracia, todo corazón. Es un proyecto independiente en el sentido más noble y sucio del término, pagado de su bolsillo, diseñado por un amigo, impreso gracias a otro que consiguió un buen precio. Como en los primeros fanzines, lo importante aquí no es la industria, es el gesto. Y el gesto es potente. Muy potente.
La memoria como un incendio lento
El libro abre con el poema que le da título, “La guitarra de Joe Strummer”, donde la furia punk y la memoria política se funden con una naturalidad que desarma. La guitarra es símbolo, herida, arma, juguete, tótem. Es también la voz quebrada del exilio, ese territorio donde crecer es sobrevivir.
Sigue “Marceline”, uno de los textos más bellos que se han escrito sobre el deseo migrante. No hay exotismo ni porno del otro: hay humanidad. Hay cuerpos que se encuentran en París para sobrevivir al frío, al racismo, al desarraigo. Es un poema de piel y política, de risa y peligro.
Y después vienen los golpes: el padre revolucionario, la infancia rota, la violencia militar, los juegos que ya no eran juegos, los amores perdidos, los muertos que siguen respirando adentro. “Wendy”, posiblemente el poema más desgarrador del libro, es un grito contra el femicidio y contra el silencio. Aquí no hay metáfora que suavice. Ni falta que hace.
Canciones para una noche sin Dios
El libro incluye también canciones - porque Cacho nunca ha separado una cosa de la otra - y ese cruce lo vuelve único. “Amantes de la noche”, “La señorita canta boleros”, “Cochayullo”, “Todos esos personajes”: cada una es una escena, un bar, una esquina, una genealogía sentimental que mezcla a Joe Strummer con Víctor Jara, a Kerouac con Mafalda, a la señorita de un tugurio portuario con los rockeros de garaje de los ochenta.
Hay una épica del sobreviviente en todas ellas. Una épica de los que “aperran”, de los que hacen arte con lo que hay, con lo que queda, con lo que duele. Y está también la ternura luminosa de “Una canción simple”, que Cacho siempre canta a capella, donde por un instante la vida se calma y el libro respira. No hay furia ahí: hay amor, un amor sencillo y necesario.
Un libro que es un concierto
La guitarra de Joe Strummer no es un libro para leer sentado en silencio. Es un libro para leer de pie, con la espalda un poco encorvada, como quien espera que pase algo, como quien escucha un acorde que no termina de apagarse. Es un libro para quienes fueron niños en dictadura, para quienes crecieron en el exilio, para quienes aman el rock, para quienes aman la vida incluso cuando la vida se pone insoportable. Es un libro para quienes entienden que la poesía puede oler a marihuana, a bar, a sudor, a mar, a calle mojada.
Lo que hizo Cacho Vásquez aquí es simple y a la vez monumental: convirtió su historia en una banda sonora.
Y nos invitó a escucharla.
Ernesto “Tito” Escribar
Músico, antropólogo y gestor cultural.
