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La invención política en Chile. Por Duane Rousselle

Este momento político en Chile requiere de un renovado coraje colectivo: por un lado, para organizar y asegurar las consecuencias del acontecimiento político ocurrido y, por otro, para enfrentar directamente las pesadillas políticas que sin duda aún esperan.

Hay dos grandes tentaciones que deben ser evitadas implacablemente. La primera, y la menos probable (dado el recuerdo histórico del régimen de Pinochet), es el retroceso a las viejas tiranías patriarcales. Hemos sido testigos de la explosión de esta nueva forma de autoritarismo político en todo el mundo en las últimas décadas. Sin embargo, lo que estos regímenes reclaman, en última instancia, es una regresión imposible: se revelan inevitablemente desvinculados de su ciudadanía a medida que se mueven cada vez más hacia la «teoría de la conspiración» como modo principal de justificación política. ¿Por qué? Estas viejas maniobras no pueden conseguir lo que se proponen, que es asegurar cierta consistencia y coherencia en la ciudadanía. La segunda tentación es ideológicamente dominante, sobre todo en Occidente (y, por ello, mucho más difícil de evitar): un pacto político con la ciencia capitalista. La pandemia hace que esta tentación sea aún más inevitable. Pero, en última instancia, ¿quién quiere vivir en un mundo que obliga a elegir entre el impotente fanatismo tiránico y la pragmática ciencia capitalista? La tarea política global crucial hoy en día es descubrir una salida a esta falsa elección mientras declaramos de frente nuestra doble oposición a la teoría de la conspiración o al fanatismo autoritario y a las «soluciones rápidas» del capitalismo neoliberal. Pinochet representa la consolidación de estas tentaciones gemelas que ya no pueden perdurar.

La singular invención política que ahora nace en Chile parte de lo que «no funciona» -en contra de la tentación hacia la «solución rápida» que sostiene la ciencia capitalista- y se ha convertido en la plataforma sobre la que ha surgido algo nuevo en el discurso político del país. Es la base de un nuevo vínculo, una invención social singular, asegurada por el corte del viejo mundo que la constitución sin duda producirá. Hay que evitar abrir la puerta a las nuevas formas de simbolismo como si se tratara de un noble gesto hacia el «buen apoyo democrático». El riesgo es que al hacerlo se tiente a la suerte repitiendo las batallas culturales que han inhibido las intervenciones políticas en otros lugares (y no sólo en Occidente), oscureciendo la ruptura singular que dio lugar al movimiento en primer lugar.

Una constitución debe encarnar en su propia forma, y no sólo en su contenido, la posible participación de sus ciudadanos en el proceso político. Marshall McLuhan -un pensador canadiense muy influyente- escribió una correspondencia privada al entonces Primer Ministro de Canadá, Pierre-Elliot Trudeau, en la que le animaba a utilizar, dentro de su discurso político, el lenguaje ambiguo, los juegos de palabras, el lenguaje polisémico, la abstracción, etc., para facilitar la participación directa de toda la ciudadanía. El objetivo de esta estrategia no era ocultar las nefastas agendas políticas subyacentes, sino más bien instigar formalmente un espacio de interpretación y debate político y, por tanto, introducir la diversidad en la arena política. Esto se fomenta formalmente y no sólo en gestos simbólicos codificados en los documentos políticos.

Donde sea que la tiranía y la democracia se encuentren hoy en día, se puede encontrar un intento de establecer el poder sobre la base de gestos simplistas hacia la declaración explícita de los derechos y disfrutes de varios grupos de personas. Mientras que los antiguos poderes tiránicos apuntaban explícitamente a identidades particulares para su eliminación de la comunidad universal (por ejemplo, los judíos, los masones, los comunistas, los homosexuales), hoy el poder funciona para asegurar explícitamente derechos particulares para segmentos de la población contra una universalidad formal. De ahí que concreten su lenguaje en sus documentos políticos y borren implícitamente las identidades particulares. Tomemos, por ejemplo, la reciente «Ley de Enmienda de los Ciudadanos» en India, que ofrece explícitamente la ciudadanía a los budistas, jainistas, sijs, hindúes, parsis y cristianos, mientras que implícitamente ignora a la gran población musulmana del país. Estos son los nuevos juegos del poder y hay que evitarlos a toda costa.


Texto preparado para el libro colectivo del proyecto ARDE 2.0, organizado por Tamym Maulen.

Duane Rousselle is a Canadian sociologist and psychoanalyst. He is Assistant Professor of Sociological Theory at Nipissing University in Canada, Ontario.

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