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La nueva administración chilena y el horror de la ceguera. Por Andrés Rojas

En Alien, la tripulación del Nostromo no considera al ovomorfo como una amenaza después del encuentro. Le presta atención como si fuera un objeto: silencioso, clasificable, aparentemente inerte. El huevo es abordado con confianza por quienes creen en lo que sostiene el orden simbólico: que aquello que puede observarse puede comprenderse, y que aquello que puede comprenderse puede controlarse. El ovomorfo no desafía esta creencia. Espera. Y cuando el acercamiento supera un umbral que el observador no puede percibir, se abre: no como un ataque externo, sino como el retorno de algo que nunca estuvo verdaderamente contenido. El horror no es la criatura. El horror es la revelación de que la fantasía de contención ya estaba rota desde el principio: estar perdido en aquello que ya te había encontrado.

Esta inversión —del observador a lo observado— no pertenece únicamente a una escena de ciencia ficción. También describe lo que ocurre cuando un gobierno que cree comprender la realidad que administra, deja de percibir aquello que no encaja en su propio marco de referencia.

El ojo ocupa un lugar privilegiado en la cultura occidental porque convierte la vista en el sentido más importante: una conexión con la comprensión, la visión y el conocimiento. La filosofía siempre ha estado obsesionada con la visión: en Platón, la verdad como luz; en la Ilustración, la iluminación; en la ciencia, la observación. En otras palabras, el sujeto es imaginado como espectador de la realidad. Pero ¿qué ocurre cuando esta relación se invierte? ¿Qué ocurre cuando nosotros pasamos a ser los observados y dejamos de ocupar el centro de la percepción?

En el pensamiento de Jacques Lacan, la mirada no es el acto de ver; es el momento en que el sujeto se vuelve vulnerable ante ojos externos. En el Seminario XI (1964), Lacan desmonta la ecuación clásica entre visión y dominio. La mirada no es el acto de ver: es el momento en que el sujeto descubre que ya está siendo visto desde un punto que no puede localizar ni controlar. El sujeto, creyéndose un observador soberano, se descubre, en cambio, como un objeto dentro de un campo que no logra organizar. El ejemplo lacaniano de la lata de sardinas —“no te ve, pero te mira”— capta esto con precisión: la lata “te mira” porque uno siempre está ya visible, atrapado, situado en una realidad que precede y excede la propia comprensión de sí.

Lo anterior también aplica a los gobiernos. La interpretación errónea de la realidad por parte de un gobierno no se explica únicamente en cómo la sociedad mira al gobierno, sino cómo la sociedad se abre, y este gobierno se refleja en ella como un objeto: atrapado, fijo y visto desde un punto ciego desde el cual éste no puede percibir lo que la sociedad sí ve. Se pierde el control de la situación, pero, de forma más inquietante, también se pierde el control sobre la propia identidad dentro de la escena.

Chile tiene un nuevo gobierno desde el 11 de marzo. Se trata de una administración ultraconservadora encabezada por José Kast. Desde su inicio, esta administración se ha caracterizado por el orden, la estructura y la racionalidad. Pero, dadas las dificultades para construir una administración ideológicamente coherente, vale la pena preguntarse si el presidente Kast es una figura racional. Si entendemos la racionalidad como consistencia interna y orientación hacia objetivos, sí lo es. Kast tiende a seguir una línea ideológica clara —orden, autoridad, seguridad, conservadurismo económico— y la comunica de manera estructurada y disciplinada.

Pero si hablamos en términos de respuesta ante una realidad social compleja, el diagnóstico cambia.

Las políticas pueden ser “racionales” dentro de su propia estructura —por ejemplo, al priorizar el control o la eficiencia—, pero fracasan en su ajuste con la realidad si ignoran las tensiones sociales, la desigualdad, el contexto histórico y las consecuencias no previstas. Georges Bataille desarrolla esta lógica en La Parte Maldita (1949), donde explica que toda economía cerrada —todo sistema organizado en torno a la utilidad, la acumulación y el gasto racional— reprime el exceso de energía que no puede ser absorbido por su cálculo. Ese exceso no desaparece; se acumula hasta irrumpir, de manera derrochadora y violenta, en formas que el sistema no pudo prever. La economía restringida cree gobernar la totalidad; pero aquello que no puede anticipar es precisamente lo que terminará revirtiéndola.

Esta lógica de la economía restringida encuentra una ilustración precisa en la política del gobierno respecto del combustible. En marzo, la administración Kast eliminó el MEPCO —el Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles—, construyendo la decisión en términos estrictamente fiscales: “La administración anterior había agotado los recursos disponibles. ¿Por qué no podemos bajar los combustibles vía MEPCO? Porque nos dejaron sin plata. Un Estado en quiebra”, decía el mensaje del gobierno en redes sociales. La frase era racional dentro de su propio registro: un diagnóstico, una defensa de la disciplina fiscal. Pero no podía anticipar aquello que excedería ese registro.

La controversia que siguió no fue principalmente sobre política fiscal. Fue sobre la palabra quiebra: su peso afectivo, su capacidad para condensar ansiedades sobre la estabilidad y la credibilidad institucional que ninguna estrategia comunicacional había previsto. Días después, el ministro de Hacienda se vio obligado a aclarar que la situación correspondía a un “deterioro fiscal”, no a una quiebra. El gobierno había planificado su estrategia económica y comunicacional de manera simultánea, pero permaneció ciego ante el exceso que su propio lenguaje iba a liberar. Esta es la parte maldita de Bataille en su forma más literal: el costo transferido a los ciudadanos no es solo financiero. Es simbólico, afectivo y finalmente político: un gasto sin retorno simbólico que el documento de la economía restringida no puede registrar.

