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La infancia también vivió en dictadura. ¿Pueden contarla?, ¿Cuentan los niños? Por Patricia Castillo Gallardo

«Ojalá alguien encuentre un modo de decir el dolor sin hilvanar santos y pecadores, mártires y cobardes, héroes y villanos, valientes y traidores, inocentes y culpables. Una historia sin la lengua del orgullo».
José Carlos Agüero «Persona».
Fondo de Cultura Económica del Perú.

Estamos a algunas semanas de enfrentar la conmemoración número cincuenta del golpe de Estado en Chile. En ese escenario, nuestro pequeño equipo cumplirá este año con la décima versión del montaje de Infancia/Dictadura: Testigos y Actores (1973-1990), esta vez en el Centro Cultural Estación Mapocho.

Empezamos este proyecto hace casi 10 años y aún así no deja de sorprenderme que cada vez que lo reactivamos hay una nueva persona que nos escribe para contarnos que para el golpe militar tenía 1,5, 7, 9 u 12 años y que tiene unas cosas que creen que: “¿podrían servir? ¿Qué sé yo? Para que se sepa que tuvimos miedo, que algunos de nosotros éramos niños y estuvimos secuestrados o simplemente que no nos hemos olvidado”.

La necesidad de testimoniar parece ser lo que moviliza estos mensajes, la necesidad de testimoniar fue lo que permitió construir esta exposición, la necesidad de testimoniar nos obligó a construir el archivo patrimonial de producciones infantiles que hoy está en manos del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

Los niños y niñas rara vez han sido convocados como testimoniantes, ello se debe quizás, entre otras cosas, a la posición que en el derecho occidental y moderno se le asigna al testimonio infantil y su relación con la verdad. ¿Dicen la verdad los niños y niñas? La sabiduría popular dice que sí, los niños y los borrachos dicen siempre la verdad. Sin embargo, la sabiduría popular y la historia o la justicia no son caminos que necesariamente se entrecruzan.

Las investigaciones y exposiciones que han recorrido el mundo con producciones infantiles, se refieren, en su mayoría, a los dolores que inscribieron en las infancias y familias las guerras civiles europeas, particularmente en España, que es de donde hay más registros. Sin embargo, en América Latina este trabajo es incipiente aún. Los horrores de vivir en guerra o bajo un régimen dictatorial son reconstruidos casi siempre con el foco puesto en el mundo adulto.

Ser niño o niña en la dictadura chilena no fue nada fácil. La Junta Militar, desde el momento en que asume el poder, interviene directamente un sinnúmero de aspectos de su vida cotidiana, por medio de estrategias como la reforma curricular, las brigadas escolares, la imposición de una estética militar (limpieza de calles, blanqueo de muros, cortes de pelo…). En ese sentido, los niños y niñas fueron testigos de las transformaciones culturales propias de la violencia con la cual la Junta Militar buscó imponer su legitimación y hegemonía.

Adicionalmente, para muchos de nosotros -hijos de los militantes de la resistencia- vivir en dictadura fue vivir en la pobreza, vivir en el miedo de quedarnos solos y en el duelo permanente de los que cayeron, aún cuando no alcanzamos ni a conocerlos. Vivir en dictadura y reconocer, recién ahora, que los adultos realmente no tenían ningún control sobre lo que les estaba pasando a ellos; mucho menos a nosotros. Vivir en dictadura y sentir una brisa de ternura en el cuidado ingenuo de quienes no eran tu familia, sino que estaban ahí y algo, no sé qué, los unía a nosotros y lo sabíamos. Vivir en dictadura y saber ahora, que entendíamos demasiado o que quizás habíamos encontrado demasiado pronto el límite de la protección del mundo adulto.

De eso se trata un poco esta exposición, de ajustar la antena para que lo inaudible aparezca. De ver donde pusieron los niños y niñas lo que saben, mientras andaban por ahí enmudecidos, escuchando detrás de los sillones, de las puertas entreabiertas y habitando un país en guerra en el que sus adultos creían que se podía fingir normalidad.

Durante meses recibimos archivos de distintas organizaciones y luego hicimos un llamado abierto a todos y todas los que hubiesen guardado las enunciaciones infantiles registradas en tarjetas, dibujos, cuadernos, audios y diarios de vida. Desde distintas partes de Chile nos empezaron a llegar registros e historias de quienes fueron niños y niñas en ese tiempo, y de pronto en este espacio encontraron un lugar donde volver a poner en circulación objetos que habían sido sustraídos de su utilidad para transformarse en objetos de colección –como señuelos de un momento particular de la historia subjetiva de cada quien–, cuya función solo pudo volver a ser colectiva al re-inscribirse como parte de un relato histórico junto a otros.

No fue fácil realizar una curatoría -con este material- que rescate la densidad de la vida cotidiana, se trata de 17 años de dictadura y, por tanto, hay que alojar múltiples dimensiones afectivas asociadas a episodios trágicos y dolorosos, pero también a momentos de alegría y de cuidado. Es decir, transitar desde el desconcierto del golpe de Estado hasta la salida a la democracia, aventurándose a pasar por los cumpleaños, las vacaciones familiares, la militancia en la secundaria, el amor familiar y el encuentro con los iguales, la amistad y el amor juvenil. Queríamos que la gente fuera al museo a sumergirse en esa marea desconcertante que es la vida social, en la que a veces se llora y se ríe, y donde es posible huir de la soledad para ser con otros, y que esos que son semejantes pueden tener distintas edades y tamaños.

¿Cómo miran lo que miran los niños?
¿A quiénes miran?
¿A quiénes hablan cuando hablan?

