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La memoria de Allende y la lucha por los derechos de la mujer

El origen de la conmemoración del 8 de marzo día de la mujer, es reivindicatorio, de dos sucesos que tuvieron como grandes víctimas a las mujeres trabajadoras, uno en 1857 cuando cientos de mujeres murieron a manos de la policía en una fábrica de New York. Las trabajadoras pedían igualdad salarial en la fábrica de textiles en las que trabajaban, pero no vieron respuestas positivas, la situación se tensó y todo terminó en una barbarie. Años después, en 1911, un incendio en otra fábrica neoyorquina terminó con 123 mujeres calcinadas, muchas de estas mujeres eran jóvenes y muchas otras eran inmigrantes en busca de una oportunidad laboral. Esta tragedia ocurrió una semana después de que se celebrara por primera vez, a nivel mundial, el Día de la Mujer Trabajadora.

Por eso se conmemora el 8 de marzo, porque fue en la fecha en que murieron mujeres trabajadoras a manos de la policía en lo que bien puede ser la primera petición grupal o colectiva de equidad de género en cuanto al salario.

En este contexto en nuestro pais hoy es también un día para un reconocimiento a las mujeres luchadoras que en todos los planos de la vida se abrieron, antes y lo hacen ahora, espacios, batallando todos los días contra el patriarcado del cual formamos parte y que impone sus términos, avalado aun por una sociedad conservadora que se niega a aceptar los cambios que golpean a su puerta. Por eso, lo que corresponde, es ir más allá del tradicional saludo formal a las mujeres en estas fechas, porque las buenas palabras de un discurso no siempre exigen compromiso y dejan de lado, la mayoría de las veces, el reconocimiento a nuestra propia historia, más aun en una sociedad en la cual el negacionismo distorsiona el pasado y con ello la capacidad de nosotros mismos para conocer lo sucedido.

Por eso es que mirar la historia es siempre aconsejable y sobre todo, para caminar hacia el futuro, para aprender de las lecciones que otras, en este caso, mujeres, nos dejaron y que algunas escribieron con el sacrificio de sus vidas, luchando por un pais mejor más justo e inclusivo, como lo fueron las luchas sociales durante el periodo del gobierno de Salvador Allende y luego, en el periodo de resistencia y lucha que protagonizaron también muchas mujeres para terminar con la dictadura. Durante el único momento de la vida política y social de Chile, los tres años de gobierno de la Unidad Popular, en el que los derechos de los chilenos y chilenas se respetaron y en base a ello se empezaba a construir una patria nueva, Salvador Allende respaldó el movimiento de mujeres con hechos, no solo con discursos ni promesas paternalistas y eso hay que recordarlo.

Quienes vivimos esa época y participamos de ella, recordamos a cientos quizás miles de mujeres, particularmente estudiantes, participando en los trabajos voluntarios, viajando por todo el país, formando parte de las Brigadas de Salud que colaboraban con los policlínicos de las poblaciones[1]. Allende estimuló la participación de la mujer, lo que se vió reflejado en áreas bien concretas de la vida del país, en las empresas en que se desarrollaba el control y la administración de la producción, en las Juntas de Abastecimiento y Precios (JAP), en la autoconstrucción de viviendas y policlínicos, en las Juntas de Vecinos y los comandos comunales.

Fue un peróodo durante el cual se dejó una huella también a nivel del Estado con la propuesta de crear el Ministerio de la Mujer, el que no se concretó no solo por la resistencia de la derecha, sino que también de los propios partidos de la UP, pero se creó la Secretaría de la Mujer en 1971 como organismo integrante del gobierno. Ese mismo año, el gobierno de Allende alentó un nuevo Estatuto de la Familia que contemplaba el derecho de las mujeres a celebrar contratos, enajenar e hipotecar sus bienes, sin autorización del marido, compartir con su pareja el cuidado y la manutención de los hijos, filiación única.

Junto con lo anterior se hicieron esfuerzos para terminar con las diferencias entre “hijos legítimos e ilegítimos” y una nueva juridicidad para la unión estable de la pareja no casada oficialmente por el Registro Civil. Se plantearon los tribunales de familia, integrados por un psicólogo, una asistente social y un abogado, para promover el divorcio luego de un tiempo de separación, sin obligarlos a rendir testimonios humillantes.

Paralelamente a esto el gobierno popular procuró aliviar la carga de la mujer en el hogar, financiando comedores populares en las fábricas y en el edificio de la UNCTAD,[2] en pleno centro de Santiago, además del Programa de comidas preparadas, que puso a disposición de las mujeres asalariadas del área social con más de 150.000 raciones de comida, para que las comprasen y pudieran llevarlas a sus hogares. Se abrieron 467.000 nuevos puestos de trabajo destinados sólo para mujeres.

