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La insoportable levedad de siempre... por Gastón Tagle Orellana

«Canto que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto / Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero».
Víctor Jara

Dar comienzo a un artículo de opinión en donde se requiere citar nombres de personajes insoportables, éticamente reprochables y también [in]mortales, refleja el sentimiento que nos aqueja de vez en vez y de cuando en cuando. Kundera, en su libro La insoportable levedad del ser, parte de cuyo título me apropio o sobreescribo como si fuera un palimpsesto, relata en el último párrafo de su primera parte que ver fotografías de Hitler, le recordó su infancia, reconociendo cierta reconciliación con el tirano, cosa que demostraba una profunda perversión moral anclada en la inexistencia del retorno, allí donde todo está perdonado y cínicamente permitido (sic).

Vemos en el Chile de hoy, cómo hay quienes se siguen reconciliando con el pasado (Pinochet), soñando con el mito del eterno retorno, que se asoma a una velocidad que el pueblo no puede alcanzar y evitar; grupos que no tienen vergüenza de volver a estafar con una Constitución hecha entre cuatro paredes y por autodenominados expertos, quienes cargan sobre sí la estafa que les precede y que venden con ella, la oportunidad de salvar al país del caos.
La misma canción que vienen cantando desde hace décadas y que les ha dado frutos increíbles: colocar un presidente que se robó un banco (o sea, delincuente), ministros que avalaron la dictadura, negar la violación de los derechos humanos y grupos de poder económico que se han robado el país. Esto, porque son dueños de prácticamente todos los medios de información, también son dueños del país que se robaron y cualquier opinión contraria cae en el plano de lo ideológico, como si el neoliberalismo que los ampara no fuera una ideología. Todos ellos no tienen vergüenza, no se cubren la cara como los delincuentes comunes (esta clase es distinta), son [sin]vergüenzas y tienen nombre: Hernán Larraín, es uno de ellos. Elevado, hoy por hoy, a los altares como administrador de una futura estafa constitucional. Un defensor de Paul Schäfer, defensor de Pinochet y un adalid del eterno retorno. Él, a propósito de las acusaciones por su amistad con Schäfer, señaló que “No hay nada nuevo, está bien que los chilenos conozcan esta realidad, pero que no se aprovechen políticamente algunos para otros fines” (1). Cierto, no hay nada nuevo, todo ya se sabe... un colaborador de Colonia Dignidad, llegando al extremo de fundar junto con otros [sin]vergüenzas (2) (1994) y sabiéndose ya los delitos de esa siniestra organización, un grupo llamado “Amigos de Colonia Dignidad”. Con el paso del tiempo, Larraín continuó con su férrea defensa, señalando que todo lo que se dice del enclave nazi no es más que un montaje. ¿Cuáles serían los “otros fines” a los que alude? Este personaje, en su infinito y perverso silencio. Este señor y compañía, siguen exactamente igual a como fueron, niegan las atrocidades de la dictadura, niegan o dicen no saber; los nazis decían lo mismo y en el colmo de las brutalidades, justifican todo en aras del pseudo bienestar económico del país, como si fuera una justificación válida, que por lo demás es falsa. El bienestar ha sido y es sólo de algunos, de aquellos que viven de un sistema subsidiario, hecho para seguir usufructuando de un Estado que tanto odian.

Gastón Tagle Orellana_ Académico Universidad de Valparaíso

1 La Tercera 5 de octubre, 2021

2 Otros partícipes del grupo fueron: Ignacio Urrutia, Beltrán Urenda, Onofre Jarpa, Olga Feliú, Sergio Fernández, Andrés Chadwick, Evelyn Matthei, Jaime Orpis, Juan Antonio Coloma y Andrés Allamand.

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