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La lógica perversa de la competencia. Por Guy Bajoit [1]

En el caso de cualquier disciplina deportiva: “la competencia es buena”. Es buena porque estimula la voluntad de los competidores de hacerlo mejor, de superarse y, por lo tanto, selecciona a los mejores. Y de mejores en mejores, la disciplina avanza: corremos cada vez más rápido, saltamos más y más alto, etc. Sin embargo algunas condiciones tienen que ser respetadas: que los competidores sean leales, que no hagan trampa. Para ello, tiene que haber un árbitro independiente e imparcial, que verifique efectivamente la honestidad de los participantes (¡no dopaje!), que él mismo no sea «comprado» y que sus decisiones sean respetadas. Al contrario, cuando se trata de actividades económicas, «¡la competencia es un desastre!». ¿Por qué? Porque los competidores tienen muy buenas razones para hacer trampa y los árbitros para hacer la vista gorda ante sus “travesuras”.

Miremos esto más de cerca.

1- Los competidores tienen muy buenas razones para hacer trampa

Según Adam Smith (1723-1790) y los neoliberales de hoy, la competencia tendría virtudes mágicas: cada competidor, al ocuparse exclusivamente de su interés particular, contribuiría sin saberlo al interés general, porque «la mano invisible del mercado» eliminaría los malos competidores y seleccionaría los buenos. Según esta doctrina, los buenos serían los que producen y venden mejores bienes o servicios, menos costosos que los de los demás. Solo que en la práctica, esta creencia es una mentira ideológica. ¿Por qué? Porque los competidores hacen trampa. Para que los productos de mejor calidad se vendan más baratos, los productores deben reducir sus costos de producción tanto como sea posible. Pero, para reducir sus costos de producción, los métodos que utilizan los incitan a cometer actos contrarios al interés general (es decir actos inciviles). Veamos cuáles son estos comportamientos:

— Como sus antecesores, explotan y precarizan a sus trabajadores: salarios demasiado bajos (sobre todo para las mujeres, los jóvenes e incluso para los niños según el país) y malas condiciones laborales;

— Engañan a los consumidores sobre calidad de los productos, en particular practicando la obsolescencia programada y vendiendo productos peligrosos para la salud;

— Contaminan la naturaleza (agua, aire, tierra, subsuelo); agotan los recursos no renovables y destruyen la biodiversidad;

— Estafan a los Estados practicando el fraude fiscal y la evasión en “paraísos fiscales”; exigen reducciones de impuestos; sobornan a políticos y funcionarios;

— Privatizan los bienes comunes que deben seguir siendo servicios públicos y no mercancías: educación, salud, información, seguridad y ciertos recursos naturales estratégicos de los que depende fuertemente el desarrollo de ciertos países;

— Trasladan sus empresas a países que les ofrecen condiciones de inversión más ventajosas; colaboran con inversionistas extranjeros que practican el imperialismo sin preocuparse por los intereses nacionales;

— Y se preocupan muy poco del respeto de los derechos humanos: los de las mujeres, los niños, los inmigrantes, los pueblos originarios de los países en los que están establecidos.

Cada una de estas siete prácticas ciertamente contribuye a reducir los costos de producción, aumentando así la competitividad de quienes las practican, así como sus beneficios comerciales o financieros. El problema es que estos siete comportamientos son contrarios al interés general porque privan a Estados y poblaciones enteras de los recursos que más necesitarían para su propio desarrollo colectivo y para la plena realización personal de la vida de cada uno de sus habitantes.

Si los competidores económicos se comportan de esta manera, no es porque carezcan de cualidades morales (mi rol no es juzgarlos). En efecto, a quienes tengan tales cualidades y las pongan en práctica, les costará sobrevivir en la «jungla neoliberal». Si no obedecen a la lógica de la competencia, rápidamente serán eliminados por los menos escrupulosos. Por tanto, cada uno espera que sean los demás los que empiecen a cuidar el interés general.

En resumen, ¡la competencia selecciona a los tramposos más hábiles!

Lo peor de todo es que, en nombre de esta creencia en las «virtudes del libre mercado» y su «mano invisible», esta lógica genera enormes problemas: desigualdades persistentes o crecientes (entre géneros, clases sociales, países del Norte y del Sur); rebeliones violentas y terrorismo; una democracia en declive y un aumento del populismo de extrema derecha; movimientos migratorios incontrolables. Todo esto nos está conduciendo a la catástrofe que todos temen: el agotamiento de los recursos de la tierra y la destrucción de nuestro planeta y, por tanto, el fin de la humanidad. Sabemos (con casi certeza) que esto es así; sabemos también lo qué hay que hacer para evitar este desenlace fatal; pero nadie lo hace realmente. Casi todos prometen hacerlo, algunos hacen un poco, pero ¡nadie hace lo suficiente! Así que estamos al borde del colapso[2] porque los gerentes de la economía (especialmente las grandes empresas capitalistas multinacionales) anteponen sus intereses privados al interés público. Solo decidirán hacer lo necesario cuando sea demasiado tarde o cuando sus conductas inciviles sean prohibidas por la ley y se castiguen muy severamente.

