Solemos pensar la infancia como una etapa concluida. Algo que ocurrió y quedó atrás. Un territorio al que volvemos únicamente a través de fotografías familiares, conversaciones de domingo o recuerdos cada vez más borrosos. Sin embargo, basta escuchar con atención ciertas historias para sospechar que las cosas no son tan simples.
En los últimos años, la salud mental ha ocupado un lugar cada vez más visible en el debate público chileno. Hablamos de malestar psicológico, sufrimiento emocional y bienestar mental con una naturalidad que habría sido impensable hace algunas décadas. La presencia creciente de estos temas en los medios de comunicación, las redes sociales y las conversaciones cotidianas parece reflejar un cambio cultural más profundo. Nunca se había hablado tanto de salud mental en Chile. Sin embargo, gran parte de esa conversación sigue concentrándose en los síntomas y mucho menos en las historias que suelen encontrarse detrás de ellos.
Tal vez por eso resulta relativamente fácil reconocer palabras como ansiedad, trauma o depresión, pero mucho más difícil comprender las experiencias que les dieron origen. Aun así, existe una pregunta que parece permanecer en segundo plano: ¿cuánto de lo que vivimos como adultos tiene raíces mucho más antiguas de lo que imaginamos?
A veces una persona se sienta frente a uno y dice que viene por ansiedad. O porque no logra entender por qué siempre termina en relaciones parecidas. O porque lleva años sintiendo un malestar difícil de nombrar. Pero a medida que habla, la conversación termina llegando a lugares mucho más antiguos. No necesariamente a grandes traumas ni a episodios extraordinarios, sino a experiencias cotidianas que dejaron una huella silenciosa: una infancia marcada por el miedo, la crítica constante, la indiferencia emocional, la ausencia afectiva o la necesidad de aprender demasiado temprano que ciertas emociones no debían expresarse. No es raro que alguien recuerde con exactitud una crítica recibida a los diez años. A veces ni siquiera parece un recuerdo importante: una comparación con un hermano, una burla frente a otros, una frase dicha al pasar. Sin embargo, décadas después, la sensación de insuficiencia sigue allí.
A pesar de ello, todavía nos cuesta comprender la profundidad temporal del sufrimiento psicológico. Buscamos explicaciones inmediatas para dolores que muchas veces llevan décadas desarrollándose. Como si esperáramos que la vida adulta comenzara desde cero, desconectada de todo lo que vino antes.
Quizás una de las cosas más difíciles de aceptar es que muchas veces seguimos intentando resolver en la adultez preguntas que aparecieron mucho antes de que tuviéramos edad para formularlas.
En Chile, esta dificultad adquiere características particulares. Durante generaciones, la fortaleza fue entendida como la capacidad de resistir. Seguir adelante. Cumplir. Adaptarse. Hacer lo necesario. Hablar poco de lo que duele. En muchos hogares, expresar tristeza, miedo o fragilidad fue visto durante años como una señal de debilidad, inmadurez o falta de carácter. Todavía no es raro escuchar frases como «ya va a pasar» o «hay que ser fuerte». Muchos crecimos escuchándolas. Muchas veces no nacen de la indiferencia, sino de personas que crecieron sin herramientas para hablar de lo que les ocurría.
Parte de esta historia también tiene relación con las condiciones en que fueron criadas las generaciones anteriores. Muchos de nuestros padres crecieron en hogares donde el afecto se expresaba poco y donde sobrevivir ocupaba un lugar más urgente que detenerse a pensar en lo que sentían. Una generación antes, nuestros abuelos crecieron en el campo o en contextos donde trabajar desde muy jóvenes era una necesidad más que una elección. En esos entornos, el trabajo, la disciplina y la capacidad de enfrentar las dificultades eran virtudes concretas, necesarias para salir adelante. La sensibilidad emocional rara vez ocupaba un lugar importante.
Esto no significa justificar el daño ni negar las consecuencias que ciertas formas de crianza pudieron tener. Significa reconocer que el dolor también puede pasar de una generación a otra de maneras complejas. Muchas veces, quienes más nos marcaron también fueron personas que cargaban sus propias historias de dolor, sus formas aprendidas de callar y sus propias limitaciones. No siempre heredamos sólo las heridas de nuestros padres; a veces heredamos también sus maneras de defenderse de ellas. Mirar esa cadena no elimina la responsabilidad individual, pero permite entender el problema con mayor profundidad.
Una de las diferencias de nuestro tiempo es que cada vez más personas intentan interrumpir esa transmisión. No porque aspiren a convertirse en padres perfectos —seamos sinceros, algo imposible—, sino porque buscan comprender aquello que heredaron para no reproducirlo de forma automática. Quizás lo que pasa de una generación a otra no siempre es el dolor en sí mismo, sino el silencio que se construyó alrededor de él.
Ese silencio no desaparece necesariamente con el paso de los años. A menudo sigue presente en la vida adulta, aunque adopte formas distintas a las que tuvo en el origen. El resultado no siempre es visible. No aparece necesariamente en estadísticas ni en diagnósticos. A veces se manifiesta en relaciones que se repiten, en personas que no logran sentirse seguras a pesar de sus logros, en una dificultad persistente para confiar o en un cansancio que parece exceder cualquier explicación razonable.
Tal vez crecer no consista en dejar atrás al niño que fuimos. Tal vez consista en reconocer que sigue allí, de formas que no siempre comprendemos. No para quedar atrapados en el pasado, sino para entender que toda vida adulta se construye también con aquello que la precede.
Una sociedad también se define por la forma en que trata las heridas de quienes la habitan. Y quizás una de las tareas pendientes de nuestro tiempo sea precisamente esa: aprender a escuchar aquello que durante demasiado tiempo permaneció en silencio, porque muchas veces lo que una persona no logra resolver en su vida adulta comenzó mucho antes de que pudiera ponerle palabras.
Ariel Leiva Araya - Psicólogo clínico y escritor.
