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La humanidad perseguida. Por Eduardo Cardoza -Campaña “La humanidad somos todes”

¿Será pertinente hablar de humanidad, en medio de un ambiente de libertades restringidas, como nunca, en todo el territorio y por tanto tiempo? «» La ciudadanía está gobernada por la televisión en un sentido único, como ocurría con los súbditos de otras épocas cuando se miraba a los señores en la explicación de su actuar, para ser objeto de la aplicación de sus políticas, sin más. Sólo es posible tal forma de gobierno cuando se tiene amenazada la existencia de toda la población por la pandemia de Covid-19. Este modo de relacionamiento de coerción en toda la línea y mensajes contradictorios muestra debilidades graves.

Hay gobiernos que parecen seguir al pie de la letra el consejo que le diera Maquiavelo a su príncipe imaginario (en los años 1.500) de no gobernar sólo mediante la ley, sino también recurriendo a la fuerza, con su visión del hombre como un ser “desagradecido, perezoso, falso, cobarde, codicioso” que señalaba que la crueldad es aconsejable porque “es mucho más seguro ser temido que amado”.

Cinco siglos después, las sociedades no toleran como justo ese tipo de ejercicio y se manifiestan en darle poca legitimidad a un gobernante por más legal que hubiese sido su elección.

No hay humanidad cuando en medio de la amenaza de la vida de las personas en el país, el poder económico señala: “no podemos matar la producción por salvar vidas”. Porque las vidas importan todas y son las vidas de una la población que mueve el país, y por ello deberían cuidarse prioritariamente. Será una disyuntiva global tener que priorizar entre vida y los intereses económicos del capital en un contexto neoliberal, pero lo cierto es que sin vida y sin personas, la sociedad no sólo no tiene sentido, sino que no existe. Es una disyuntiva que incorpora a la barbarie como alternativa.

¿No hay otros modos de enfrentar una amenaza sanitaria de manera efectiva? Cuando el poder muestra sus rasgos más definidos de dominación es más necesario que nunca no solamente hablar sino actuar con humanidad.

El gobierno viene muy cuestionado en su legitimidad, por un hartazgo contra el sistema neoliberal imperante por parte de muy amplios sectores sociales. Hoy pretende enfrentar la pandemia de Covid-19 de la misma manera que lo hizo con la revuelta social de octubre del año pasado, con un autoritarismo y una soberbia que le impide aproximarse educando, informando sobre el mal que afecta a la sociedad con la credibilidad necesaria, y por la misma razón, queda imposibilitado de relacionarse con las fuerzas sociales existentes en los territorios. Si se trata a los ciudadanos y ciudadanas como objeto de las políticas, no se puede esperar otra cosa.

Amenazadas sus vidas, las personas perciben un gobierno que primero se ocupó de beneficiar al reducido grupo del empresariado que representa el 1% de la población y capta el 30% de la riqueza del país, y que solo un mes y medio después abordó medidas parciales y muy restrictivamente para los grupos humanos más abandonados donde se encuentran los pueblos originarios, los migrantes y las personas viviendo hacinadas en cités, campamentos, en situación de calle o en las cárceles.

El problema es de gravedad, pues se trata de vidas que peligran permanentemente al quedar las personas expuestas al contagio por verse impedidas por razones económicas, de hacer cuarentenas voluntarias u obligatorias y por carecer de ayudas que puedan hacerlas posible.

Esta tardanza crítica constituye una violencia institucional, que suma inseguridad a la incertidumbre. Esto no es una contribución a la humanidad. Las medidas hacia los sectores sociales más precarizados como los pueblos originarios, migrantes, pobladores, personas en situación de calle, trabajadores informales y los más expuestos a la pandemia son, además de tardías, insuficientes, porque tratándose de un problema de salud pública, todes, absolutamente todes, debemos ser protegidos y tratados oportunamente. Todas las vidas importan es cuestión de justicia y dignidad.

Esas personas se encuentran mayoritariamente expuestas al contagio por tener que salir diariamente a ganarse la vida para comer.

Hoy muchas personas quedan fuera de cobertura por no tener RUN (en el caso de los migrantes y otras personas igualmente precarizadas), y otras por no tener el Registro Social de Hogares, se ven privadas del acceso al magro Bono Covid-19 que en algo podría corresponderles. Tampoco estos hechos son una contribución a la humanidad.

