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La irresistible tentación del fascismo para el capitalismo. Por Álvaro Ramis

Hay una escena que se repite con variaciones a lo largo del siglo XX —y, con inquietante actualidad, en el XXI—: el liberal que se lleva la mano a la frente, suspira ante el desorden del mundo y, por un instante, considera lo impensable. No porque ame el autoritarismo, sino porque lo teme menos que a la alternativa. Ludwig von Mises y Friedrich Hayek, los dos grandes santos patronos del liberalismo económico moderno, dejaron rastros nítidos de ese momento de vacilación. No fueron fascistas. Pero tampoco fueron inmunes a su tentación.

La tentación nace de una paradoja: el liberalismo conservador proclama la libertad como valor supremo, pero sospecha profundamente de las masas cuando estas usan la democracia para poner en cuestión la propiedad, el mercado o las jerarquías sociales. Cuando el voto amenaza el orden económico, la libertad deja de parecer tan simple.

Von Mises escribió en 1927, en Liberalismo, que el fascismo había “salvado momentáneamente a la civilización europea” del bolchevismo. La frase suele citarse como prueba de una simpatía que él mismo habría rechazado. En el mismo texto, calificó al fascismo como violento, brutal y contrario a los ideales liberales. Y sin embargo, allí estaba la concesión: el fascismo como mal menor, como paréntesis necesario, como medicina amarga.

La Europa de entreguerras facilitaba esa ilusión. Imperios caídos, hiperinflación, huelgas, partidos comunistas en ascenso, milicias en la calle. Para von Mises, el socialismo no era solo un programa político equivocado; era una amenaza ontológica a la civilización del mercado. Frente a ese peligro, el fascismo aparecía —en un cálculo frío y profundamente equivocado— como una fuerza de contención transitoria. El error no fue solo moral. Fue analítico: creer que el autoritarismo puede detenerse a sí mismo.

Hayek aprendió esa lección parcialmente, y tarde. Camino de servidumbre suele leerse como una denuncia frontal del totalitarismo, y lo es. Pero su blanco principal no fue el fascismo, sino la planificación estatal y el socialismo democrático. El libro advierte que la expansión del Estado conduce, casi inevitablemente, a la tiranía. La advertencia era elegante, influyente y peligrosamente asimétrica: denunciaba con claridad los riesgos del colectivismo, mientras trataba el autoritarismo de derecha como una desviación secundaria, casi accidental.

Décadas después, Hayek complicó aún más su legado. En entrevistas de los años setenta, defendió la dictadura de Pinochet como una etapa transitoria preferible a una democracia sin liberalismo económico. La fórmula reaparecía, pulida pero intacta: autoritarismo ahora, libertad después. Una vez más, la historia demostraría que el “después” suele no llegar, o llega profundamente mutilado.

Lo que une a von Mises y Hayek no es una adhesión doctrinaria al fascismo, sino algo más sutil y más inquietante: la disposición a suspender principios políticos en nombre de la defensa del orden económico. Para el conservadurismo liberal, el mercado no es solo un mecanismo eficiente; es una arquitectura moral. Cuando esa arquitectura se ve amenazada, la democracia pasa de ser un valor a ser un riesgo.

Aquí reside la tentación fascista: no en el amor por la bota, sino en el desprecio por la incertidumbre. El fascismo promete orden, disciplina, previsibilidad. Promete poner a las masas “en su lugar” y a la política bajo control. Para quien concibe la libertad principalmente como libertad de empresa y de contrato, esa promesa puede sonar —en momentos de pánico— razonable.

El problema es que el fascismo nunca es un simple instrumento. No protege el mercado: lo captura. No limita al Estado: lo hipertrofia. No restaura el orden liberal: lo reemplaza por un orden jerárquico, nacionalista y violento. Los conservadores liberales que lo toleran suelen descubrir demasiado tarde que el autoritarismo no distingue entre enemigos del mercado y defensores tibios del mismo.

Esta historia no pertenece solo a los archivos. Hoy, cuando líderes “iliberales” prometen defender la economía, la tradición, la nación y la seguridad frente a un enemigo interno —el progresismo, el feminismo, el ambientalismo, el comunismo reciclado—, la tentación reaparece. Se repite la misma coartada: no es fascismo, es realismo; no es autoritarismo, es orden; no es represión, es defensa de la libertad.

Von Mises y Hayek nos legaron ideas poderosas sobre el mercado, el conocimiento y los límites de la planificación. Pero también nos dejaron una advertencia involuntaria: el liberalismo que no cree en la democracia termina buscando su salvación en quienes la destruyen. El fascismo no seduce a los conservadores liberales porque traicione sus valores, sino porque parece protegerlos cuando ya no confían en el pueblo.

La tentación, en suma, no es ideológica. Es emocional. Nace del miedo. Y la historia sugiere que cada vez que ese miedo gana, la libertad —esa que se pretendía salvar— es la primera en pagar el precio.

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