Crimen organizado, migración, inteligencia financiera e inteligencia artificial en una América Latina donde conviven varios tiempos históricos
Hace apenas unas décadas, seguir el rastro de una persona, una empresa o una transferencia internacional podía requerir meses de investigación. Hoy basta un teléfono móvil para dejar cientos de huellas digitales en una sola jornada. Compramos con tarjetas, utilizamos aplicaciones de transporte, enviamos mensajes, realizamos transferencias electrónicas y cruzamos fronteras dejando registros permanentes. Nunca habíamos vivido rodeados de tanta información.
Y, sin embargo, basta observar las noticias de cualquier semana para advertir una paradoja inquietante. Aparece una nueva red de narcotráfico que nadie parecía haber detectado. Estalla un esquema de corrupción después de años de funcionamiento silencioso. Surgen complejas estructuras financieras ocultas detrás de cadenas societarias repartidas entre varios países. Gobiernos, policías, bancos y organismos especializados descubren una y otra vez que sabían mucho menos de lo que creían saber.
Vivimos en la época de la información abundante y de la comprensión escasa.
Durante años interpretamos estos fenómenos como problemas distintos. El crimen organizado pertenecía al ámbito de la seguridad. La migración al de la política social. La inteligencia financiera a la regulación económica. Los conflictos territoriales a la historia o a la identidad. La inteligencia artificial al futuro tecnológico. Observados en conjunto, sin embargo, parecen expresar una misma transformación.
No estamos simplemente frente a una crisis de seguridad ni frente a una crisis migratoria. Tampoco frente a una crisis tecnológica. Lo que comienza a resquebrajarse son las formas mediante las cuales las sociedades producen confianza.
Cuando la confianza organizaba el mundo
Toda sociedad debe resolver un problema elemental: cómo actuar cuando el conocimiento es incompleto. Cómo invertir, contratar, gobernar o convivir cuando el futuro permanece abierto y las consecuencias de nuestras decisiones nunca pueden conocerse por completo de antemano.
Durante siglos la respuesta descansó principalmente en relaciones personales. La palabra empeñada, el apellido familiar, la reputación construida durante años o la pertenencia a una comunidad reducían parte de la incertidumbre. Nadie eliminaba completamente el riesgo, pero existían mecanismos relativamente eficaces para anticipar el comportamiento ajeno.
El crecimiento de las sociedades hizo insuficiente esa solución. Resultaba imposible conocer personalmente a todos aquellos con quienes se comerciaba, se contrataba o se intercambiaba dinero. Entonces aparecieron nuevas instituciones. Registros civiles, catastros, tribunales, bancos, sistemas tributarios y burocracias estatales asumieron una tarea decisiva: permitir que desconocidos confiaran entre sí.
Vista de ese modo, la historia moderna puede leerse como una búsqueda permanente de mecanismos capaces de producir confianza a gran escala.
La propiedad privada desempeñó un papel central en ese proceso. Más que un simple derecho sobre bienes, funcionó como una tecnología de estabilización temporal. Permitió proyectar expectativas hacia el futuro, planificar inversiones y coordinar acciones que excedían ampliamente el presente inmediato (Beckert, 2016; Waldron, 2012).
Algo semejante ocurrió con el secreto bancario. Hoy suele aparecer asociado a evasión tributaria, corrupción o lavado de dinero. Sin embargo, su origen histórico fue mucho más prosaico. Surgió como una institución destinada a proteger información patrimonial y, con ello, fortalecer la confianza en sistemas financieros crecientemente impersonales (Carruthers, 2013).
Durante buena parte del siglo XX esas tecnologías de confianza funcionaron razonablemente bien. Pero ninguna institución es eterna.
