Estamos perdiendo la batalla cultural. Y cuando una sociedad pierde la batalla cultural, también comienza a perder la batalla ética: las fronteras entre el bien y el mal se vuelven difusas en medio de un océano de desinformación, discursos interesados y verdades manipuladas. Las redes sociales han amplificado esta confusión colectiva; navegamos en aguas turbulentas donde apenas logramos mantenernos a flote, mientras el horizonte de una conversación pública basada en hechos, en lo verdadero y lo bueno, parece cada vez más distante.
La ética no es un asunto abstracto reservado a filósofa/os o académica/os. Es el fundamento de la convivencia humana, el principio que orienta nuestras decisiones cotidianas y el horizonte que guía a quienes aspiran a construir un país más justo y un mundo más habitable. Por ello, perder la batalla cultural significa renunciar progresivamente a los valores que hacen posible la vida en común.
La derrota cultural se expresa en la expansión de un individualismo cada vez más profundo, en la normalización de una racionalidad práctica orientada exclusivamente a los fines y beneficios personales. Es la lógica del cálculo permanente: hacer cosas que sabemos que están mal, pero hacerlas porque reportan alguna ganancia. Obtener ventajas, aunque ello implique vulnerar principios, afectar a otros o debilitar los vínculos sociales. Desaparece “el otro”, “la otra”, solo queda el círculo más cercano, a lo más aquellos que piensan como uno mismo y cuya vinculación puede redituar alguna ganancia personal.
Esa es, quizás, una de las herencias más profundas de la dictadura en Chile. Más allá de la instalación de un determinado modelo económico —que ciertamente requiere y promueve el individualismo—, su mayor triunfo fue cultural. Fue la instalación subrepticia de una forma de comprender la sociedad basada en la fragmentación, la competencia y la desconfianza.
La dictadura incorporada en lo cotidiano, en el ADN nacional
Los cambios impulsados por la dictadura no fueron únicamente económicos; significaron también el debilitamiento de la empatía, de la de la capacidad de reconocernos como parte de una comunidad diversa pero fraterna en esa diversidad. Se sembró la idea de que cada individuo puede y debe arreglárselas por sí mismo y hoy esa idea es naturalizada irreflexivamente por gran parte de la población, está en el ADN modificado del país.
El resultado es una sociedad dividida: norte y sur, ricos y pobres, jóvenes y viejos, ciudadanos que viven en los mismos territorios pero que cada vez tienen menos espacios de encuentro y reconocimiento mutuo. Hemos construido nuestras sociedades nacionales y globales sobre los cimientos del individualismo, como si cada ladrillo pudiera sostener por sí solo un edificio de muchos pisos.
Sabemos que eso no es posible
Ningún edificio se sostiene únicamente con ladrillos. Se necesitan fierros, cemento, arena, agua y, sobre todo, cimientos profundos. Del mismo modo, ninguna sociedad puede sostenerse solamente sobre individuos aislados. Requiere instituciones sólidas, confianza social, cooperación, afectos compartidos y un sentido de responsabilidad colectiva.
La gran ilusión que instaló el neoliberalismo fue hacernos creer que los cimientos no eran necesarios. Que bastaba con la suma de esfuerzos individuales para construir bienestar común. Pero una sociedad sin fundamentos éticos compartidos es una estructura frágil, expuesta permanentemente al colapso.
Quizás la expresión más acabada de esta lógica sea la idea de "salvarse solo". Una frase que se instaló en nuestras mentes, pero también en nuestros corazones. Sin embargo, nadie se salva solo. La felicidad, la seguridad, el desarrollo y la dignidad dependen siempre de un entramado social, político y cultural que nos sostiene.
Pero la idea de “salvarse solo” no opera únicamente como una consigna individual. Opera también como una pedagogía del miedo: miedo a depender de otros, miedo a confiar, miedo a organizarse, miedo a reconocer que la vida propia está inevitablemente atada a la vida común.
El neoliberalismo no solo instaló el mandato de competir; instaló también una sospecha permanente frente a lo colectivo. Nos enseñó a mirar la comunidad como amenaza, la organización como pérdida de libertad, la solidaridad como ingenuidad y la política como un espacio ajeno, corrupto o inútil.
Así, el “yo puedo solo” terminó convirtiéndose en una forma de aislamiento emocional, social y político. Ese es uno de sus triunfos más profundos: convencernos de que pedir ayuda es debilidad, que necesitar a otros es fracaso y que construir junto a otros es una renuncia a la autonomía. Pero ocurre exactamente lo contrario: lo colectivo no anula la libertad individual; la hace posible.
Así como un edificio necesita bases firmes para no derrumbarse, una sociedad necesita valores comunes para proyectarse hacia el futuro. Sin solidaridad, sin empatía y sin sentido de comunidad, cualquier progreso material resulta insuficiente.
Por eso, el gran problema de Chile no es únicamente político. Es, ante todo, ético y cultural.
El neoliberalismo ha logrado instalarse en los espacios más profundos de la subjetividad humana, moldeando no solo nuestras acciones, sino también nuestros deseos, nuestras emociones y nuestras formas de relacionarnos con los demás. El individualismo ha terminado por dominar la razón, las pasiones y la vida cotidiana.
Dar la batalla cultural significa entonces reconstruir los lazos sociales, recuperar la confianza en el otro y volver a comprender que la libertad individual solo alcanza su plenitud cuando se ejerce en comunidad. Significa recordar que ninguna sociedad puede prosperar si convierte el éxito personal en el único criterio de valor.
Los grandes edificios no se levantan con ladrillos aislados. Se construyen sobre cimientos compartidos y sobre un cemento social lo suficientemente fuerte como para resistir las crisis, los conflictos y las tempestades de la incertidumbre.
Dar la batalla cultural implica, disputar la idea instalada de que lo común es peligroso. Implica volver a decir que la comunidad no es una amenaza, sino una condición de dignidad; que la organización no es un capricho ideológico, sino una herramienta histórica de defensa frente al abuso; y que los derechos nunca fueron conquistas individuales, sino resultados de luchas colectivas.
La batalla cultural se pierde cuando dejamos de decir “nosotros”. Y se gana cuando entendemos que ninguna vida se sostiene sola, que no es posible defender derechos en soledad y que ninguna democracia sobrevive si sus ciudadana/os se temen entre sí. La batalla cultural se gana confiando los unos en los otros y respondiendo a esa confianza con lealtad. Se gana en suma, en la consecuencia en entre el sentir, pensar, decir y hacer.
Mónica Vargas Aguirre, Dra. Ciencias Sociales.
Alejandra Ramos Arcos, Periodista