2- Los árbitros tienen muy buenas razones para cerrar los ojos

Quienes se supone que arbitrarán esta feroz competencia y serán los garantes de la defensa del interés general, obviamente, son los políticos quienes ejercen los poderes de los Estados (legislativo, ejecutivo, judicial, pero también mediático y represivo). Pero, lastimosamente, si la competencia se vuelve perversa cuando gobierna la lógica económica, también lo es cuando gobierna la lógica política. ¿Por qué? Porque los estados compiten entre sí, y dentro de cada uno de ellos, también compiten los políticos.

Entre ellos, es bien sabido, los Estados no se hacen regalos. Cada uno busca volverse más hegemónico que los otros, y tan pronto como lo logra, busca dominarlos de varias maneras: a través de los intercambios económicos, políticos o militar. Esto se llama «imperialismo». Quienes lo practican se dan una «buena razón» para justificarlo: siempre lo hacen en nombre del “bien” de los mas débiles. «Por su propio bien» pretenden romanizar, cristianizar, civilizar, desarrollar ... a aquellos a quienes se disponen a dominar. Ha sido así durante siglos, y el mundo de hoy no es una excepción a esta dura ley de la historia: China se prepara para hacer lo que sigue haciendo Estados Unidos, lo que estaba haciendo la URSS, lo que también hicieron Gran Bretaña y Francia, después de España y Portugal. etc.

En cuanto a los líderes políticos, ellos están atrapados en la misma lógica. Para ganarse a sus electores, deben hacerles promesas que respondan a la línea política de su partido y a los intereses del Estado (o grupo de Estados) en el que desempeñan un papel político. Una vez que sean elegidos, serán acosados por grupos de presión, a quienes los líderes económicos les pagan para que busquen «comprarlos» sobornándolos. Por supuesto, pueden rechazar la tentación: ¡vade retro satanás! Pero ¿qué pueden hacer si los que realmente quieren regular la competencia para limitar sus daños son solo una minoría, no silenciosa sino marginada? O si se desaniman y terminan renunciando a la lucha?

¿Qué hacer si la competencia lo pudre todo, si el engaño reina en todos los niveles, si todos dicen que están preocupados por el interés general, mientras lo que hacen es preocuparse por su interés particular, ya sea por preferencia personal o por miedo de ser eliminados por otros? ¿Y si Albert Jacquard, en su sabiduría, tuviera razón al escribir: “Reducir la aventura humana a la competencia es reducir al individuo al rango de un primate?” [3]

3- ¿Cuál es entonces la solución?

Los líderes económicos y políticos deben ser controlados estrictamente por los propios ciudadanos, ayudados en esta tarea compleja por periodistas de investigación. Para que esto suceda, se debe crear un movimiento social cívico en todos los países del mundo, que ejerza un control estrecho sobre los dirigentes políticos, para que, por un lado, se preocupen realmente (con acciones y no solo con promesas verbales) del interés general y que, por otro lado, obliguen a los dirigentes económicos a renunciar a sus comportamientos inciviles, promulgando leyes que los castiguen muy severamente. Obligar los dirigentes políticos a obligar los gerentes económicos a asumir su responsabilidad con el interés general: esa es la única solución.

NOTAS:

[1] Profesor emérito de sociología en la Universidad Católica de Lovaina y presidente del CETRI. Es también el autor de un libro titulado: Capitalismo neoliberal. ¿Cómo funciona y cómo se combate? (Louvain-la-Neuve, Edición Academia - L’Harmattan, 2021, prefacio de Riccardo Petrella).

[2] No seríamos las primeras comunidades humanas en autodestruirse, arrastradas por la lógica perversa de la competencia (económica, política o ideológica), y esto, sabiendo muy bien lo que les iba a pasar si no la regulaban políticamente. El lector encontrará varios ejemplos de esto en el libro de Jared M. Diamond titulado: “Colapsos. ¿Cómo deciden las sociedades de su propia desaparición o supervivencia?” (Gallimard. NRF. Ensayos, 2006).

[3] Albert Jacquard, «Cambiar las reglas o hundirse»: Manière de voir. Le Monde diplomatique n° 137, octubre-noviembre 2014, p. 87.

Noviembre 2021

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