El fin de las certezas institucionales
Las últimas décadas alteraron profundamente ese equilibrio. Los capitales comenzaron a desplazarse a velocidades inéditas. Las cadenas de propiedad se hicieron más complejas. Las empresas distribuyeron operaciones entre múltiples jurisdicciones. Las plataformas digitales transformaron la circulación de información. Al mismo tiempo, millones de personas comenzaron a desplazarse entre países buscando oportunidades, protección o simplemente un futuro mejor (IOM, 2024).
La movilidad dejó de ser una excepción para convertirse en una condición estructural de la economía global.
La consecuencia fue paradójica. A medida que aumentaba la capacidad para registrar y almacenar información, también crecían las dificultades para comprender las relaciones que esa información describía. El problema ya no parecía ser la falta de datos. El problema comenzaba a ser la dificultad para transformarlos en conocimiento significativo.
Como anticipó Hayek (1945), el conocimiento relevante para la coordinación social permanece inevitablemente disperso. Y como posteriormente señalaría Luhmann (1990), toda observación genera puntos ciegos que ninguna observación adicional puede eliminar completamente.
Cuando una sociedad vive en varios tiempos a la vez
Existe una imagen profundamente arraigada en la imaginación moderna: la idea de que las sociedades avanzan de manera relativamente lineal desde formas tradicionales hacia formas modernas. América Latina rara vez encaja completamente en esa narrativa.
La región parece funcionar de otra manera. Más que reemplazar una época por otra, acumula capas históricas. Superpone tiempos. Conserva instituciones, memorias y prácticas provenientes de momentos distintos que continúan actuando simultáneamente sobre el presente.
Por eso muchas veces da la impresión de que convivieran varios países dentro del mismo país.
Un agricultor puede tomar decisiones basadas en conocimientos transmitidos durante generaciones mientras utiliza maquinaria conectada a sistemas satelitales. Una comunidad indígena puede movilizar memorias históricas del siglo XIX mientras enfrenta conflictos asociados a mercados globales de materias primas. Un banco puede utilizar inteligencia artificial para analizar operaciones financieras mientras administra patrimonios familiares construidos a lo largo de décadas.
La modernidad latinoamericana no suele eliminar completamente lo anterior. Lo incorpora, lo reorganiza y lo combina con nuevas formas de organización económica y tecnológica. Y esa coexistencia de temporalidades tiene consecuencias profundas para la generación de confianza.
Chile como ensamblaje temporal
Chile suele describirse como una economía moderna, integrada a los mercados globales y dotada de instituciones relativamente estables. La descripción contiene elementos de verdad, pero puede ocultar algo igualmente importante.
Bajo esa superficie conviven temporalidades muy distintas. Los mercados financieros operan en escalas de segundos. Los gobiernos suelen pensar en ciclos electorales de algunos años. Las empresas proyectan inversiones a décadas. Las comunidades territoriales movilizan memorias históricas que atraviesan generaciones. Las familias construyen estrategias patrimoniales que muchas veces sobreviven a quienes las iniciaron.
No existe un único tiempo chileno. Existen múltiples tiempos coexistiendo dentro de una misma sociedad. Y muchas de las tensiones contemporáneas nacen precisamente de esa coexistencia.
Cuando todos observan
Durante buena parte del siglo pasado se asumió que observar era una tarea principalmente estatal. Las agencias públicas recopilaban información, construían estadísticas y elaboraban diagnósticos sobre la realidad social.
Hoy el escenario es mucho más complejo. Estados, mercados, bancos, plataformas digitales, comunidades territoriales e incluso organizaciones criminales producen información, anticipan comportamientos y desarrollan formas propias de inteligencia. Nunca tantos actores habían participado simultáneamente en la producción de conocimiento social.
Sin embargo, esa expansión de observadores no ha producido necesariamente una comprensión más profunda de la realidad. Muchas veces parece haber multiplicado las interpretaciones parciales y las dificultades para integrarlas.
Quizás por eso la cuestión central ya no sea la transparencia. La cuestión es la observabilidad. Es decir, la capacidad de reconstruir relaciones significativas dentro de sistemas cuya complejidad crece más rápido que nuestras herramientas para interpretarlos (Scott, 1998).
