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La insoportable levedad del ser, o en la pandemia ¿Quién cuida a los cuidadores? Por Hans Schuster

Milan Kundera (Premio Nacional de Literatura Checa 2007), cuya novela «La insoportable levedad del ser», publicada en 1984, ampliamente traducida y premiada por occidente, describe entre distintos narradores que mezclan lo onírico con diversas voces, un delicado homenaje a Arthurd Rimbaud y Mijaíl Lermotov (ambos poetas insurrectos), porque la novela contiene diversos guiños a sus vidas y poemas y da cuenta, también, de la idea del eterno retorno, concepción del tiempo característica en la filosofía de Federico Nietzsche. Según la tesis de que todo se repite un número infinito de veces.

La sexualidad y la política serán el centro de los relatos reflexivos con que los personajes abordarán los distintos sucesos y anécdotas que les dan la trama a las historias individuales, siendo la principal la de Tomás, un cirujano checoslovaco que vive en Praga en los años 60, divorciado que, al conocer a Teresa, pone en duda su vida en soltería y enfrenta los caprichos y fantasmas del sí mismo ante sí, ante la plaga soviética que azota el país.

La novela es una interpretación y crítica a la cultura que rinde homenaje al espíritu libre, que proyecta en sí mismo la trasmutación de los valores, vale decir, el espíritu Nietzscheano en su esplendor, y que pone en juego la estética del cuerpo como espíritu trágico de la desmesura, desde la cual se encuentran integradas todas las contradicciones del amor, lo amado y lo amatorio. La vida en su condición principal como núcleo de insatisfacción, la vida que no se resigna a vivir en peligro, cuyo trasfondo es eminentemente hegeliana, al identificar lo real con lo racional a fin de alcanzar la verdadera y profunda comprensión del alma humana que incluye tanto su valoración como su estupidez.

La novela trascurre cuando las fuerzas soviéticas, después de la primavera de Praga, toman la capital checoslovaca. Tomás ha terminado cediendo ante su amor por Teresa, sin que aquello implique terminar con sus amantes, en ello reside la levedad como factor determinante en la vida y acciones de los personajes que se ven a sí mismos sin ataduras.

El trasfondo político y su crítica está presente y se ve en todas las historias, aunque es resaltado con la historia de Frank que decide participar en la Gran Marcha a Camboya, en protesta por el bloqueo a la comunidad médica internacional para atender a los heridos por la guerra y la ocupación comunista. La travesía es para agradar a su amante, sin embargo, al poner en riesgo su vida decide que debe terminar con su culto a Sabina (artista, quien es a su vez amante de Tomás) y quedarse con la estudiante de enormes gafas, lo trágico es que los médicos no pueden ingresar a Camboya y él resulta herido: al despertar se encuentra con que es cuidado en Ginebra por su esposa a la cual ya no la quiere a su lado, ante la claridad de verse a sí mismo tras lo sensible y cambiante de su actual estado, y al mismo tiempo reconocerse en lo que se piensa de sí, distinguiendo las dicotomías de su existencia, se deja morir.

En diversos pasajes la novela nos enfrenta a la levedad, que es un punto situado más allá del bien y el mal, la levedad está en la voluntad de vivir y, en última instancia, en la voluntad de poder vivir, y ése poder vivir implica una llaga secreta que evidencia tanto la falsedad radical del supuesto objetivismo, tanto desde la ciencia (que pasa a ser otra creencia) como el de las construcciones más esotéricas y/o religiosas, en donde las manifestaciones de resentimiento moral caen en la norma o en valores supremos, a los cuales los demás deben someterse, ante la supuesta existencia de estos valores, como la objetividad, el igualitarismo, la piedad y la compasión, cuando lo que realmente está en juego es la voluntad de poder y establecer su dominio.

Por otra parte, la crítica al comunismo, propuesto en la novela se ve en diversos momentos bajo la teoría del complot: en ese sentido se equipará al capitalismo actual, -ambas culturas han abrazado una falsa tabla de valores que desemboca en su propia decadencia de mantener sus eslóganes de lo universal y necesario-, mientras no son capaces de reconocer que sus verdaderos valores están en el dominio del poder absoluto. De allí que el autor siga a Nietzsche al pie de la letra, y frente a la religión o la metafísica, se propone la idea del eterno retorno, y en la parodia lo único absoluto es que no hay absolutos. Veamos, pues, cómo esta levedad del ser se muestra en nuestros días de pandemia. El virus viene a ser la tesis del eterno retorno ya que todo se va a repetir un número infinito de veces. Hoy, hasta el propio Ministro de Salud Pública vigente se sonroja al mencionar la posible inmunidad relativa que tendrían los ya contagiados. Hasta hace poco, daba por hecho la exención del virus una vez recuperados de sus efectos, pero ya nada asegura que no hay posibles recaídas, de allí el eterno retorno. Por otra parte, en cuanto a las tropas militares recorriendo la ciudad, eso ya se nos ha hecho costumbre, el ejecutivo ha logrado crear un campo de encierro que lo acerca estrechamente al totalitarismo, de igual forma con sus medidas legales a ratos improvisadas, tiene en sus manos al poder judicial y legislativo, de modo que, por decretos, la presumida democracia se ve enajenada por quienes en pos del supuesto bien común le sacan dividendos a la crisis, ya sea porque especulan con los empleos, no hay mejor negocio que tener una mano de obra barata y poder especular con los bienes de consumo, de forma que cada ser, no dueño del dinero, es decir el 99% de la población, se ve a sí mismo como leve ante los negocios que se desarrollan bajo la crisis y que están en la letra chica de las medidas que se implementan, en especial las económicas.

