a Jorge Arrate
El resultado de la segunda vuelta del 14 de diciembre de 2025 (58,17% para José Antonio Kast frente a 41,83% para Jeannette Jara) suele leerse con la gramática de la coyuntura: la inseguridad, el cansancio del ciclo progresista, la inflación de la promesa de orden. Esa lectura no es falsa, pero se detiene en la superficie del acontecimiento. Lo que el dato electoral esconde, y lo que estas notas quieren interrogar, es la pregunta por la materia de la que está hecho ese triunfo: no la coyuntura que lo precipitó, sino el sedimento que lo hizo posible. Porque hay una anomalía que ninguna explicación coyuntural alcanza a disolver, y es que el grueso de la adhesión a la salida autoritaria no proviene de quienes la vivieron, sino de quienes nunca la conocieron.
La intuición democrática supone que el rechazo a la dominación se aprende padeciéndola, y que el relevo generacional erosiona, con el tiempo, la disposición autoritaria. El caso chileno desmiente esa expectativa con una nitidez incómoda. Las cohortes nacidas después de 1975, que no vivieron la dictadura como adultos, exhiben niveles de tolerancia al autoritarismo iguales o superiores a los de quienes la padecieron, y votan por la derecha radical en proporciones mayores. El dato obliga a un desplazamiento conceptual: la adhesión autoritaria no es aquí un residuo que el tiempo extingue, sino una herencia que el tiempo transmite. Hay, en el cuerpo electoral chileno, una capa que se comporta como un estrato geológico: se depositó bajo el peso de un proceso histórico y permanece mucho después de que ese proceso terminara, disponible para ser reactivada por quien sepa nombrarla.
Desde Hirsch, conviene precisar el orden de los factores. La candidatura de Jeannette Jara, el gobierno de Gabriel Boric con el Partido Comunista en su seno y la revuelta de 2019 operan como coyuntura que activa el sedimento, no como su origen: el vector de memoria es previo y posee una densidad estructural. Su fecha de inscripción es el plebiscito de 1988, cuando el «Sí» a Pinochet obtuvo cerca del 44% pese a la derrota. Esa cifra no fue un resto a punto de desaparecer, sino el piso duradero de un apoyo que la transición administró sin disolver: donde Brunner (1989) leyó la fuerza de un consenso modernizador, Garretón advirtió el enclave autoritario que ese mismo pacto dejaba intacto.
La memoria que no se recuerda
Conviene un rodeo por una categoría que la teoría de la memoria ha trabajado con precisión. La obra que aquí se moviliza, sin nombrar a su autora en el cuerpo del texto pero reconociéndola en la nota, propuso pensar la relación de las generaciones posteriores con un pasado traumático que no vivieron como una forma de memoria de segundo grado, una memoria que no recuerda porque no tiene qué recordar, y que sin embargo organiza la subjetividad de quienes la portan. El argumento decisivo, formulado en 2008, sostiene que el trabajo de esa memoria heredada reactiva y reencarna estructuras memoriales más distantes, sociales y culturales, reinvistiéndolas de formas individuales y familiares de mediación, de modo que puede persistir incluso después de que todos los participantes directos, e incluso sus descendientes, hayan desaparecido (Hirsch, 2008). La fórmula es exacta para el caso que nos ocupa: lo que se transmite no es el recuerdo de la dictadura, sino la estructura afectiva que la sostuvo, desprendida del acontecimiento que la originó.
Esa estructura tiene un nombre en la gramática política chilena: nostalgia del orden, anticomunismo, recelo de la deliberación, sospecha del conflicto como sinónimo de caos. No es una ideología articulada, sino un conjunto de disposiciones que operan por debajo del umbral del argumento, como un sentido común que no necesita justificarse porque se presenta con la evidencia de lo natural. Quien creció escuchando que «antes había orden», que «el comunismo es la amenaza», que «la autoridad protege», no recuerda la dictadura: la posmemoria. Y la posmemoria, a diferencia del recuerdo, no carga con el peso del trauma ni con la ambivalencia del testigo. Es una herencia limpia de experiencia, y por eso mismo más manejable, más disponible para la traducción política.