Las otras instituciones de la confianza
La persistencia de muchas organizaciones criminales no puede explicarse únicamente por la violencia. Si todo dependiera del miedo, difícilmente sobrevivirían durante décadas, atravesando cambios políticos, persecuciones policiales y reemplazos generacionales.
Lo que las sostiene es algo más incómodo de reconocer: su capacidad para producir formas de confianza.
Necesitan saber quién cumple acuerdos, quién guarda silencio, quién paga deudas y quién traiciona. Deben construir expectativas relativamente estables en entornos donde los mecanismos formales de garantía son débiles o inexistentes.
La observación formulada por Gambetta (1993) sobre las mafias sicilianas conserva una vigencia sorprendente. Las organizaciones criminales prosperan cuando consiguen producir formas de previsibilidad allí donde las instituciones formales resultan insuficientes.
Por eso muchas de ellas funcionan menos como simples bandas y más como estructuras de gobernanza. Regulan mercados, administran territorios, median conflictos y generan expectativas relativamente estables para quienes dependen de ellas (Smilde y Nieto-Matiz, 2022). La violencia importa. Pero la confianza también. Y muchas veces importa más de lo que estamos dispuestos a reconocer. Migraciones y fronteras de la confianza
América Latina como laboratorio
Pocas regiones permiten observar estas tensiones con tanta claridad como América Latina. La región combina economías profundamente integradas a los mercados globales con instituciones estatales de capacidades desiguales, memorias históricas de larga duración, migraciones masivas y organizaciones criminales cada vez más sofisticadas. El resultado es una convivencia permanente entre temporalidades, actores e intereses que rara vez avanzan al mismo ritmo. Quizás por eso América Latina sigue resultando difícil de interpretar desde narrativas lineales de modernización. Como sugirió Alejo Carpentier (1949), la región parece menos una sucesión ordenada de etapas históricas que una acumulación de tiempos que continúan actuando simultáneamente sobre el presente. Colombia muestra cómo la eliminación de líderes no necesariamente desmantela redes. México revela que disponer de información no garantiza control territorial. Brasil exhibe organizaciones capaces de coordinar simultáneamente cárceles, mercados ilícitos y barrios completos. Argentina expone las dificultades de construir confianza económica bajo incertidumbre monetaria persistente.
Chile enfrenta una combinación particular de movilidad migratoria, transformación de mercados ilícitos y conflictos territoriales.
Los casos son distintos. La pregunta de fondo es la misma.
¿Cómo producir confianza en sociedades donde las relaciones relevantes atraviesan fronteras, instituciones y tiempos históricos diferentes?
La Macrozona Sur y los límites de la observación
Ningún caso chileno muestra esta tensión con tanta claridad como la Macrozona Sur.
Durante años el debate público ha oscilado entre diagnósticos que parecen incompatibles. Para algunos, el problema central es la violencia. Para otros, la historia de la propiedad de la tierra. Para otros, el crimen organizado. Para otros, la ausencia del Estado. La dificultad es que todas estas interpretaciones contienen elementos de verdad.
Las policías observan hechos recientes y delitos concretos. Los gobiernos operan dentro de ciclos administrativos relativamente breves. Las empresas proyectan horizontes de inversión que pueden extenderse durante décadas. Las comunidades mapuches movilizan memorias históricas acumuladas durante generaciones. Las organizaciones criminales buscan oportunidades inmediatas asociadas a mercados ilícitos o vacíos de control.
Todos habitan el mismo territorio. Pero no necesariamente el mismo tiempo. Todos observan algo. Nadie observa el conjunto. Quizás por eso la Macrozona Sur no sea un territorio insuficientemente observado. Quizás sea un territorio observado por sistemas incompatibles.
La inteligencia artificial y la promesa de comprenderlo todo
La inteligencia artificial aparece precisamente en este punto de la historia.