Otras medidas fueron el medio litro de leche para las mujeres embarazadas y lactantes, el aumento del fuero maternal y la obligación de las empresas, con más de 20 mujeres, a tener salas-cuna, se aumentó de 45 a 90 días del permiso postnatal, se inauguró el primer centro de atención postnatal para campesinas. Se inauguró el espacio denominado «Torre de la mujer» en el edificio de la UNCTAD, más tarde llamado Diego Portales, se estimuló a la sindicalización de las empleadas domésticas, recomendando 8 horas de trabajo y permisos para estudiar en los colegios cercanos al trabajo.

En resumen, el protagonismo social de la mujer durante el gobierno de la Unidad Popular fue un hecho concreto, como nunca había sucedido en la historia del Chile, aportando con ello a profundizar una conciencia política y de género, herencia que se extiende hasta nuestros días a través de nuevas generaciones de mujeres comprometidas con la construcción de un Chile distinto, más justo e inclusivo. Una herencia que, junto a la imagen de Allende defendiendo la Moneda del cobarde ataque y bombardeo aéreo y terrestre el 11 de septiembre de 1973, el día que lo derrocaron y a su gobierno constitucional, continuó presente durante los años venideros y de la lucha en contra de la dictadura.

Esta parte de la historia también la escribieron muchas mujeres, cumpliendo un rol importante en la resistencia a la tiranía pinochetista, mujeres que se vieron obligadas a salir al exilio, otras que se organizaron en Chile torno a las organizaciones de defensa de los derechos humanos, en la búsqueda de sus familiares detenidos y desaparecidos por los organismos militares y de seguridad de la dictadura. Mujeres que se organizaron en poblaciones, en organizaciones sociales, las que salieron a la calle a protestar, las que fueron brutalmente torturadas y mujeres que se integraron derechamente a la lucha político militar para combatir al tirano, cuyo papel o rol ha sido poco recogido, por una historia que es influenciada por el prototipo de militancia política homogeneizante, que hace sobresalir a los hombres como el sujeto revolucionario principal, relegándolas a un segundo plano o que las invisibiliza como militantes y como combatientes revolucionarias.

Finalmente, un homenaje a las valientes mujeres que murieron o fueron víctimas de la guerra inventada por el ejército para aniquilar a quienes soñaron con un pais justo y libre, a las que lucharon en contra de la dictadura y que son los símbolos olvidados de la libertad que hoy disfrutamos, entre ellas, Lumi Videla, Cecilia Magni, Patricia Ríos, Marta Ugarte, Elizabeth Escobar Mondaca, Patricia Quiroz Nilo, Esther Cabrera Hinojosa.

 

Todas ellas lucharon en su contexto y con sus convicciones por cambios sociales y a favor de los derechos humanos, los que indudablemente no son universales si no se aseguran en ellos las expresiones femeninas, son mujeres valientes que a su manera y en diferentes trincheras políticas se decidieron a luchar contra la explotación y dominación patriarcal que todavía prevalece en todos los países del mundo. Todas estas heroínas son parte también del movimiento feminista que contribuyó y contribuye a tener un pensamiento crítico, con ideas y herramientas para comprender y transformar la sociedad, erradicando las desigualdades e inequidades entre hombres y mujeres.

Es indudable que todavía hay un camino que recorrer para la construcción de una sociedad sin inequidades, ni discriminación por género, clase, etnia o edad, el que se revitaliza después de la rebelión social del año 2019, momento en el que resurgieron con fuerza las ideas feministas para oponerse a lacras que están enquistadas en nuestra sociedad, como la violencia de género, las desigualdades en el trato y en el empleo, en el salario y otras expresiones del patriarcado, ideas elaboradas al inicio del siglo XX[3] y que señalan que la emancipación de los subalternos, sean una clase, sean las mujeres, sólo puede resultar de la acción autónoma de los interesados, porque la libertad otorgada no es libertad.

 

Enrique Villanueva M.


[1] Un ejemplo de estas brigadas fue realizado en la comuna de Barrancas en Santiago, en 1971, mujeres de esa comuna fundaron un Centro piloto para atender colectivamente los problemas de Salud, Vivienda, Educación y Transporte.

[2] El día 3 de abril de 1972 se inauguró la sede de la III Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo en el Tercer Mundo, más conocido como Unctad III.

[3] Rosa Luxemburgo, la teorización feminista idea como que los espacios de acumulación del capital no son sólo geográficos, sino también sociales, e incluyeron el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres, que permite que el capital pague salarios más bajos a los trabajadores varones. El trabajo flexible, precario, mal remunerado -o no remunerado- de las mujeres se ha convertido en el punto de referencia para la acumulación del capital a gran escala.

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