Existe una especie de ley termodinámica en la historia política: la esperanza de vida de un partido es directamente proporcional al peso de su ideología. Las ideas, por muy pesadas, arcaicas o polarizantes que parezcan, actúan como el formaldehído que preserva a las instituciones ante el implacable paso del tiempo. Sin un marco teórico, un partido político no es más que una franquicia electoral, un envase vacío esperando a ser llenado por el oportunismo de turno.
Los Fósiles Vivientes y el "Maquiavelo" Criollo Basta mirar a los sobrevivientes históricos para confirmar esta teoría. El Partido Socialista y el Partido Comunista no nacieron de un focus group ni de una campaña de marketing digital. Surgieron del barro de la democracia temprana, de las carencias históricas del pueblo y de las trincheras de los esclavos del trabajo asalariado. Esa matriz ideológica, forjada en la lucha de clases, es lo que les permite sobrevivir a sus propias contradicciones modernas.
En la otra vereda, la UDI demuestra que la ideología también sostiene a la derecha. La obra magna de Jaime Guzmán —el "Maquiavelo" chileno— fue diseñada con una precisión quirúrgica para resguardar un modelo. Si hoy la UDI exhibe ciertos retazos de democracia, no es porque su diseño original lo contemplara, sino porque a su creador se le escaparon por las grietas, o bien, porque la presión de la realidad los obligó a camuflarse.
Incluso el Partido Republicano obedece a esta regla. Aunque a veces, en la teoría de la herradura política, los extremos parezcan tocarse y sus métodos populistas confundan, su ideología es de una extrema derecha pura y dura. Tienen dogmas inamovibles, y es precisamente esa intransigencia ideológica la que les garantiza una base leal y, por tanto, longevidad. Saben exactamente lo que odian y lo que defienden.
La Fecha de Caducidad del Vacío: El Caso PDG Y luego, en el medio de este museo de la historia política, aparece el Partido de la Gente (PDG). Un experimento fascinante por su absoluta vacuidad.
Si la ideología es el cimiento de un partido, el PDG está construido sobre un esquema piramidal de buenas vibras y quejas ciudadanas. Es un partido que ni sus propios militantes logran descifrar, sencillamente porque no hay nada que entender. Carecen de un norte ético, económico o filosófico; su única brújula es el algoritmo y la conveniencia del momento. Por lo mismo, su data de caducidad está escrita en la pared. Un partido sin ideología es incapaz de resistir la primera crisis interna seria, porque cuando el pragmatismo falla, no hay convicciones a las cuales aferrarse. Terminan siendo devorados por sus propios caudillos efímeros.
El Teatro "Misceláneo" y el Ministro Ilusionista Pero mientras los partidos sin ideología se desintegran, los partidos tradicionales —esos que gobiernan y los que son oposición en el Senado— se dedican a lo suyo: Los de izquierda a disputar sin transar y los de derecha al mercadillo de las transacciones menores.
El actual esfuerzo por llegar a acuerdos en torno al proyecto de ley "miscelánea" roza la tragicomedia. La oposición y el oficialismo negocian con la gravedad de quienes están redactando una nueva Carta Magna. Cabe preguntarse si tanto desgaste legislativo tiene alguna validez o utilidad real, especialmente cuando observamos las cartas que pone sobre la mesa el Ministro de Hacienda.
En un alarde de generosidad que seguramente pasará a los anales de la historia económica, el Ministro habla de ceder en el tema de la invariabilidad: ya no serán 25 años de blindaje para los grandes capitales, ¡sino 20! Cinco años menos de invariabilidad. Una verdadera revolución que seguramente tiene a las grandes transnacionales temblando en sus directorios.
Sobre la rebaja de impuestos a las grandes empresas, el silencio del gobierno es ensordecedor. Es la omisión perfecta, el elefante en el hemiciclo que todos fingen no ver mientras discuten la "miscelánea".
Y para coronar la ironía, se muestran "proclives" a subsidiar el empleo. ¿La cifra mágica? Cinco mil empleos. En un país con las urgencias estructurales de Chile, ofrecer un subsidio para cinco mil puestos de trabajo no es una política pública; es un error de redondeo estadístico. Es un parche curita para una hemorragia arterial (un millón de personas solicitando trabajo y un millón quinientos que dejaron de buscar e insistir)
Al final del día, los partidos con ideología sobrevivirán para ver cómo se aprueban estas leyes "misceláneas", mientras los partidos sin sustancia, como el PDG, serán apenas un pie de página en los libros de historia. Pero la verdadera tragedia no es quién sobrevive en el Congreso, sino que, entre reducciones de invariabilidad de cinco años y subsidios homeopáticos al empleo, el modelo económico extractivista sigue intacto, riéndose a carcajadas de todos ellos.
