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La maravillosa renovación del Solsticio de Invierno. Por Álvaro Vogel Vallespir

¿Existirá un patrimonio de la humanidad más hermoso y significativo con la naturaleza que el solsticio de invierno austral? Este fenómeno astronómico ha sido trascendental para muchas culturas a lo largo de la historia tanto en Oriente como Occidente. Si aún perdura es porque el legado y la importancia sellan nuestra relación con el cosmos donde pertenecemos. Honor y gloria al Sol.

Algunas culturas que ya no existen solían renovar sus energías en el momento donde el eje de la tierra alcanza su máxima inclinación respecto al Sol; con los milenios, estas agrupaciones humanas han sido asimiladas por otras nuevas y, aun así, seguimos renovando anualmente las esperanzas. Stonehenge es un ejemplo palpable de que los vestigios del pasado no solamente son monumentos sin sentido; esta idea la podemos aplicar a las pirámides (entre otras construcciones). Los mapuches en nuestro país, que por estas fechas están ad portas de celebrar un “nuevo año” en términos occidentales, pero, en el fondo, una renovación ancestral para ellos un nuevo ciclo solar que les traerá prosperidad a sus tierras.

El famoso griego Hesíodo (Los trabajos y los días) dejó por escrito que el Sol era el hijo de una pareja de titanes —Hiperión y Tea—, además de sus hermanas la Luna y la Aurora. Este hijo predilecto surcaba los cielos en un carro de oro en dirección este-oeste, sumergiéndose al final en los dominios de Poseidón. En los Andes centrales, los incas celebraban con exactitud el 21 de junio - el Inti Raymi - o la fiesta del Sol para pedir por los cultivos, pues, cada día, el astro rey alumbraría más hasta el verano. Según la tradición, esta festividad comenzó a cobrar importancia con el inca Pachacútec, el mismo que inició la expedición a Chile para asimilar a los diaguitas y atacameños, formando parte del imperio local mediante los mitimaes. Egipcios y Mayas no se quedaron atrás en esta importante fecha.

La noche de San Juan constituye un buen ejemplo de sincretismo entre el cristianismo, las adaptaciones coloniales populares y las prácticas ancestrales de Arauco mediante el We Tripantu.

Juan Bautista es el eje central de esta noche ya que es el personaje que marca el hito donde termina el Antiguo Testamento y comienza el Nuevo. Los jesuitas, en sus misiones del sur de Chile, tenían especial devoción por esta jornada de San Juan que culminaba con el rezo de largos rosarios. En la actualidad, esta noche sigue siendo recordada con preparaciones gastronómicas, momentos de comunión familiar —tan escasos en el presente— y rituales repetitivos para atraer la buena suerte, como si de un oráculo se tratara; tal es el caso de las tres papas que aún sellan el destino de varios. Los pehuenches del territorio sureño le daban otro foco, pero, al final, se refuerzan las esperanzas del pueblo: algunos sobre la base de una cosmovisión religiosa, otros mediante la práctica de costumbres como pelar las papas y simplemente están los que necesitan reencontrarse con sus familiares; al final, queda la memoria colectiva en su máximo esplendor.

Cuando hablamos de la Inquisición, la mayoría se imagina torturas físicas y castigos dantescos, pero en lo medular llegó a Chile en 1570 —aunque con jurisdicción limeña— y se centró en prácticas más bien cotidianas y reforzar el catolicismo. Por ejemplo, el santo oficio censuraba las costumbres paganas ocurridas en la noche de San Juan. ¿Cómo cuáles? Saber con quién me iba a casar luego de un conjuro o si tendría mejor suerte luego de consultar el oráculo de la “Papa”.

¿burlarnos de esta ingenuidad? Para nada, hoy existen sesudos informes sobre las hojas de té, el color de la orina y hasta donde sopla el viento. La Inquisición perdía su tiempo, sin duda, pues, sinceras o no, las creencias del pueblo eran asuntos ingenuos e inocentes. Lo normal era consultar el oráculo de San Juan, que consistía en tirar tres papas bajo la cama y sacarlas a ciegas al día siguiente para saber, por ejemplo, si habría matrimonio o soledad. En definitiva, creencias mundanas comparables con comprar el Kino o el Chao Jefe.

Pedro de Lisperguer —el famoso abuelo de la Quintrala— fue la primera persona acusada de brujería por el Santo Oficio, aunque luego fue absuelto, no hubo hoguera ni paliza, al final era una persona de honor. El caso más bullado contra las prácticas de la noche de San Juan fue la acusación contra Dominga Gallardo. Dominga era nativa de Chiloé, lo que le daba aún más sabor a su “crimen”, pues las tierras chilotas en ese entonces gozaban de la mala reputación por ser “tierras de brujerías”, donde el chivo macho era el rey de los brujos en su cueva de Quicaví.

