El análisis riguroso, que no parece del todo razonable entregarse a conjeturas respecto de procesos políticos que aún no han adquirido forma histórica efectiva, prevención que, sin duda, resulta intelectualmente atendible y metodológicamente sensata; con todo, al proyectar de manera hipotética un eventual gobierno de José Antonio Kast, ejercicio que se vuelve casi inevitable dada la notoria indeterminación y la escasa explicitación programática de su agenda ideológica en el espacio mediático, comienzan a perfilarse al menos dos nudos problemáticos de considerable envergadura que, en caso de acceder al poder, exigirían una resolución inmediata, sin que exista plena certeza de que dicho sector disponga del instrumental conceptual, político y técnico indispensable para enfrentarlos con solvencia.
La primera de estas dificultades remite a una restricción de orden social y cultural que atraviesa tanto al Partido Republicano como a su principal figura. Me refiero a una limitación de clase que no es meramente económica, sino también cognitiva y experiencial. La élite republicana se encuentra conformada, en su inmensa mayoría, por sectores de altos ingresos, socializados en espacios urbanos altamente segregados, donde la concentración de capital económico, cultural y simbólico alcanza niveles que parecen corresponder a un país distinto del resto de Chile. Vitacura, Las Condes o incluso ciertos enclaves de Santiago oriente operan como territorios desde los cuales se piensa la nación, como si esos fragmentos urbanos pudieran erigirse en sinécdoque del conjunto nacional. El problema no es solo la pertenencia social de esa élite; más bien, su desconocimiento efectivo del país “real”, de sus periferias, de sus regiones y de sus múltiples formas de precariedad cotidiana.
Conviene señalar, casi a modo de acotación analítica, aunque no por ello menos sustantiva, que la derecha, cuestión que con frecuencia se diluye en el debate público, encarna y vehiculiza intereses de clase objetivamente estructurados y no meras afinidades culturales o disposiciones morales abstractas. En esa línea, resulta ilustrativa la observación formulada por Carlos Peña en una entrevista concedida a Tele 13 Radio (https://www.youtube.com/watch?v=A1tfgpwa94w), donde subrayó que la celebración del triunfo electoral de José Antonio Kast no tuvo lugar en un espacio socialmente indiferenciado; antes bien se concentró de manera elocuente en la avenida Presidente Errázuriz, enclave urbano que condensa un tipo específico de capital económico y social. Más aún, al enfatizar que este dato no era anecdótico, Peña recordó que la geografía de la celebración revela con nitidez la inscripción material y territorial del poder, confirmando que estos detalles, lejos de ser ornamentales, importan precisamente porque permiten visibilizar la correspondencia entre proyecto político, localización social e intereses estructurales que suelen presentarse, no sin astucia, bajo el ropaje de una supuesta neutralidad republicana.
Este aspecto de “clase”, conviene decirlo, no es exclusivo de la derecha radical. Algo similar ocurrió con sectores del Frente Amplio, cuyos cuadros dirigentes tampoco provenían mayoritariamente de mundos populares ni regionales. No obstante, en el caso republicano, esta limitación adquiere una forma particularmente rígida, pues se encuentra reforzada por una matriz ideológica que tiende a naturalizar su propio punto de vista como si fuese universal.
En ese marco, resulta ineludible prestar atención al denominado núcleo “intelectual” del Partido Republicano. Allí destaca con nitidez la figura de Cristián Valenzuela, quien ha contado con una plataforma privilegiada para exponer sus ideas, particularmente a través de espacios concedidos por el propio gobierno en programas de alta visibilidad como Estado Nacional en Televisión Nacional de Chile. No se trata de una presencia anecdótica. Valenzuela encarna, en buena medida, el andamiaje doctrinario de este sector y su inscripción en una tradición gremialista que, más que producir propuestas sustantivas, suele oscilar entre la crítica abstracta y la administración defensiva del statu quo. La interrogante central es si este núcleo será capaz de articular proyectos concretos o si, tal como ocurrió en gobiernos anteriores de inspiración similar, quedará reducido a una suerte de oposición interna, crítica del Estado desde el Estado mismo.
Una de las notas distintivas de la matriz de pensamiento chicago-gremialista ha sido, históricamente, su inclinación hacia la despolitización. Esto se expresa en un esfuerzo sistemático por vaciar el discurso público de densidad conceptual, erosionar la argumentación y reemplazar el conflicto político por una retórica moralizante o tecnocrática. El objetivo último es generar desafección ciudadana, desactivar la deliberación colectiva y, con ello, preservar incólume el modelo económico, verdadero eje estructurante de esta corriente de pensamiento. Defenderlo se convierte, entonces, en una tarea casi teológica, impermeable a la crítica y resistente a toda revisión sustantiva.
En coherencia con lo anterior, buena parte del trabajo ideológico de la derecha radical no se ha desarrollado en espacios de discusión programática, sino en formatos mediáticos como el programa Sin Filtros, conducido por Gonzalo Feito. Allí predomina una lógica de confrontación directa, basada en la descalificación, el sarcasmo y el insulto, lo cual constituye una tecnología política orientada a la despolitización generalizada. Al degradar el debate, se reduce deliberadamente la complejidad de los problemas públicos y se desplaza la discusión desde los proyectos y los intereses estructurales hacia una economía afectiva dominada por la burla, la ira y el desprecio.