El Sacerdote de la Billetera y el Arte de Ceder la Nada En la arquitectura del Estado chileno, el Ministro de Hacienda rara vez opera como un simple administrador de las finanzas públicas; su rol se asemeja mucho más al de un sumo sacerdote de la macroeconomía. Custodio de los dogmas del crecimiento y del equilibrio fiscal, su función principal no es otra que contener las expectativas terrenales de los ciudadanos y proteger el sagrario del modelo económico.
Cuando el debate político exige transformaciones estructurales, el Ministro saca a relucir su mejor truco de ilusionismo tecnocrático: el proyecto de ley "miscelánea". Una categoría legislativa tan difusa y aburrida que actúa como anestesia general para la opinión pública, permitiendo que la verdadera redistribución del poder pase completamente desapercibida.
La Invariabilidad Tributaria: Una Soberanía entre Comillas El gran gesto de "flexibilidad" del Ministro en las actuales negociaciones es la reducción de los pactos de invariabilidad tributaria de 25 a 20 años. Presentado con la solemnidad de un sacrificio histórico, este acto exige ser diseccionado con la ironía que merece.
¿Qué es, en el fondo, la invariabilidad tributaria? Es la renuncia voluntaria del Estado a su propia soberanía. Es firmarle un cheque en blanco al gran capital —principalmente extractivista— prometiéndole que, pase lo que pase, sin importar si el país enfrenta una pandemia, una revuelta social, un terremoto o una crisis climática, sus tasas impositivas permanecerán congeladas en el ámbar.
Reducir este privilegio de un cuarto de siglo a dos décadas es el equivalente a que un asaltante te ofrezca devolverte la billetera, pero sin los billetes ni las tarjetas. El Ministro nos pide aplaudir una concesión que, en la práctica, le garantiza al modelo extractivista veinte años ininterrumpidos de blindaje constitucional. Dos décadas son una eternidad en tiempos políticos y ecológicos, tiempo más que suficiente para agotar yacimientos, exprimir acuíferos y consolidar monopolios. El Estado, una vez más, no se sienta a la mesa como soberano, sino como un empleado solícito asegurándose de que los invitados VIP no sientan corrientes de aire.
El Silencio Corporativo: La Omisión como Política de Estado Sin embargo, el acto de magia más brillante del Ministro no está en lo que negocia, sino en lo que calla. Mientras los senadores oficialistas y opositores se trenzan en batallas campales por la semántica de la ley miscelánea, el elefante en el hemiciclo mastica tranquilamente: la rebaja de impuestos a las grandes empresas.
El silencio del gobierno sobre este punto es una obra de arte de la omisión estratégica. En política pública, lo que no se discute es tan importante como lo que se legisla. Al sacar el tema del foco de atención mediática y legislativa, el Ministro asegura que la arquitectura tributaria que favorece a las grandes corporaciones se mantenga intocable. Es la consolidación de un sistema que asfixia con IVA el consumo de los sectores populares y la clase media, mientras diseña verdaderos laberintos de elusión y exenciones para las rentas del gran capital.
Este mutismo oficialista convierte a la ley miscelánea en una cortina de humo espectacular. Se discuten subsidios al empleo que alcanzan a cinco mil personas —una cifra que bordea el insulto estadístico en un país de casi veinte millones de habitantes—, creando la ilusión óptica de un "Estado de bienestar en construcción". Se tiran migajas asistencialistas desde el balcón de Teatinos 120 para mantener ocupados a los matinales y a los parlamentarios sin brújula.
El Triunfo de la "Realpolitik" de Excel En última instancia, el rol del Ministro en estas negociaciones es el de un dique de contención. Su misión es traducir las demandas sociales, a menudo ruidosas e ideológicas, al lenguaje estéril de las planillas Excel, donde toda utopía muere por falta de "factibilidad técnica".
Los partidos con ideología, tanto de izquierda como de derecha, entran a la negociación creyendo que están disputando el alma del país. Pero el Ministro, armado con su aura de neutralidad tecnocrática, sabe que el partido ya está arreglado. Al conceder cinco años inofensivos de invariabilidad y guardar un silencio sepulcral sobre las cargas impositivas de las grandes empresas, logra su objetivo supremo: que todo parezca cambiar para que el modelo extractivista y concentrador de riqueza siga exactamente igual. Y lo más trágico es que, al final del trámite legislativo, todos posarán para la foto, celebrando un "gran acuerdo nacional" que, con suerte, alcanza para pagar la tinta con la que fue redactado.
