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La inútil batalla contra el poder grotesco. Por Adolfo Estrella

En Chile y en el mundo, los espacios políticos están habitados por los peores. Desde hace tiempo, pero cada vez más, personajes grotescos y mentirosos legislan para atacar a la naturaleza, restringir derechos laborales y cívicos, criminalizar la protesta social y diseñar estados de excepción para crear reyezuelos absolutistas. Desde hace tiempo, los peores van ganando la partida. Si lo desea, no los llame fascistas pero convengamos en que se parecen bastante.

Grotesco es aquello ridículo, risible, absurdo, extravagante, estrafalario, estrambótico, chocante, burlesco, caricaturesco, esperpéntico, repulsivo, grosero, desagradable… Los sinónimos abundan. Pero el hecho de ser todo esto no le resta crueldad. El poder grotesco en su parodia del poder, no lo disuelve: lo intensifica, lo subraya por negación. Su exhibición no es inocua ni constituye una anomalía, sino uno de los recursos esenciales de la «soberanía arbitraria», es decir, aquella que actúa sin límites jurídicos, guiada por la voluntad única del gobernante y sus acólitos.

Lo que está sucediendo es algo bastante más grave que lo que designan los cómodos eufemismos «iliberal», «democracia autoritaria» u otros términos con los que los «analistas progresistas» quieren denominar el actual modo de dominación en fase de consolidación. ¿Qué más evidencias hay que aportar para que se asuma que deberíamos ingresar en una etapa de resistencia diferente, pero en muchos aspectos análoga a la vivida durante la dictadura de Pinochet, que fue quien inauguró el reinado del poder grotesco en este país?

En un contexto de derrota, una actitud y un estado de ánimo resistente son las necesarias para contener el marasmo definitivo, que incluye las deserciones, las desbandadas y las colaboraciones, pasivas o activas con el adversario fascistoide, tal como ahora estamos viendo con algunos individuos y grupos de la ex centroizquierda.

En la actualidad, no existe ningún esbozo de contrapoder —ni político, ni económico, ni militar ni cultural—, ni una subjetividad de masas que enfrente esta revolución autoritaria en su raíz, y no simplemente en su expresión electoral y mediática. No se vislumbra por ningún lugar un contrapoder real, capaz de imaginar, diseñar y construir un mundo alternativo al siniestro mundo actual.

La posición ilustrada, moralmente orientada y democrática en todas sus acepciones, no solo la liberal, está en declive en el mundo. Todas las clases políticas, todas, bailan melodías y ritmos de nuevos y no tan nuevos inquisidores. Todas están en un avanzado proceso de autodestrucción. Hay malas noticias para las próximas generaciones humanas, hay malas noticias para las poblaciones consideradas excedentarias, hay malas noticias para los ecosistemas naturales y hay malas noticias para la vida en general.

Christian Salmon habla de la «tiranía de los bufones» porque «nunca antes los bufones, los payasos y sus payasadas habían tenido tanta influencia en la vida política». No obstante, hace varias décadas Foucault acuñó el término «poder grotesco» y detectó su presencia por lo menos desde Nerón en adelante, pasando, por supuesto, por Hitler y Mussolini.

De la Espriella, en Colombia, es, por ahora, el último de los líderes bufones que invaden la política mundial. No será el último. Como Bukele y como Milei, todo en él es desmesura y caricatura. Como todos sus pares, es histriónico, arrogante e ignorante.

Pero es un error metodológico y estratégico creer que la historia política solo es legible a partir de la observación del comportamiento de los líderes, de los partidos, de las instituciones, de los torneos electorales, de las alianzas o de los porcentajes de votos. Es decir, de la política manifiesta o visible, en desmedro de lo político latente, incrustado en las entrañas organizativas, ideológicas y éticas de la sociedad. Es un error porque la política es siempre un híbrido, una compleja ameba sociopolítica. El «abajo» social es tan importante como el «arriba». Por eso, hay que atreverse a interpretar los confusos signos del abajo y no solo leer las nítidas señales del arriba.

Si se realiza esta tarea ingrata con los sensores adecuados, se verá que, en determinados momentos, las sociedades «eligen», promueven o toleran a individuos y formas políticas grotescas; a soberanos infames o autoridades ridículas que trastocan la racionalidad de la gestión de la vida en común. Se verá que, en algunos momentos —no pocos—, el deseo de las masas puede ir contra sus propios intereses y desplegar su servidumbre voluntaria. En el pasado reciente, los votaron y desfilaron frente a ellos con los brazos en alto.

La sociedad no es una inocente princesa seducida por un poder maléfico exterior. Todo poder contiene una dimensión de imposición y una dimensión de subordinación; una dimensión de resistencia y una dimensión de acatamiento. Milei, Bukele o Kast hacen lo que están haciendo porque saben que sus barbaridades tienen resonancia social. La psicología de masas de los nuevos fascismos está asentada en una estructura subjetiva recelosa, insolidaria, egoísta y veleidosa que ha sustituido la esfera pública del debate por la esfera íntima del chismorreo y la expresión de las pasiones tristes, entre las que destaca el miedo.

El poder arbitrario y grotesco sigue funcionando con toda intensidad aun cuando esté en manos de individuos descalificados, risibles o indignos. Peor aún: funciona por eso mismo. Porque lo que para algunos puede causar incomodidad, horror, risa o repulsión, para otros es el origen de su atractivo. Una sociedad donde se enseñorean los líderes grotescos y su corte de histriones es una sociedad dividida de manera irreconciliable porque ha destruido lo «común moral». No hay diálogo democrático posible con quien niega o restringe a uno de los interlocutores su derecho a la palabra, como ahora quiere hacerlo sin tapujos el gobierno de Kast.