Este ecosistema digital se ve reforzado por la acción sistemática de bots de ultraderecha en plataformas digitales, incluidas aquellas asociadas a medios informativos. Lejos de operar de manera aleatoria, estos dispositivos responden a una racionalidad política precisa, donde el insulto funciona como mecanismo de reducción del adversario a una categoría moral inferior. De este modo, se elude conscientemente la argumentación y se impide la deliberación. El conflicto político se transforma así en una disputa emocional, donde lo que importa no es convencer, sino contaminar el espacio público y erosionar toda posibilidad de discusión razonada.
Hay aquí un elemento adicional que no debe pasarse por alto. El insulto reiterado produce comunidad. Repetir consignas ofensivas y humillantes genera un “nosotros” cohesionado por la negación del otro. Como señaló el historiador francés René Rémond [Les Droites en France, 1954)] en su clásico estudio sobre las derechas francesas, estas tienden a definirse negativamente, es decir, a partir de aquello que rechazan. En este caso, el “nosotros” se constituye como anti gobierno, anti Frente Amplio o, en términos más amplios, como anti ellos. “Somos”, en definitiva, quienes no “somos” ellos.
El problema es que ahora ese sector aspira a gobernar. Y gobernar exige algo más que la administración del resentimiento o la disciplina del afecto. Exige la construcción de marcos interpretativos más densos, capaces de orientar la acción estatal en un contexto de alta complejidad social. La pregunta, entonces, es cómo una derecha que ha hecho de la simplificación y la descalificación su principal registro comunicativo podrá transitar hacia un ejercicio del poder que demande seriedad, propuesta y capacidad de gestión. Pretender conducir el Estado desde registros propios del espectáculo confrontacional, como los que caracterizan a formatos televisivos del tipo Sin Filtros, o desde la lógica beligerante de la trinchera opositora, constituiría un error de apreciación de gran magnitud para la derecha radical encarnada en el Partido Republicano.
Esta crítica no es nueva. El filósofo Hugo Herrera la formuló con claridad al señalar la pobreza conceptual de la derecha chicago-gremialista [La derecha en la Crisis del Bicentenario, 2014], pese a contar con tradiciones intelectuales mucho más sofisticadas. Durante los debates presidenciales, esta limitación se hizo evidente en la evitación sistemática de la argumentación y en la renuncia explícita a discutir en profundidad. Ahora, sin embargo, la situación es distinta. Ahora se trata de asumir la conducción del Estado.
Y el Estado, conviene no perderlo de vista, constituye un entramado institucional, administrativo y simbólico de una complejidad muy superior a la que suele reconocer, cuando no caricaturizar, el discurso antiestatal propio del ideario chicago gremialista. Aun bajo su formulación subsidiaria, el Estado no desaparece ni se repliega del todo, sino que se infiltra capilarmente en la totalidad del espacio nacional, a veces de modo frágil, discontinuo o intermitente, otras bajo formas fragmentadas y desiguales, pero siempre operando como condición estructural de posibilidad para la producción y reproducción del orden social. Existen amplias franjas del territorio donde esa presencia es tenue, residual o prácticamente inexistente, como ocurre en zonas fronterizas del extremo norte, entre ellas Colchane, paradójicamente uno de los lugares donde José Antonio Kast obtuvo una alta adhesión electoral, lo que revela hasta qué punto el abandono estatal no solo genera desafección; muy por el contrario, una demanda contradictoria por autoridad y control. Esta situación vuelve especialmente visible la tensión entre un discurso que denuesta al Estado y la exigencia ineludible de gobernar un país de geografía extensa, heterogénea y profundamente desigual, en el que resulta sencillamente ilusorio imaginar la prescindencia de la mediación estatal. No es casual, en este sentido, que los vacíos dejados por el Estado hayan sido progresivamente ocupados por el crimen organizado, el cual no debe entenderse como una anomalía externa al sistema, sino más bien como una de las expresiones avanzadas, eficientes y brutalmente racionales del capitalismo contemporáneo, capaz de imponer orden allí donde la autoridad pública ha retrocedido (https://www.lemondediplomatique.cl/las-derechas-ante-el-crimen-organizado-silencios-contradicciones-y-encrucijadas.html).
El desafío, por tanto, es mayúsculo. Todo indica que un eventual gobierno cometerá errores, y esos errores, como bien sabe la sociología política, se convierten rápidamente en insumo para la devaluación del poder. Alberto Mayol lo expresó con agudeza al señalar que el solo hecho de asumir el gobierno implica una pérdida inmediata de valor político. Las expectativas acumuladas durante la campaña comienzan a disiparse desde el primer día.
En ese sentido, cabe preguntarse qué ocurrirá con aquellas promesas que difícilmente podrán cumplirse, como la expulsión masiva de inmigrantes irregulares o la restauración inmediata del orden social. José Antonio Kast ya ha comenzado a matizar algunas de estas expectativas. La interrogante que queda abierta es qué efectos producirá ese inevitable desencanto y cómo será procesado por una base electoral habituada más a la consigna que a la complejidad. Ahí, precisamente, se juega una de las tensiones centrales del ciclo político que se avecina.
Fabián Bustamante Olguín. Doctor en Sociología, Universidad Alberto Hurtado. Académico del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte (Coquimbo)
