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La muerte como despertar: releer La amortajada hoy. Por Verónica Millas

Hay libros que se leen una vez y permanecen en la memoria. Hay otros que regresan cuando la vida ya nos ha transformado y entonces parecen distintos. La amortajada, publicada en 1938 por María Luisa Bombal, pertenece a esa segunda categoría.

Cada lectura de Bombal es una experiencia profundamente sensorial. Sus palabras no se limitan a narrar una historia: crean una atmósfera que envuelve al lector y lo sumerge en un territorio donde los límites entre la realidad, la memoria, el sueño y el deseo se vuelven difusos. En pocas páginas, la autora alcanza una intensidad emocional que continúa asombrando casi un siglo después.

La novela comienza con una imagen inolvidable: Ana María despierta dentro de su propio ataúd. Está muerta, pero conserva la consciencia. Desde ese estado suspendido entre la vida y la muerte observa a quienes la velan y revisa, con una lucidez imposible de alcanzar en vida, los momentos esenciales de su existencia.

Bombal construye así una de las exploraciones más profundas de la subjetividad femenina en la literatura latinoamericana. A través de los recuerdos de Ana María emergen los amores perdidos, las frustraciones matrimoniales, las exigencias de una sociedad patriarcal y, sobre todo, la dolorosa distancia entre la vida soñada y la vida vivida.

La narración avanza como avanza la memoria: no en línea recta, sino por asociaciones, emociones y resonancias. El presente del velorio se entreteje con escenas del pasado; un recuerdo abre otro, una emoción conduce a una nueva revelación. El resultado es una estructura circular y envolvente que reproduce el movimiento mismo de la consciencia.

Resulta inevitable recordar aquí a María Zambrano y su idea de la razón poética. Para la filósofa española existen verdades que no se dejan apresar por la lógica ni por los razonamientos ordenados de la conciencia. Son revelaciones que irrumpen como un destello y nacen de la intuición, del sufrimiento, del amor y de esa región secreta donde habita el alma.

Ana María no alcanza la comprensión de su existencia mediante el análisis ni la reflexión deliberada. Es la cercanía de la muerte la que descorre lentamente los velos de su vida. Desde el silencio de su inmovilidad contempla los fragmentos dispersos de su historia y descubre, como quien observa un paisaje cuando la niebla finalmente se disipa, el sentido oculto de sus amores, sus heridas y sus renuncias.

La revelación no llega como una conclusión intelectual, sino como una experiencia poética. Surge en la contemplación, en la memoria y en la emoción que todavía palpita bajo la mortaja. Así, Bombal convierte la muerte en un umbral de conocimiento y a Ana María en una viajera del espíritu que, al final de su recorrido, comprende aquello que la vida nunca logró explicarle por completo.

Quizás lo más conmovedor sea que comprenda demasiado tarde cómo le habría gustado vivir. Observa sus errores, sus silencios y sus resentimientos, pero también las limitaciones de quienes la rodearon. Sin embargo, la protagonista no se instala en el juicio moral. Por el contrario, contempla a cada personaje con profunda compasión, mostrando cómo los seres humanos actuamos desde nuestras heridas, nuestros temores y nuestras fragilidades.

La tragedia de Ana María no es una tragedia ética. Es una tragedia profundamente humana.

Pero Bombal va aún más lejos. La novela no solo explora la intimidad psicológica de su protagonista, sino que también despliega una visión poética de la naturaleza como fuerza viva y misteriosa. No resulta extraño que muchos vean en su obra una anticipación del realismo mágico latinoamericano.

Hacia el final, Ana María siente cómo sus raíces se hunden en la tierra y percibe la respiración del universo entero. Las fronteras entre cuerpo y naturaleza, entre sujeto y mundo, entre vida y muerte comienzan a disolverse. La consciencia deja de percibirse como una entidad aislada y parece integrarse en una totalidad más vasta.

Su alma ya no está separada del mundo. Ha experimentado primero la muerte de los vivos —esa existencia limitada por convenciones, temores y emociones reprimidas— y ahora anhela la segunda muerte: la entrega definitiva a la unidad de la que todo surge y a la que todo regresa.

Esta visión dialoga de manera sorprendente con ciertas tradiciones contemplativas contemporáneas. Aquello que hoy el mindfulness y las ciencias contemplativas nos invitan a cultivar en el presente —la atención consciente, la observación sin juicio y la conexión con nuestro ser más profundo— aparece en la novela bajo la forma de una comprensión retrospectiva.

Ana María descubre, desde la muerte, todo aquello que no logró ver mientras estaba viva. Y esa es, tal vez, la vigencia más profunda de La amortajada. La novela no nos invita a esperar la muerte para comprender nuestra existencia. Nos invita a despertar ahora. Porque si Ana María nos deja una enseñanza, es que la verdadera liberación no consiste únicamente en morir, sino en aprender a habitar la propia vida con consciencia, compasión y presencia mientras todavía estamos a tiempo.

Quizás por eso seguimos regresando a Bombal. No para aprender sobre la muerte, sino para recordar cómo vivir.

Verónica Millas

Psicóloga, Magíster en Literatura y Humanidades, Magíster en Mindfulness.

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