La operación de Kast: traducir, no evocar
Si la «zona ámbar» identifica dónde reside el electorado disponible, queda por explicar cómo Kast lo convirtió en mayoría, y aquí reside la inteligencia estratégica de la candidatura triunfante. Kast no ganó evocando la dictadura, lo que habría sido electoralmente ruinoso, sino traduciendo su residuo afectivo al léxico del presente. La operación no fue de memoria sino de reencuadre: el anticomunismo heredado se dijo como combate al «comunismo» contemporáneo encarnado en la izquierda gobernante; la nostalgia del orden se dijo como seguridad frente al crimen organizado; el recelo del otro se dijo como control de la frontera y la migración. El sedimento no se nombró: se actualizó. Y se actualizó precisamente en el registro que las generaciones sin memoria directa podían recibir sin la incomodidad del pasado, porque para ellas no había pasado que incomodara, solo un presente que ordenar.
La literatura especializada confirma la peculiaridad del dispositivo. La derecha radical chilena, a diferencia de su matriz europea, descansa menos en la figura del «enemigo externo» que en la del «enemigo interno» (Díaz, Rovira Kaltwasser y Zanotti, 2023): no es prioritariamente el inmigrante quien amenaza, sino el connacional desviado, el militante, el que introduce el desorden. Esa torsión es la que permite enlazar el «sedimento dictatorial» con el malestar presente, porque el enemigo interno es el mismo que la dictadura nombró, solo que vestido con la ropa del siglo. El estudio de la opinión pública añade el dato que vuelve viable el triunfo en segunda vuelta: el electorado que adhiere a la derecha radical es homogéneo y comparte rasgos con sus pares europeos, mientras que el que la rechaza es amplio pero heterogéneo (Rovira Kaltwasser, Salas-Lewin y Zanotti, 2024). Un bloque compacto frente a una dispersión: la aritmética del balotaje hizo el resto.
Conviene detenerse en la figura misma del candidato, porque es ahí donde la operación encuentra su cuerpo. Kast no es solo el portavoz de un programa: es quien inviste la frontera. En la lógica de toda formación hegemónica, alguien debe encarnar el corte que separa el «nosotros» del «ellos», y esa investidura no es neutra ni intercambiable. Kast ocupa ese lugar porque su biografía condensa la frontera del enemigo interno que la dictadura trazó y que él reactiva: el apellido, la fidelidad declarada al legado, la genealogía familiar del régimen, todo lo inscribe como heredero legítimo de una línea que nunca se interrumpió del todo. Pero su eficacia no reside en la nostalgia, sino en su capacidad de articular lo viejo y lo nuevo en una sola figura. En él, el anticomunismo de 1973 y el securitarismo de 2025 dejan de ser dos discursos para volverse uno: el viejo enemigo (el marxista, el subversivo) se superpone al nuevo (el delincuente, el migrante, el activista) sin solución de continuidad. Kast es el operador de esa superposición. Lo que en el pasado fue memoria del orden se transmite, en su cuerpo político, como promesa del orden, y esa transmisión es precisamente lo que la posmemoria nombra: la reactivación de una estructura memorial que persiste más allá de quienes la vivieron (Hirsch, 2008). En términos más literales Kast puede hacer la mediación entre Hermógenes Pérez de Arce y Mara Sedini. O bien, ir desde Almorzando en “El Trece” hasta el Programa “Sin Filtro”
La distribución horizontal del sedimento
Falta, sin embargo, el eslabón que explica por qué la herencia, en lugar de diluirse en el relevo generacional, se intensificó. La transmisión clásica de la memoria es vertical: del padre al hijo, de la familia al descendiente, en la lógica de la sangre y el linaje. Pero el sedimento que sostiene a Kast ya no circula solo por ese cauce. Las plataformas digitales han producido una mutación en el modo de la herencia: lo que antes pasaba de una generación a la siguiente pasa hoy entre pares de una misma generación, horizontalmente, en la circulación de códigos, imágenes y afectos compartidos que no requieren la mediación familiar. La memoria heredada se ha vuelto afiliación de cohorte. El joven que vota a Kast no necesita un padre pinochetista: le basta con la comunidad horizontal de quienes comparten, en el mismo flujo digital, la misma gramática del orden.