No financiar el MEPCO le ahorra al Estado entre US$150 y US$200 millones semanales. Pero una medida así no evita la inflación, el conflicto social ni la erosión del ingreso real de millones de familias. Por lo tanto, el excedente era real, y la ceguera frente a sus consecuencias, estructural.

Esta racionalidad que no logra ajustarse a la realidad es, sin duda, una sobreconfianza en un modelo de mundo que minimiza el verdadero estado de las cosas.

En Alien, el ovomorfo contradice esa ilusión de que “todo está bajo control, contenido, completamente visible”… hasta que, de pronto, nada lo está. El ovomorfo no es, en esta lectura, simplemente una figura del peligro disfrazado de pasividad. Es una figura de lo Real: aquello que resiste la simbolización, ese aspecto no filtrable de la existencia que retorna con fuerza precisamente porque ha sido excluido. La administración Kast, como la tripulación del Nostromo, no carece de inteligencia ni de coherencia interna. Carece de una relación con aquello que su propio marco no puede representar: la vulnerabilidad, la solidaridad, el cuerpo enfermo, el peso acumulado de la desigualdad. Estas no son variables de política pública. Son el ovomorfo: presente, abierto, y devolviendo la mirada.

El caso de la directora del Servicio Nacional de la Mujer y Equidad de Género, Priscilla Carrasco, resulta ilustrativo. A fines de marzo, Carrasco fue despedida por la ministra de la Mujer pese a su diagnóstico de cáncer. El presidente Kast defendió la decisión: “No se generó la confianza”. Luego añadió: “Es una situación lamentable, porque afecta el lado humano de una persona, pero debemos asumir responsablemente lo que significa gobernar, que es resguardar el bienestar de todos los chilenos”. Las declaraciones de Kast encarnan la lógica de la economía restringida: confianza, eficiencia, alineamiento ideológico, control institucional—el lenguaje del administrador racional.

Pero lo que catalizó la controversia fue aquello que escapa a la lógica del gobierno: el enfrentamiento con la enfermedad, la vulnerabilidad y la muerte. Este caso muestra cómo ciertas fuerzas —la mortalidad, la solidaridad, el cuerpo y el peso sagrado de la enfermedad— son más profundas que el conocimiento y exceden cualquier lógica de cálculo gubernamental.

La sobreconfianza es la creencia de que el orden simbólico no tiene grietas. Pero el horror nos enseña que la grieta retorna, y retorna violentamente. Dicho de otra manera: lo Real existe.

Desde marzo, hemos sido testigos de un presidente y de un equipo que, en su aparente control de los acontecimientos, han resultado contraproducentes y poco sintonizados con el contexto social. En esta línea, todo termina en declaraciones explosivas pero ineficaces. Por ejemplo: “todos los chilenos bien nacidos”, al defender a la ministra de Ciencias refiriéndose a una casta superior de chilenos, o “no podemos comprar popularidad con plata que no tenemos”, al defender la eliminación del MEPCO. Este tipo de declaraciones solo sugiere que el marco de referencia del presidente está desconectado de la realidad.

Bataille explicó que jerarquías como mente sobre cuerpo, conocimiento sobre sexualidad, espíritu sobre materia, luz sobre oscuridad, no son más que construcciones frágiles e ilusorias. Al final, explicó, todo circula dentro de la misma red, y la misma energía fluye a través del conocimiento, la sexualidad y las fuerzas cósmicas. La civilización occidental intenta organizar el mundo mediante el conocimiento, la razón y la representación. Pero por debajo de todo ello siempre existe un exceso de energía que escapa al control.

En Alien, una vez que el ovomorfo se abre, el abrazacaras ataca. El objeto que los humanos debían estudiar y comprender entra en su cuerpo. De este modo, el conocimiento se convierte en invasión biológica y la existencia humana comienza a ser conducida por fuerzas más profundas que el conocimiento. Tales fuerzas desintegran la autoimagen coherente del sujeto y disuelven la frontera entre el que observa y lo que es observado.

La imprecisión y la impasibilidad de la administración Kast revela que el observador nunca fue plenamente soberano sobre la escena. Su creencia en un entorno que opera bajo condiciones contenidas ya no es sostenible, y su incapacidad para reconocer la verdadera escala de los problemas resulta evidente. Las contradicciones expuestas más arriba sobre el Mepco y la directora del Servicio nacional de la Mujer hablan por sí solos. La sociedad chilena no puede seguir siendo “administrada” como un objeto pasivo. La sociedad está viva, es sensible, vigilante y proactiva. Estos modos de dirigirse a la ciudadanía chilena, así como la autoconfianza de los miembros del gabinete, refuerzan la fantasía de una contención que ya ha colapsado. Los ciudadanos observan, responden y, en el momento adecuado, desbordan. La administración Kast está siendo mirada desde un punto que ésta no puede localizar ni controlar, capturada en un campo que excede su comprensión.

El verdadero horror no es que el observador sienta que no es plenamente soberano de sí mismo, ni que comprenda al mismo tiempo que el monstruo nunca introdujo un elemento extraño. El verdadero horror, como ocurre con el abrazacaras, es que lo foráneo siempre estuvo dentro.

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