Los diarios de vida: sobre mi futuro pasado.

Los niños y niñas escribieron, y escriben, una multiplicidad de textos de diversas características para distintos destinatarios. Algunos de los más interesantes que han surgido en esta investigación son los diarios de vida. En primer lugar, porque es inevitable relacionar esta escritura infantil con la ya vista en el mundialmente conocido Diario de Ana Frank. Curiosamente, esa relación está doblemente presente, pues los propios niños, en los diarios de vida estudiados, se refieren a este libro y comparan su experiencia infantil con la que encuentran en el libro relatado, distinguiéndose e identificándose. Este elemento universal para la historia contemporánea, el Diario de Ana Frank, se relaciona, a su vez, con el elemento histórico contextual del país en el que el niño vive y, por ende, en ellos se cuelan los miedos, las reflexiones y la necesidad de que algunos textos pasen a la historia precisamente como testimonios. Esto refleja en el diario de vida de Francisca Márquez, que se encuentra en el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos, en donde se registran los acontecimientos del golpe de Estado desde la perspectiva de esta niña de 12 años. Francisca le relata a su diario los antecedentes que va obteniendo desde distintas partes y en un momento se detiene a relatar exactamente los bandos militares con sus instrucciones impartidas para toda la población.

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El ejercicio de aquel que escribe de manera autobiográfica otorga al autor un doble rol. Por un lado, lo designa y nombra como una unidad única e indiferenciable; por otro, le devuelve el prestigio de la palabra autorizada y justificación histórica por la propia experiencia. Esa historicidad, en la que cada individuo encuentra sentido a sus experiencias y determina cuál fue su lugar en un acontecimiento colectivo, ya está presente en el mundo infantil. Y en tal sentido, los diarios de vida son las palabras de un testigo destinadas a construir un testimonio que sustente la imagen de sí mismo ante la historia del colectivo y del yo.

Cartas y denuncias públicas: yo le pido que me escuche…

La voz infantil recuperada en los objetos -que están en la muestra- nos hace ineludible aceptar que niños y niñas comprenden tempranamente los códigos del poder y los mecanismos que deben implementarse cuando se está en una situación de subalternidad inexorable. Por ello hay un conjunto de producciones de niños y niñas destinadas a la denuncia y la persuasión de personajes institucionales a los que se les atribuye poder, y también responsabilidad, en el plano de las injusticias detectadas. Por supuesto, sus producciones son particularmente más transparentes que las del mundo adulto, tanto en sus correcciones como en las elecciones de formas, de texto o de detalles de la hoja. Esto se presenta más como un proceso de reflexión que como producto acabado. Lo que se borra, lo que se tacha, lo que no está, adquiere entonces un valor enunciativo poderoso y expresivo de la situación de desventaja política desde la cual erige su acto. Esto se puede observar en el caso de Carolina Ortiz, en su carta dirigida al Rector de la Universidad de Concepción:

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Carolina tenía 9 años al escribir esta carta. Era el año 1986 y su padre había sido exonerado junto a otros colegas de la Universidad de Concepción, en donde ejercía su trabajo como académico. En este testimonio es posible ver el impacto de la persecución y la represión política en la vida cotidiana de las familias de los opositores. Sin embargo, con esta carta es posible seguir el razonamiento infantil respecto a las formas con las cuáles dirigirse a la autoridad y los argumentos que se suponen atendibles para esta figura que representa el poder. De una fuerza enunciativa sorprendente en esta producción es la elección del papel, con el mensaje impreso que trae en la parte inferior, y también las tachaduras que hay sobre la parte en que la niña pide “con todo su cariño” y el agregado en el que desea hacer explícita la inocencia de su padre frente al hecho que ella supone que se le imputa y lo inmerecido del castigo. Tan conmovedor como esta carta es el hecho de que nunca haya sido enviada a su destinatario y que, hasta el día de hoy, su padre la haya conservado.

Hospedar las palabras infantiles.

Solo hay testimonio si hay escucha. No se puede oír lo inaudible sino se está dispuesto a prestar atención. Quien narra testimonialmente, lo hace a partir de una palabra que se recibe del otro y que se devuelve a modo de relato. En estos casos, como dibujo, como carta, como representación del mundo que se habita, realizada para sí mismo o para los adultos e instituciones que se encuentran en la frontera del mundo infantil. Sin embargo, el estatuto testimonial de esas palabras solo puede inscribirse en la historia y aspirar a la justicia si hay alguien en situación de escuchar, si hay otro que le brinde hospitalidad.

Ser hospitalario con estos testigos supone; sin embargo, hacer hablar al huésped, donándole para ello la lengua de la casa, es decir, las palabras, palabras que portan las leyes del lugar en la que se ha de descansar. Eso es ser hospitalario con el testimonio.

Siempre hay algo un poco arbitrario en tener que hablar la lengua de quien hospeda, hemos hecho que las producciones de los niños y niñas chilenos realizadas durante la dictadura hablen el lenguaje de la memoria, el lenguaje de la Historia. Sin embargo, ahora que este archivo ya existe -y que nosotras ya no somos niñas- podemos hacer lo que queramos, inclusive transformar las leyes del uso de la palabra, empezando por eso que resguarda en Chile un orden en el que solo los adultos cuentan y tienen recuerdos.

La exposición infancia/dictadura: testigos y actores estará entre el 29 de julio y el 17 de septiembre en el Centro Cultural Estación Mapocho. Habrá visitas guiadas y un seminario internacional que acompañe esta décima versión a 50 años del fin de la Unidad popular.

Ph.d Patricia Castillo Gallardo
Gestora del proyecto Infancia/dictadura

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