Dominga fue acusada en el tribunal inquisidor de preparar un filtro amoroso y de magia negra, pues “ataba la agujeta”; es decir, quería unir a la fuerza a dos personas, nada lejano a la unión de parejas que hoy venden algunos tarotistas en pleno siglo XXI a vista y paciencia. Los jóvenes de los ochenta eran siempre más prácticos ya que mediante el juego de “La botellita envenenada” o “El cuarto oscuro” sus problemas tenían solución instantánea.

Siete mujeres declararon en contra de Dominga, pues afirmaban que la vieron convertirse en lechuza durante la noche de San Juan y volar hasta un cerro cercano. Este litigio de 1683 era porque la susodicha quería emparejar a sus cuatro hijas, quienes no tenían pretendientes, según las malas lenguas, eran feas. La acusación más grave para la Inquisición fue que Dominga tomó el cuero de un borrego que no alcanzó a nacer y frotó los cuerpos de sus hijas diciendo: “San Juan, San Juan, los cuatro mocitos aquí llegarán”, acompañado este hereje acto con cuatro cebollas y cuatro velas de sebo. Situación comparable con el “Galleta, galleta que el gol de le meta” cuando tirábamos un penal con una pelota de papel en cualquier colegio de Chile.

Dominga declaró ante la justicia que se levantó a las cuatro de la mañana (todo en torno al número cuatro) a constatar si las velas se habían apagado para el bien de sus hijas, todo esto antes de que saliera el Sol —la renovación del solsticio—. El padre Venegas, que hizo de Juez, la mandó a callar y la condenó a morir bajo el fuego, pero en Perú, para lo cual la embarcaron al Callao. Antes de partir, le dijo a su afligido esposo: “No te agobies, hombre, que este año saldrás de dos muchachas y, San Juan mediante, el venidero nos desprenderemos de las otras dos”. En 1684, dos de sus hijas contrajeron matrimonio. Honor y gloria al solsticio y a las brujerías de San Juan.

Los mapuches y williches celebran en el We Tripantu en el día más corto del año en el hemisferio sur, pues desde el día siguiente cada jornada habrá más luz solar; por ende, la naturaleza se verá beneficiada. Desde los tiempos ancestrales, la importancia radica en la limpieza de la tierra por medio del agua; por consiguiente, se produce una fertilización natural. Todas las personas, “che”, se fortalecen con el Sol. En el fondo, se produce un diálogo terrenal y espiritual, un puente entre los habitantes y el astro. Los mayas lo entendían así y lo inmortalizaron en el Popol Vuh cuando se quejaban que los españoles habían venido a “Castrar al Sol”. Occidente en cambio toma la tradición romana Sol Invictus y la transforma en navidad, en la actualidad una fecha de compras más allá de lo permitido.

El We Tripantu es, en definitiva, una ceremonia asociada a la nueva salida del Sol donde se recogen y recolectan los frutos de la tierra —por eso se occidentaliza la idea de la gastronomía en la noche de San Juan—. Por otro lado, hay un agradecimiento al Dios creador (Chaw Trokín) por las cosechas del año, pero lo más importante, por las que vendrán; por eso se genera un sentido de pertenencia a la tierra (gente de la tierra) y a la reunión familiar.

El 21 de junio, por consiguiente, marca la última luna de otoño y el comienzo de las grandes lluvias, abriendo un periodo de descanso y purificación. Durante la Guerra de Arauco, las campañas militares paralizaban sus escaramuzas. Luego tenemos todo un sentido ordenado y secuenciado: el tripantu (periodo de siembra) y el nacimiento de las crías, por ejemplo, los pájaros rompen sus huevos en primavera; viene el antüngü, que es el verano y su punto máximo de crecimiento de los cereales y la abundancia de los frutos de la tierra, para culminar con el alejamiento nuevamente del Sol y la caída de las hojas de los árboles.

Para los antiguos, el año mapuche tenía 13 meses sobre la base de un año lunar con 364 días. Los antiguos tenían una emotiva ceremonia que se iniciaba con una solicitud de permiso a las fuerzas espirituales; luego de eso, se congregaban en el atardecer, en los últimos rayos de luz, para despedir el año que se va. A medianoche se volvían a reunir con otro ritual que marca el recibimiento del nuevo año y, al salir el Sol al amanecer, se bañaban en las aguas de un estero o una vertiente. Luego, en esa nueva mañana, se golpeaban los árboles para renovar sus fuerzas.

El solsticio es transversal: cada pueblo lo asocia a sus necesidades y cada cultura le añade nuevos elementos. Lo fundamental es, en todo caso, que hay un respeto genuino y admiración por el Sol.

Álvaro Vogel Vallespir

Historiador y Profesor de Historia.

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