… para Anna Bou Jorba
“En tus ojos he mirado hace un momento, oh vida: oro he visto centellear en tus nocturnos ojos, - mi corazón se quedó paralizado ante esa voluptuosidad”. _ Nietzsche, Así habló Zaratustra…
Los días tienen algo especial en Chile, cada uno tiene su afán… En Limache, en la bella y única Granja Aromática, un día especial de otoño, por ejemplo, un 16 de mayo, aconteció un sol primaveral con una luz que recordaba el Egeo, el Adriático, el Tirreno, a saber, la bella y cálida luz del dios resplandeciente, de Apolo: el dador de formas. En ese día y ante aromas que nos transportaban a distintas esencias como la del laurel, se vio algo extraordinario que inicia una leyenda; se vio, al parecer, una imagen mítica que se actualizaba ahora en las coordenadas de Chile entre océanos, valles y cordilleras. Lo milenario cobraba asiento ante esa luz, ese sol, los aromas, el verdor, lo bucólico, el vino y la comida, y ante una cofradía de seres únicos; porque cada uno era una especie en y por sí misma… el visionario Ulises, el gran hospitalario, la mujer de las pócimas, la fortaleza de la amistad, el bailarín de los dones, la alegría de la ligereza, el caminar de la solemnidad, el dramaturgo, el poeta fotógrafo, el filósofo de los puñetazos, el diseñador de lo común, la cirujana de los cuerpos, el silencioso, la soñadora, la de los viajes interiorizados, el cantante pensador, el amigo de todos, el hacedor de libros, la que mueve lo simbólico, el que mira tras su obsesión, nuestro Neruda, nuestra Matilde, la que canta como una ninfa, la que lucha junto a su hija, fantasmas, ausentes, sueños, lejanos, cercanos, entidades de todo tipo…
¿Qué ocurría a plena luz en esa Granja Aromática chilena en medio de la nada, en medio de la vida, en medio de NosOtros? Un rito dionisíaco… Lo intentaré explicar a la luz de lo que me han contado algunos de los que participaron o, dicen, haber participado, de los hechos ocurridos; y por lo que ellos señalan, no fue solamente durante el día el evento dionisíaco, sino que duró muchas horas y luego fue la noche la que se volvió la mejor amiga de todos. Una noche de la mano del día, a la luz de todo tipo de momentos que se entrelazan los unos con los otros ya de modo inmemorial.
Por lo que cuentan, se vio en Chile, ni más ni menos que al Toro Blanco, al mítico toro minoico, el que se raptó a Europa, muy elegante vestido, cual Bond, bailando nuevamente con la misma Europa, la poética Europa, sin necesidad de rapto alguno, ante el escándalo de los artistas que, obviamente, prefieren pintar, cantar, esculpir un rapto antes que un baile. El rapto da más visibilidad a los artistas a lo largo de los siglos. El toro bailaba ni más ni menos que en Limache, en una granja de aromas, junto a la bella poeta europea, de habla romance, pero ya no para navegar el Egeo rumbo a alguna Creta, sino para habitar las tierras de Amerindia y así generar junto a todo tipo de seres únicos, los que quieran, algún tipo de embarcación para que puedan entre todos moverse por distintos lugares dando de sí formas y modos de vida afirmativos y ligeros.
Sin embargo, lo que hay que expresar de forma más o menos clara fue lo de la investidura que se dio en ese baile entre el oscuro toro y la poeta rosa, porque no se entiende nada si no podemos indicar en qué consistió tal investidura, porque, al decir de las descripciones de estos seres, estaban todos muy elegantes, en especial nuestros bailarines. Lo que ocurrió ahí fue un tipo de renovación y actualización de estar el uno con el otro en estos tiempos nihilistas, planos e inmediatos: tiempos de mera representación sin nada de creación.
“Hacia ti di un salto: tú retrocediste huyendo de él; ¡y hacia mí lanzó llamas la lengua de tus flotantes cabellos fugitivos (…) Di un salto apartándome de ti y de tus serpientes: entonces tú te detuviste, medio vuelta, los ojos llenos de deseo”. Nietzsche, Así habló Zaratustra…
¿En qué consistía tal investidura de nuestros bailarines? ¿Quién los inviste al toro y la poeta? Se podría decir, de forma simple, que estamos ante la investidura del amor, a saber, algo que en estos tiempos ya no es muy común: me refiero a la investidura, porque el amor siempre está dándose de alguna manera y en cualquier parte. El relato que puedo realizar de las distintas versiones señala lo siguiente: un ser milenario habló performativamente por medio del simbolismo de la ley, una que no es abstracta o, dicho de otra forma, una que es materialidad radical que inscribe el cuerpo a una tierra determinada. La ley se expresó por medio de este ser mitológico que apareció de repente y así fue como también desapareció delante de todos. Llegó este pequeño dador de la ley y se fue sin que nadie lo viera, pero al hacerlo, la ley en su simbolismo se encarnó y aconteció como un cierto juego mítico para hacernos ver el ropaje de ella misma, que como tal es siempre una tierra hecha humana que nos indica cómo realizar el acto de la embarcación de uno con otro en la misma medida que ese uno con ese otro ya dejan de estar separados y ahora de modo inseparable se dan para sí en una ulterior separación distinta. ¿Se me ha entendido? Lo diré de otra forma más sencilla, eso espero. La investidura es un tipo de vestido. Si Pasífae se tuvo que colocar una estructura especial para tener relaciones con el toro y de esa forma se embarazó y dio a luz al Minotauro, el vestido de esta ley material realiza algo semejante, a saber, toro y poeta se estructuran, se visten, de modo inseparable en lo que son, pero para estar libremente separados el uno del otro y así vivir siempre juntos. Ante la distancia más próxima, estos dos se unieron en un “uno” que a la vez se diferencia para bailar de modo sensual y sinuoso y de esta forma vivir en la jovialidad del instante y actualizar todo lo que tocan a su alrededor y así su mundo que los circunda se vuelve fértil para dar de sí algún tipo de ser terrenal. La investidura no es meramente simbólica, sino que se vuelve real, estructura los cuerpos en sus diferencias y los vuelve en una barca, porque se es libremente menos libre para estar junto a un otro en un mismo barco dando de sí estrellas danzarinas.
“El mandarte cantar, y ahora habla, di: ¿quién de nosotros tiene ahora – que dar las gracias? – O mejor: ¡canta para mí, canta, oh alma mía! ¡Y déjame que sea yo el que dé las gracias! - ”. Nietzsche Así habló Zaratustra…
Y de esta forma, al parecer, lo que aconteció en esa granja limachina fue un modo en que el amor se vistió de lo más propio de Chile; y su tierra mítica los acuñó en una barca para que desde ahora surquen todos los mares y de este modo ese amor en su inmanencia dé de sí nuevas formas de estar los unos con los otros…
Concón, 26 de mayo de 2026