Su promesa es tan simple como ambiciosa: reconstruir relaciones que los seres humanos ya no son capaces de identificar por sí solos. Detectar patrones invisibles, anticipar comportamientos y encontrar conexiones ocultas entre millones de datos dispersos.
En cierto sentido, promete resolver el problema central de nuestra época. Restaurar observabilidad.
Pero aquí emerge una nueva paradoja. Los sistemas de inteligencia artificial pueden observar más de lo que somos capaces de comprender. Detectan correlaciones extremadamente complejas, pero muchas veces resulta difícil explicar cómo llegaron a ellas. La observación aumenta.
La inteligibilidad no necesariamente. Por primera vez comenzamos a enfrentar una forma distinta de opacidad: no la opacidad producida por la falta de información, sino aquella generada por el exceso de complejidad (Zuboff, 2019).
La nueva lucha por producir confianza
Detrás de los debates sobre crimen organizado, migración, inteligencia financiera o inteligencia artificial parece esconderse una cuestión mucho más profunda.
La cuestión de cómo seguir cooperando cuando nadie dispone de una imagen completa de la realidad en la que vive.
Las sociedades modernas nacieron con la esperanza de que el conocimiento permitiría reducir progresivamente la incertidumbre. El siglo XXI parece estar enseñándonos una lección distinta. La incertidumbre nunca desaparece. Lo que cambia son las instituciones mediante las cuales intentamos convivir con ella.
Durante siglos esa tarea fue asumida por comunidades, burocracias, sistemas jurídicos, mercados y Estados. Hoy comienzan a sumarse plataformas digitales, sistemas de inteligencia financiera e inteligencias artificiales capaces de procesar volúmenes de información impensables hace apenas una generación.
Sin embargo, ninguna de estas tecnologías parece capaz de resolver completamente el problema que les dio origen.
Y quizás América Latina permita ver con especial claridad esa dificultad. No porque sea una excepción histórica, sino porque hace visible algo que comienza a extenderse por buena parte del mundo: la convivencia simultánea de múltiples temporalidades dentro de una misma sociedad. Como intuía Carpentier, distintos tiempos continúan habitando el mismo presente.
El desafío político ya no consiste únicamente en administrar recursos, garantizar seguridad o acelerar el crecimiento económico. Consiste en coordinar expectativas entre actores que viven en horizontes temporales diferentes y que, sin embargo, deben compartir un mismo futuro.
Tal vez la pregunta decisiva de nuestro tiempo ya no sea quién controla la información. Tal vez sea quién será capaz de producir confianza en un mundo que se ha vuelto demasiado complejo para ser comprendido plenamente.
Porque cuando la complejidad supera nuestra capacidad de interpretación, la verdadera escasez deja de ser la información.
La verdadera escasez pasa a ser la confianza.
Bibliografía
• Beckert, J. (2016). Imagined Futures: Fictional Expectations and Capitalist Dynamics. Harvard University Press.
• Carpentier, A. (1949). El reino de este mundo. México: Fondo de Cultura Económica.
• Carruthers, B. (2013). Money and Credit: A Sociological Approach. Polity Press.
• Gambetta, D. (1993). The Sicilian Mafia: The Business of Private Protection. Harvard University Press.
• Hayek, F. A. (1945). “The Use of Knowledge in Society”. American Economic Review, 35(4), 519–530.
• International Organization for Migration (2024). World Migration Report 2024.
• Luhmann, N. (1990). Essays on Self-Reference. Columbia University Press.
• Scott, J. C. (1998). Seeing Like a State. Yale University Press.
• Smilde, D., & Nieto-Matiz, C. (2022). “Criminal Governance in Latin America”. LASA Forum, 53(4).
• Waldron, J. (2012). The Rule of Law and the Measure of Property. Cambridge University Press.
• Zuboff, S. (2019). The Age of Surveillance Capitalism. PublicAffairs.
Jessica Cuadros Ibáñez
Economista.