Esta es la novedad que el caso chileno aporta al estudio de las derechas radicales contemporáneas. El sedimento autoritario no es ya patrimonio de los nostálgicos del régimen, una población que envejece y se extingue, sino un sentido común que se reproduce y se distribuye en los circuitos de la sociabilidad digital, donde encuentra cohortes enteras dispuestas a recibirlo como identidad antes que como recuerdo. La dictadura, que duró diecisiete años, ha logrado una posteridad mucho más larga que su duración, no porque se la recuerde vitalmente, sino precisamente porque — en un punto— se la ha olvidado lo suficiente, digamos lo necesario, como para que su «residuo afectivo» circule en su actualización sin el peso de su historia más brutal. En suma, la condición de posibilidad se encuentra en las modernizaciones contraídas desde 1988.
Pero hay que decirlo con todas sus letras: Chile es, en esto, una excepción regional. En el resto de América Latina la derecha radical irrumpió como fenómeno relativamente temprano y sustancialmente desde fuera del sistema, sin negar dinámicas internas (el outsider que asalta la política, como Bolsonaro o Milei), o bien se articuló en torno al enemigo externo, el migrante, el extranjero, según el patrón que la matriz europea había fijado. Chile invierte ese guion en tres sentidos. Primero, la derecha radical llegó tarde, fue una ausencia prolongada en un sistema que se tenía por excepcionalmente estable, y sin embargo, una vez instalada, alcanzó el gobierno con una velocidad que ningún otro caso de la región exhibe. Segundo, su frontera no es el extranjero sino el connacional desviado: el enemigo es interno, y es interno porque la dictadura lo definió así y la posmemoria lo conservó. Tercero, su consolidación no requirió romper con la derecha tradicional sino acotarla y fundirse con ella, en una porosidad que en otros países habría sido impensable. Esa triple anomalía vuelve al caso chileno un «laboratorio privilegiado de las subjetividades punitivas»: muestra que el sedimento de una dictadura institucionalizada, cuando no se disuelve, produce una derecha radical de un tipo particular, menos rupturista y más orgánica, menos nostálgica y más eficaz, que hereda el pasado sin declararlo y que por eso mismo resulta más difícil de impugnar.
La cosecha de lo no disuelto
El triunfo de Kast no es, entonces, un accidente ni una simple reacción coyuntural. Es la cosecha electoral de un sedimento que la transición administró sin disolver, que la modernización neoliberal privatizó sin desactivar, y que el relevo generacional, lejos de extinguir, reactivó en un registro nuevo. La pregunta que el resultado deja abierta no es por qué ganó la derecha radical en una coyuntura adversa para el progresismo, sino por qué la sociedad chilena conserva, a casi 40 años después del fin del régimen, una capa de subjetividad punitiva que responde con docilidad al llamado del «orden autoritario».
La respuesta no está en la memoria de quienes vivieron la dictadura, que tienden a su crítica, sino en la posmemoria de quienes no la vivieron y la heredaron limpia de experiencia. El éxito de Kast mide, con la precisión brutal de una cifra electoral, hasta dónde llega ese estrato. Y la advertencia que de ahí se sigue es que ninguna política de la memoria que se dirija solo a los que recordaron alcanzará a los que heredaron sin recordar, que son hoy la mayoría, y que serán, mañana, la totalidad. Lo decisivo para el caso chileno es su tesis sobre la persistencia: el trabajo posmemorial reactiva estructuras memoriales en las cohortes de la zona ámbar que no recuerdan la dictadura. Con todo, reciben una estructura afectiva tibiamente desgajada del acontecimiento traumático que la originó.
Referencias
Díaz, C., Rovira Kaltwasser, C. y Zanotti, L. (2023). «The Arrival of the Populist Radical Right in Chile: José Antonio Kast and the “Partido Republicano”». Journal of Language & Politics, 22(3), 342-359.
Hirsch, M. (2008). «The Generation of Postmemory». Poetics Today, 29(1), 103-128.
Rovira Kaltwasser, C., Salas-Lewin, R. y Zanotti, L. (2024). «Supporting and Rejecting the Populist Radical Right: Evidence from Contemporary Chile». Nations and Nationalism, 30(3), 458-475.
Servicio Electoral de Chile (Servel) (2025). Resultados oficiales, segunda vuelta presidencial, 14 de diciembre de 2025.
