"Y durante la vendimia
el olor a vino
invadía al pueblo entero..."
(El lugar sin límite. José Donoso)
Para el reconocimiento de la autenticidad del vino chileno es importante relevar su historia comprendiéndola desde una perspectiva cultural superando así el simple dato de la anécdota. Es necesario construir un relato interdisciplinario en donde son aportes las visiones antropológicas, sociológicas, filosóficas, poético-literarias, etc. Hay que recuperar, plantar, cultivar, una imagen del vino que ha sido parte de una cultura propia e incluso poseedora de un carácter nacional y popular. La cultura del vino auténtico no es un producto de la élite ni de la industria que sigue apropiándose de este noble y generoso producto que es parte importante de los quehaceres campesinos.
El vino de secano es una potente imagen que aporta ese rasgo de autenticidad cultural que le pertenece a esa concepción que podríamos llamar "criollista" que proviene esencialmente de tradiciones familiares con arraigo a la tierra. Valor que han sabido comprender nuevas generaciones de viñateros que nunca han dejado de prestar atención a sus campos y de enólogos que han sido capaces de escapar a las normas homogenizadoras de la industria vitivinícola.
El secano correspondería a una Denominación de Origen que considera el interior de la Cordillera de la Costa desde el Río Mataquito hasta el Río Bío Bío. Campos que se caracterizan por caminos polvorientos, con un clima en el que se distinguen las cuatro estaciones del año, con inviernos lluviosos y veranos de noches sin mucha humedad, en los cuales el sol se manifiesta implacable. Zonas campesinas con escasos cultivos en donde la vid es capaz de envejecer echando raíces que le permiten vivir sin riego artificial, cualidad que para algunos es la más esencial expresión del terroir, por eso es que es tan necesario el relato. La lluvia natural de cada año es la que determinará la cantidad de la fruta que, por cierto, nunca es abundante.
Las cepas más usuales en estos terruños son País, Cinsault, Carignan y Moscatel. Junto con los mostos se elaboran aguardiante y arrope, productos consumidos en varias preparaciones cotidianas; como los biscochos de tortas humedecidos, el "cola de mono", el mate, en los que se usa el destilado; o el pan untado y las sopaipillas pasadas con el dulce de vino. Prácticas cotidianas y centenarias que son parte de la identidad del secano.
El valor del secano está en la conciencia de varios productores de vino, entre estos varios pertenecientes al Maule y que hoy aportan líneas de vinos excelentes, entre ellos, Viña Evangelina con los hermanos Palma, Casa Hernández con los hermanos que portan este apellido, Huaso de Sauzal con Renán Cancino, Viñedo Los 5 con Viviana Morales, Caliboro con César Opazo, Cancha Alegre con Sergio Amigo, Bodega Mariana con Sebastían Albornoz, Louis Antoinne Luyt, Viña González Bastías con José Luis Gómez y Daniela Lorenzo, junto a nuevos proyectos como los de Sebastián Fuentes.
La imagen del secano ya está instalada, cultivar su relato, describir sus peculiaridades sigue siendo un desafío que invita a seguir pensando el vino chileno, en este caso de identidad campesina que rescata el valor de las parras en rulo llegadas hace años, con el respeto por esa vida simple acostumbrada al polvo en condiciones de vida en donde la existencia respeta a la tierra y al agua, en donde se agradece al sol y a la vida. Un cotidiano marcado por ese afán que van determinando los días con esa asimilación de la creencia de que el sol volverá a salir mañana.
Alex Ibarra Peña.
Dr. En Estudios Americanos.
@apatrimoniovivo_alexibarra