Son necesarias medidas efectivas, no discriminatorias que tengan en cuenta el conjunto de las personas, colaborando prioritariamente con quienes más lo necesitan. Estaríamos en ese caso más cerca a una actitud humanitaria real y no discursos.

El futuro incierto es más incierto, para muchos. Cuando la vida está en juego, muchas pequeñas acciones hacen la diferencia entre vida o muerte. Este contexto nos pone frente a desafío de humanidad.

¿Dónde está hoy la Humanidad y cómo se manifiesta? ¿Quiénes aspiran a mantenerse humanos?

Aquí aparecen personas, organizaciones sociales, tantas y tan variadas, que reconociéndose como iguales, solidarizan, realizan acciones sin preocuparse por la cobertura de medios, ni shows mediáticos. Aquí también aparece el tejido social de organizaciones existentes extendiendo brazos y manos para acoger, acompañar, actuar. Todo esto no existe en los medios masivos, en la televisión, pero importa y mucho para quien lo necesita y lo agradece afectuosamente. Es lo más importante.

Por muchas razones hay acciones cotidianas repletas de humanidad: florecen ollas comunes, las cajas con alimentos, cafés en la mañana, preocupación por atender a las personas mayores, por quienes están sin trabajo. Surgen los cuidados, se canaliza la información, el acompañamiento, todo en cercanía social y distanciamiento físico. Son manos y corazones fraternos que -identificándose como iguales en derechos- actúan y crean frente a un estado ausente.

Enfrentando el abandono amenazante del estado aparece esa humanidad que como seres sociales tenemos como legado: transformar la vida, no adaptarnos a lo existente cuando nos afecta y colectivamente transformar la realidad para sobrevivir, vivir mejor, cambiar las cosas, cambiando nosotros.

“Lo importante no es mantenerse vivo, lo importante es mantenerse humano” decía George Orwell y parece que hablara hoy cuando un escenario cruel amenaza la vida, con el poder confiado en la coerción como método, y sin la mínima participación social en las decisiones. Es necesario cuidarse para cuidar, además es necesario mantenerse humano, contribuir a la humanidad hoy y ahora.

Se mantienen humanos los vecinos en los barrios, los estudiantes en las universidades, en los colegios, en las redes sociales, en los campamentos, los pobladores, en las juntas de vecinos, en las ollas populares, en los whatsapp solidarios, en el desinterés de actos como la preocupación por el vecino, en la asamblea, el sindicato, en las puertas de las cárceles, en muchos lados. Y vimos humanidad desde el 18 de octubre en la calle exigiendo dignidad y hasta hoy de múltiples formas.

La humanidad es un legado de solidaridad y necesita que la dignidad se le reconozca a todes. Porque lejos de ser la actitud pasiva o contemplativa, la humanidad es acción intencionada para cambiar las condiciones, es disputa y a veces muy dura, pero siempre plena de amor por el bien común.

Seguramente no vamos a encontrar la humanidad con los valores que realmente representa en los espacios de poder, pues por allí pasó varias veces, pero no anidó, porque prefiere reconocer sus orígenes, previo a cualquier estado y debido a su proximidad a la lucha diaria por la vida y la mejora de las condiciones económicas y sociales para todas las personas.

Los valores de la humanidad se proyectan en salvaguardar la dignidad de todes, ampliar los derechos, promover la justicia, recorriendo la historia del ser humano en los últimos 200.000 años, atravesando desafíos, desde sus inicios, en época del esclavismo, en el feudalismo y en el capitalismo, su versión neoliberal de hoy.

La humanidad es una fuerza enorme muy cargada de futuro que siempre se expresa con toda su energía cuando nos reconocemos como iguales de la misma clase, y nos transformamos en la fuerza social necesaria para los cambios en la sociedad.

Estamos en la tierra, vivimos hoy únicamente porque esos lazos de humanidad nos permitieron llegar hasta aquí y no será el neoliberalismo que nos desnaturalice después de haber venido humanizando el entorno al que pertenecemos, al menos en los últimos 200.000 años.

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