La cadena nacional realizada el 6 de agosto, más allá de los innumerables anuncios sobre seguridad, tiene un correlato simbólico que siempre es importante de recalcar y poner en el tapete: la utilización de símbolos y figuras nacionales para buscar legitimización histórica-política a través de una puesta escena. En este caso, las figuras de Bernardo O’Higgins y Diego Portales representados por sus retratos custodiados en La Moneda.
Después de sucesivos y amargos debates sobre la figura de Bernardo O’Higgins, durante la segunda mitad del siglo diecinueve y especialmente después de la repatriación de sus restos mortales, las elites políticas e intelectuales del país fueron configurando una narrativa histórica de origen donde el antiguo Director Supremo alcanzó un lugar preponderante como constructor del Estado, Padre de la Patria y Libertador. Un héroe militar, un prócer.
A medida que el aparato estatal consolidaba sus fronteras y aplastaba a las disidencias, el territorio chileno se inundó de epónimos y alusiones al otrora líder independentista; ciudades, parques, provincias, avenidas y clubes sociales se dotaron de identidad citando al antiguo gobernante de la Patria Nueva. Durante el siglo XX este proceso no solo se mantendría, sino que también se consolidaría.
Por otro lado, y con un amplísimo debate a cuestas, la figura de Diego Portales no se quedó atrás. Si bien no tuvo el grado de consensos y amplitud ideológica de Bernardo O’Higgins, como arquitecto de un modelo conservador de “orden-restauración”, “estabilización económica” y “virtud cívica-ciudadana” su presencia inundó algunos salones del poder en diferentes momentos de la historia. Frente al “caos” social y político, o su inminencia, algunos grupos enarbolaron con fervor las “ideas portalianas”.
El golpe militar cambió el escenario. Todo símbolo o figura histórica de relevancia debía servir al nuevo orden y legitimar a quien gobernase. Los cuadros de Bernardo O’Higgins fueron utilizados en innumerables oportunidades por la Junta Militar, como el discurso inaugural del 11 de Septiembre de 1973; mientras el nombre e imagen de Diego Portales sirvió como el eje “político-histórico” durante gran parte del régimen de Augusto Pinochet. La dictadura no solo buscaba apropiarse del aparato político estatal, sino que también legitimar su irrupción en el devenir de la república.
La transición liderada por la Concertación intentó desactivar toda utilización y vínculación con este pasado y sus figuras, aplacando cualquier crisis política que los enfrentara a lo militares o sus oponentes más acérrimos, en el marco del sistema electoral binominal. O’Higgins y Portales ya no se invocaban y sus rostros desaparecieron de las ritualidades cívicas y políticas ordinarias, lo importante para este sector era poder gestionar la “herencia histórica” inmediata de la post-dictadura.
Ante el derrumbe en las encuestas y la enorme necesidad de comunicar “bien” sus decisiones, ya ampliamente cuestionadas incluso por propia derecha política, el gobierno optó por utilizar toda la batería política y simbólica: banderas, escudos y cuadros de Bernardo O’Higgins y Diego Portales. El primero como legitimador histórico y el segundo como la bisagra ideológica desde donde el sector gobernante le habla al país y a su sector.
Claramente, esto no es nuevo. Todos los gobiernos y todos los Estados, en momentos de crisis o cambios, buscan en la historia su respaldo o tribunal. Las citas de antiguos discursos, los objetos del poder, las banderas, los lugares históricos, los ritos cívicos y las imágenes son parte de este juego simbólico, sin embargo no sostienen a un gobierno y tampoco a sus medidas.
Entonces, queda preguntarse: ¿Por qué invocar a O’Higgins y Portales en un discurso enfocado en la seguridad y el orden? La respuesta es, sin duda, el poder hablarle a su sector en clave histórica-simbólica y retomar el control de la agenda de Estado.
El rápido desgaste de los gobiernos frente a la población, más allá del apoyo inicial en una elección, hacen que la utilización ritual y performática de los símbolos se transformen en meros espectadores inmemoriales de su propia existencia. Se vacían de contenido y, con el correr del tiempo, se visibilizan como meros jirones de nostalgia escenificada.
Es de esperar que en Panamá, en el marco del plan “Escudo de las Américas”, las palabras de advertencia de Portales sobre Estados Unidos y los discursos de soberanía de O’Higgins hagan en eco en la fantasmal figura del canciller chileno, Francisco Pérez. Aunque esto es otra historia, y no muy lejana.
