En la primera semana de abril se publica en físico mi libro “estar woke: el despertar de nuevas fuerzas políticas”
Acá les dejo una reflexión:
En el debate público contemporáneo, pocas palabras circulan con tanta intensidad como woke. Se utiliza como acusación, identidad política, ironía y etiqueta cultural. Sin embargo, el uso excesivo de una palabra no garantiza su comprensión. A veces sucede exactamente lo contrario: cuanto más se repite un concepto, más difuso se vuelve su significado.
La discusión sobre lo suele presentarse como un enfrentamiento entre dos posturas simplistas. Para algunos, es una forma necesaria de conciencia crítica frente a desigualdades históricas. Para otros, representa una deriva cultural que fragmenta la sociedad en identidades irreconciliables. Sin embargo, reducir el fenómeno a esta polarización impide comprender su paradoja central.
Lo woke aparece, en gran medida, como una crítica al orden moderno. Denuncia las jerarquías heredadas, cuestiona instituciones que durante décadas parecían incuestionables y visibiliza relaciones de poder que antes permanecían ocultas. En ese sentido, su impulso crítico no es trivial: revela aspectos reales de desigualdad y exclusión que han sido históricamente ignorados.
Pero aquí surge una tensión fundamental. La crítica no siempre libera. Como sugiere una idea que atraviesa gran parte de la reflexión política contemporánea, no toda crítica es emancipadora. A veces, la crítica simplemente transforma el lenguaje del poder.
La paradoja de lo es que, al intentar cuestionar el orden moderno, muchas veces reproduce su misma lógica. La política identitaria, por ejemplo, busca corregir injusticias históricas mediante el reconocimiento de las diferencias. Sin embargo, cuando la identidad se convierte en el fundamento absoluto de la política, existe el riesgo de transformar la diferencia en una nueva frontera moral.
En ese punto, la política deja de ser un espacio para articular el conflicto y se convierte en una disputa permanente entre identidades cerradas. El desacuerdo ya no se interpreta como una parte normal de la vida democrática, sino como una señal de ilegitimidad moral del adversario.
La modernidad prometía algo distinto. Su proyecto político se fundamentaba en la idea de que era posible construir comunidades políticas que trascendieran las diferencias particulares. Esa promesa nunca se cumplió plenamente y, en muchos casos, sirvió para ocultar desigualdades reales. Sin embargo, la reacción ante esa promesa fallida puede conducir al extremo opuesto: una política en la que la diferencia se vuelve absoluta y la comunidad, imposible.
El problema de nuestro tiempo no es la diversidad. Las sociedades contemporáneas siempre han estado atravesadas por diferencias culturales, sociales y políticas. El verdadero problema es la dificultad para articular esas diferencias sin destruir el espacio común que hace posible la política. La pregunta entonces no es simplemente si lo woke tiene razón en sus diagnósticos —muchos de ellos son válidos— sino si su forma de constitución política logra escapar del marco conceptual que pretende superar.
Porque si la crítica termina reproduciendo la lógica que denuncia, la política corre el riesgo de quedar atrapada en una paradoja: luchar contra una forma de poder mientras construye otra.
Pensar la diferencia sin convertirla en una nueva ortodoxia es, probablemente, uno de los desafíos políticos centrales de nuestro tiempo.
Cristopher Ferreira Escobar. Cientista político