En Chile, la clase política se encuentra totalmente desconcertada, colapsada e impotente frente a la restauración conservadora en marcha. Lo único que es capaz de hacer es constatar daños y asombrarse ante la insistencia y persistencia de los comportamientos desvergonzados y crueles de unos individuos inmunes a toda crítica y dueños de su propia lógica política, que no incluye, entre sus ideales, ninguna forma de debate democrático.

El progresismo y la llamada centroizquierda carecen de conceptos, hipótesis o, simplemente, intuiciones sólidas para interpretar y actuar frente un capitalismo extractivista, digitalizado, globalizado y organizado en redes tecnológicas que no requiere, en la actualidad, para sus pretensiones de acumulación ilimitada, de las formas liberales y democráticas de organización de la vida política. Carecen de herramientas ideológicas y base social de apoyo para enfrentar a la máquina digital fascistoide dominante y por eso comienzan a delirar y ver salvadores en los escasos testimonios de derechas oportunistas no subordinadas del todo como las representadas por Evelyn Mathei.

El capitalismo actual prefiere formas elitistas y autoritarias de convivencia y avasalladoras con la naturaleza. La soberanía grotesca acompañará durante mucho tiempo esta ofensiva contra la vida. Su objetivo es un cambio de régimen político, no un simple cambio de ciclo electoral. No estamos frente a una simple alternancia en el poder político de líderes y partidos. Este poder grotesco apunta más alto: pretende cambiar las reglas del juego de la democracia liberal representativa para llevarla a su disolución desde dentro. Entre sus planes no está entregar el poder a un gobierno que se proponga revertir lo modificado. Nadie en la oposición parece asumir esta evidencia ni actuar en consecuencia.

El poder grotesco no se enfrenta con clónicos y vacíos «puntos de prensa», en los que todos utilizan exactamente el mismo código verbal y corporal. Tampoco se enfrenta con reacciones horrorizadas, pero tardías, que denuncian sus desmanes. Es totalmente inútil «disputar» el poder grotesco en los escenarios del ruido mediático, intentando gritar más alto que ellos. Nada es audible allí; nada verdadero, utópico ni programático puede tener repercusiones, porque ese es el territorio bajo su dominio, no es un escenario neutral.

Tampoco se trata de volver a construir «relatos» para entusiasmar a unas masas desmotivadas, como se hacía en el «marketing político» tradicional. El recurso al storytelling no ha sido nunca más que la evidencia, por oposición, del vacío narrativo y de la desorientación generalizada que supuso la caída de los «grandes relatos». Sin embargo, funcionó como simulacro eficiente y eficaz en los dulces tiempos del neoliberalismo democrático-liberal, transicional y posmoderno.

Pero esto ya no funciona desde que, en 2018, Steve Bannon, asesor del primer Trump, decretó que, de ahora en adelante, se trataba de saturar el espacio informativo para desorientar y abrumar a la oposición y a los medios, «inundando la zona de mierda». Desde ese momento, el referente para la comunicación política de las extremas derechas hegemónicas no es el marketing segmentado, sino la propaganda fascista masiva, que no funciona por seducción, sino por saturación. La comunicación política actual está totalmente dominada por los códigos, los mensajes, los canales y las tecnologías de las extremas derechas. Y está totalmente dominada también por la ética y la práctica de la mentira y la invención de una masa algorítmica amoral e inmoral.

Frente a esto, no es una cuestión de reemplazar los mensajes autoritarios por otros democráticos y convivenciales. No es una cuestión de mensajes, sino de la estructura total de la comunicación de masas y su entrelazamiento con la sociedad.

¿Qué hacer? Lo primero: dejar de gritar como ellos y junto a ellos. Alejarse, evitarlos, salir del ruido y de la aceleración mediática y digital; optar por la disidencia del silencio[1], replegarse. Lo razonable es crear espacios propios de poder social, comunitario, cultural y espiritual… Convertir la perplejidad pasiva e inmovilizadora en indignación activa y organizadora, modificar los estados de ánimo en los microespacios de convivencia. Reagruparse, federarse, reinventar, reinventarse.

Desde hace miles de años se sabe que lo primordial es llevar al adversario al terreno propio; es decir, conseguir que sea él quien se mueva hacia una posición elegida y preparada por uno mismo, en lugar de aceptar la refriega en el espacio elegido por él.

La tarea, en el caso de las izquierdas, es reconstruirse, evidentemente, pero antes y, sobre todo, consiste en rehacer los vínculos sociales y comenzar a retejer la urdimbre de las confianzas y solidaridades. No se trata de derrotismo. Se trata de “construir sociedad” antes que “construir pueblo”. Se trata de restablecer la sociedad rota por décadas de neoliberalismo, tanto en su versión democrática liberal como autoritaria. Se abre la posibilidad de una nueva etapa semejante, mutatis mutandis, a la de las mancomunidades, sociedades de resistencia, ateneos, mutualidades, sociedades de socorros mutuos y redes de apoyo en general, que, desde abajo, acompañaron los inicios del movimiento obrero a finales del siglo diecinueve. Sin duda, como aquella, será una larga travesía por el desierto.


[1] https://www.infolibre.es/club-infolibre/librepensadores/disidencia-silencio-politica_129_2234633.html

 

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