Hay decisiones administrativas que cuando se comunican a la ciudadanía, ésta se pregunta por qué no se implementaron antes. El anuncio tiene un contenido tan obvio que dicha postergación se siente costosa y que el clásico “más vale tarde que nunca”, suena a resignación con una dosis de reparación. Esto ocurre con la reciente instrucción de la Contraloría General de la República (CGR) que exige a los organismos públicos implementar medios digitales para el control de asistencia de sus funcionarios. No se trata solo de registrar entradas y salidas. Se pretende comenzar a corregir un desajuste crónico: la inasistencia disfrazada de presencia. El ausentismo con antifaz, la jornada laboral fantasma, el “arreglín” en la carpeta de firmas. Artimañas que se repiten en diversas oficinas del Estado y que doña Dorothy Pérez ha demostrado eliminar en su trayecto como contralora.Curiosamente, otra Dorothy, la heroína del Mago de Oz, también emprendió un viaje para restaurar el orden de las cosas. Lanzada por un torbellino a una tierra de fantasía, descubrió que el gran mago era un fraude y que muchos no estaban cumpliendo el rol que les correspondía. Su travesía fue, en cierto modo, una fiscalización ética: exigió presencia, compromiso y autenticidad a cada compañero de ruta. Solo así pudo encontrar el camino de regreso a casa.La señora contralora, a diferencia de su tocaya de la película que forma parte de los filmes de la Memoria del Mundo por la UNESCO, no camina sobre baldosas amarillas, sino en arenas movedizas. Pero también busca establecer lo esencial en su propia misión: verificar que las instituciones públicas actúen en el ámbito de sus atribuciones utilizando de manera eficiente y eficaz los recursos públicos.Esta Dorothy chilensis pide lo que corresponde: que los empleados públicos estén donde deben estar, cumpliendo con lo que deben cumplir y en los tiempos en que se les necesita. Su medida no es mágica, pero sí profundamente simbólica: que cuando a viva voz se pase la lista de asistencia y se nombre la palabra Estado, este responda con un “presente”.Durante décadas, el control de asistencia en el aparato público ha oscilado entre la formalidad relajada y la fragilidad operativa. Planillas firmadas por terceros, libros de entrada que no se verifican, softwares locales que se pueden arreglar desde adentro. Así se ha incubado una cultura de impunidad horaria donde lo público que es de todos, se gestiona como si fuera de nadie.Pero la tecnología actual caracterizada por el wireless y la multisensorización puede entorpecer aquel inescrupuloso gozo. Hoy existen sistemas biométricos (huella, rostro, iris), tarjetas inteligentes y plataformas en la nube con analítica en tiempo real. No se trata de disponer una máquina automatizada que espíe al funcionario, sino de contribuir en la recuperación de la confianza institucional. Ahora bien, digitalizar sin blindar es abrir la puerta al engaño cibernético. Un sistema de control automatizado puede ser tan vulnerable como el humano que lo administra. Por eso, si se quiere un cambio efectivo, no basta con registrar la asistencia con tecnología de punta. Hay que proteger todo el proceso pues el corrupto que hace un chanchullo con lápiz y papel, también lo puede hacer con pantallas táctiles, microprocesadores y algoritmos computacionales. Auditorías externas contratadas a través de concursos abiertos con oposición, almacenamiento de datos espejo alojados fuera del alcance de la autoridad local y trazabilidad visible pero no modificable, son algunas estrategias para disminuir fraudes en el control automatizado de asistencia. Hay jefaturas que conocen el juego del engaño y lo perpetúan. Hay oficinas donde todos son testigos de diversas triquiñuelas, pero nadie denuncia. Hay una mayoría de funcionarios que, aunque sin pertenecer a camarilla alguna, tampoco combaten la corrupción. En esta red de complicidad silenciosa, una máquina lectora de huellas de alta tecnología no basta: puede ser un mero decorado en la vieja escenografía del abuso impune. Y mientras Dorothy —la nuestra, no la de la película— no logre correr las cortinas mostrando quién mueve los hilos tras el telón, como aquella niña que desenmascaró al falso mago, todo este viaje será solo otra ilusión dentro del gran teatro del engaño público.
Lucio Cañete Arratia Facultad Tecnológica Universidad de Santiago de Chile
