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La paradoja chilena. Cobre récord, sin crecimiento y el costo de la vida asfixiando a las familias. Por Patricio Medina Johnson

Recién conocimos un dato que, dicho en simple, no deja espacio para interpretaciones optimistas: la economía chilena volvió a caer. Enero marcó -0,5%, febrero -0,3% y marzo -0,1%. Tres meses consecutivos en rojo. En total, el primer trimestre cerró con una contracción de -0,3%, el peor arranque desde 2023.

No estamos creciendo poco. Estamos retrocediendo.

Y esto no es solo un número técnico. Es algo que ya se siente en la vida cotidiana. Se siente cuando el sueldo alcanza menos a fin de mes, cuando llenar el estanque cuesta más o cuando una familia empieza a recortar gastos, cambiar marcas o postergar decisiones importantes. La economía no es una cifra: es el supermercado, el arriendo, la pega.

Y esto no es solo percepción. En marzo, el IPC subió un 1,0% en un solo mes, impulsado principalmente por el alza de combustibles y transporte.

Pero lo más preocupante es lo que viene: distintas estimaciones apuntan a que en abril la inflación podría volver a subir con fuerza, con proyecciones cercanas o incluso superiores al 1,4% mensual, impulsadas nuevamente por el aumento en las bencinas.

En simple: mientras la economía cae, el costo de la vida sigue subiendo… y el poder de compra de las familias se deteriora.

Lo más llamativo es que esto ocurre en un contexto donde, en teoría, deberíamos estar mejor. Chile sigue siendo un país minero, y la minería representa entre un 8% y más de un 11% del PIB dependiendo del ciclo económico. Sin embargo, la economía no despega. Esa es la paradoja: tenemos buenas condiciones externas, pero malos resultados internos.

Y los datos muestran por qué. La actividad viene cayendo impulsada por sectores clave como la minería, la industria y la producción de bienes. En otras palabras, incluso en el corazón productivo del país estamos produciendo menos. El cobre puede estar alto, pero la economía real no logra traducir eso en crecimiento.

Aquí es donde la discusión deja de ser solo económica y pasa a ser política. Porque frente a este escenario, las decisiones recientes del gobierno y del ministro Quiroz han apostado por una combinación de ajuste fiscal y reducción de impuestos como motor de crecimiento. La promesa es conocida: apretarse hoy para crecer mañana. Pero los resultados no están llegando. La economía cae, el desempleo bordea el 9% y el crecimiento proyectado sigue siendo bajo.

Y aquí aparece el punto incómodo: cuando una estrategia no muestra resultados y aun así se insiste en ella, la política económica deja de ser una herramienta flexible y empieza a transformarse en dogma. De manera silenciosa, pero persistente, las decisiones recientes no están corrigiendo el problema, sino profundizando el estancamiento.

Pero el problema de fondo es aún más profundo. Chile lleva décadas dependiendo de “comodines” para crecer: el cobre, los ciclos de precios internacionales o el consumo interno impulsado por crédito. Ese modelo hoy muestra sus límites. Cuando el principal motor no logra empujar al resto de la economía, queda en evidencia una fragilidad estructural.

Por eso, el verdadero debate no es solo cómo reactivar en el corto plazo, sino cómo dejar de depender de esos comodines. La evidencia es clara: economías más diversificadas crecen más y mejor en el tiempo. Chile, en cambio, sigue concentrando buena parte de su crecimiento en recursos naturales con bajo valor agregado, lo que limita su capacidad de generar empleo de calidad y crecimiento sostenido.

La paradoja, entonces, no es casualidad. Es el resultado de una economía poco diversificada y de decisiones políticas que no están logrando —y en algunos casos están debilitando— la capacidad de crecimiento del país.

Porque el problema no es el precio del cobre.

El problema es que Chile dejó de crecer incluso cuando las condiciones externas son favorables.

Y cuando eso ocurre, la paradoja ya no es económica.

Es una señal de que el modelo —y las decisiones que lo sostienen— están dejando de funcionar.

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