La levedad ahora lo es todo, y en estricto sentido ya no hay contacto, por temor al contacto, ya no hay más que recelo al contagio, puesto allí por la industria del terror televisivo que ha creado nuevas realidades, entre ellas ha dejado abierta la idea de una nueva definición del sentido de existencia que ya no será convergente con los nihilismos anteriores como tampoco con la idea de que la ciencia es limpia y humanitaria, desde el momento en que empieza a decidir quién se queda con el respirador y más adelante será con las vacunas, o con las condiciones de los nuevos trabajos, y esta nueva normalidad, de la cual se empeñan en decir que la salud pública está primero y los alcances de las acciones establecidas –hasta por decretos- no impiden los contagios y menos la especulación con que la crisis traerá sus dividendos a los dueños del dinero, no por nada el actual gobierno se pone de garante al Estado, a través de la banca para los préstamos a las PYMES y maneja con codicia los posibles test para averiguar los contagios. La levedad del ser se pregunta ¿Quiénes ganan con la pandemia? Y si bien, hay múltiples respuestas, todos sabemos que han aumentado los momentos de desesperación, con o sin confinamiento, apertura de mall, cerco sanitario, especulación de las bolsas, caída libre de consumo, del turismo, la recreación y los espectáculos. Por su parte la televisión nos irá paulatinamente mostrando como la población con su hambre, también por justicia social, se verá enfrentada a las fuerzas que poseen el control de las armas.

Hoy en día la levedad de ser, pone en relieve la ambigüedad del término “ser” (como Gilson), dado que está en juego la esencia y el acto de existir, tanto como sea posible establecer una completa racionalización del ser, o en el reconocimiento irreductible de lo -no- enteramente irracional, como diría Maritain -en la analogía- el virus coronado viene a representar la posibilidad del “juicio existencial” ya que se enfrenta con el acto de existir, con lo cual el concepto de existencia no puede ser separado del concepto de esencia, continente y contenido son inseparables, como los virus ante la nueva forma de entender la vida, aunque recordando a Kierkegaard, el existente es precisamente aquel cuyo “ser” consiste en la subjetividad, vale decir, en la pura libertad de elección. De allí que la liviandad del ser no sea una especulación, sino una decisión, no en el pensamiento sino en la voluntad, de modo que no es una descripción de esencias sino una afirmación de existencia.

Sin embargo, ante el virus coronado, la voluntad no está ajena a las condiciones de contagio y en ello las políticas públicas tienen mucho que decir en la medida que son pensadas como puntos de anticipación y no como reacción, cuestión que ha caracterizado a Italia, España, para no decir nada de los países latinoamericanos y nuestro propio sistema de salubridad, que paradójicamente en palabras del propio ministro Jaime Mañalich: «Nuestro sistema de salud es uno de los mejores y más eficientes del planeta» y "He sido felicitado por autoridades internacionales hasta el cansancio”, mientras unos cuantos le recuerdan las listas de espera, la atención en salud mental y el COMPIN, o los reclamos de los diversos hospitales por la falta de insumos y camas críticas, con respiradores y equipos de salud funcionando sobre el 95% de capacidad antes del colapso.

Pero volvamos a la novela y recordemos el momento notable en que Tomás escribe una crítica para una revista en la que describe la posición de los comunistas (o capitalistas hoy no hay diferencia en la forma en que dicen manejar la crisis) en su país con la analogía de la tragedia griega de Edipo Rey, lo que provoca su persecución y lo obliga a dejar su puesto de cirujano en el hospital de Praga. Posteriormente, ya ejerciendo como médico de cabecera, es obligado a delatar a la gente a cargo de la editorial en donde se publicó su artículo. Tomás se niega y termina por dejar el oficio de médico, convirtiéndose en limpiador de ventanas. Comienza entonces un peregrinaje por Praga, limpiando cristales y acostándose con una amplia gama de mujeres, intentando encontrar en ellas la diferencia que radica entre cada una de ellas. De modo que el patriarcado se muestra en su plenitud a pesar de las zozobras y eso caracteriza a las generaciones que hoy ostentan el poder, no por nada la reciente nombrada Ministra de la Mujer representa al machismo ideológico imperante desde su partido de origen que no ha logrado entender que el rol de la mujer ya está empoderado.

La verdadera levedad (o ligereza ante las cosas) da fe del comportamiento de nuestras altas autoridades, basta ver el viaje del Senador Rabindranath Quinteros, sin esperar el resultado del test aborda el avión que lo desacredita para siempre ante el espejismo del bien común que solía defender, ya la desconfianza no gira tan sólo en relación a las cifras del contagio, sino en lo que hacen nuestras autoridades, al menos Trump, Putin y Bolsonaro seguirán culpando a otros de sus obtusas decisiones y la fe pública seguirá disminuyendo en la misma proporción en que aumentan los cuerpos de la fosa común con que manipulan la pandemia.

Ante tanta levedad, la soledad ante la plaga ya no tiene manos que nos permitan aferrarnos al temor por mucho tiempo, y mientras casi todo se naturaliza, la insoportable levedad del ser trata de hinchar sus pulmones ante el abismo. Las tropas –al igual que en la novela- recorren la ciudad con recuerdos miserables al toque de queda, y quedan retazos de conciencia en cada ciudadano desolado que ve como en pantalla la televisión se esmera por mostrar sus programas obscenos de comida, en tanto ni siquiera logran informar sobre las ollas comunes, que es otro recuerdo en los tiempos de dictadura. Pero ahora la situación se agrava, más aún cuando sobre el 80% de los elementos de protección personal no lo poseen las enfermeras y el personal de primera línea. La levedad del ser nos trae una nueva pregunta ante el sistema de salud pública ¿Quién cuida a los cuidadores?

Hans Schuster
Coordinador del Área de Gestión de las Culturas y el Patrimonio
DVM- UCSH

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