Que Jeanette Jara y José Antonio Kast avanzaran a la segunda vuelta difícilmente sorprende a quienes han seguido el pulso político de los últimos meses. El guion estaba trazado: un nombre del oficialismo y otro del campo opositor de derecha. Lo inesperado, en cambio, fue el ascenso de Franco Parisi y la magnitud de su votación en el norte. Allí se configuró algo más complejo que un simple “voto castigo”. Se manifestó, además, cierta fe —a ratos conmovedora, a ratos temeraria— en la idea de que el mérito individual y el empuje personal bastan para prosperar en un orden económico cada vez más implacable. Parisi encarna esa narrativa tecnocrática del “emprendedor de sí mismo”, adobada con un pragmatismo de centro-derecha. Sorprende, sin embargo, que muchos electores hayan pasado por alto las controversias que lo rodean, desde la deuda de pensión de alimentos hasta acusaciones jamás esclarecidas. En fin, cada época cultiva sus propias indulgencias.
Ahora bien, la atención se desplaza inevitablemente hacia José Antonio Kast y las posibilidades reales de que la derecha recupere el poder. Y aquí conviene detenerse, con un mínimo de ironía analítica, en la paradoja que él encarna. Porque Kast no introduce nada nuevo en el repertorio político chileno. Y ese es, precisamente, el dato revelador. Su trayectoria proviene directamente de la matriz chicago-gremialista: militante histórico de la UDI, impulsor del Sí en 1988, y heredero de ese molde ideológico que combina sin sonrojo el credo neoliberal de la Escuela de Chicago con un corporativismo y nacionalismo de larga data. Un híbrido persistente, resistente al paso del tiempo y, como ciertos muebles heredados, imposible de jubilar.
Desde los años noventa, buena parte de la derecha ha estado marcada por liderazgos hipertrofiados —Piñera, Lavín, Matthei, el propio Kast—, todos socializados en esa misma cultura política. Lo sorprendente no es su aparición, sino la tenacidad con que esta matriz sigue operando como horizonte de verdad dentro del sector. De ahí que muchos electores debieran preguntarse qué significa, en la práctica, un eventual gobierno suyo. Su desempeño parlamentario no fue precisamente memorable; más bien se caracterizó por ausencias que no pasaron inadvertidas. Prepararse para ser candidato es una cosa; gobernar es otra bastante más prosaica y menos fotogénica. Y es aquí donde el personaje puede desinflarse con rapidez.
Basta pensar en una de sus principales promesas: la expulsión masiva de migrantes irregulares o vinculados al delito. ¿Tiene realmente la capacidad administrativa, presupuestaria y diplomática para llevar adelante esa empresa? Lo dudo. Una medida de ese tipo requiere recursos cuantiosos y un fortalecimiento del Estado que colisiona con su propia convicción de reducirlo en beneficio de grandes conglomerados empresariales. Esa tensión interna puede transformarse en su talón de Aquiles. Y, si no cumple, la desilusión será inmediata; las expectativas hoy son altas, casi febriles.
A esto se suma otro elemento que no conviene pasar por alto. Kast encarna, como ha señalado Hugo Herrera, la UDI de los años noventa. Basta revisar los documentos de Libertad y Desarrollo de aquella década para encontrar —con un déjà vu casi literario— las mismas tesis, el mismo tono y la misma seguridad doctrinaria. Ello demuestra que las derechas chilenas nunca abandonaron su matriz radical en la lectura del orden social, salvo por un tímido y efímero interludio liberal durante el primer gobierno de Piñera.
Esta constatación tensiona la tesis de Stephanie Alenda en Anatomía de las derechas chilenas (2020), que proponía la existencia de diversas sensibilidades al interior del sector, incluida una corriente más liberal. Sin embargo, dicha sensibilidad resultó frágil: durante el estallido social de 2019 no vaciló en alinearse con el discurso del orden y en justificar la represión ejercida sobre la ciudadanía. De ese modo, su pretendida autonomía doctrinaria se diluyó con rapidez, revelando la continuidad profunda que caracteriza al universo político de la derecha chilena.
La evidencia conduce hacia otra conclusión: en Chile, la frontera entre la derecha mainstream y la ultraderecha ha sido históricamente permeable. Nunca se configuró algo parecido a un “cordón sanitario”; por el contrario, se consolidó una convivencia tácita, un tránsito fluido entre discursos y prácticas. En ese marco, Kast dista de ser una novedad. Más bien representa la reafirmación de una tradición que muchos dieron por retirada, pero que ha mostrado una habilidad singular para rearticularse sin modificar su núcleo ideológico.
Resulta llamativo, por lo mismo, que algunos académicos —como Cristóbal Rovira— hayan atribuido un aire de novedad a la emergencia de la ultraderecha, apoyándose en marcos analíticos derivados principalmente de experiencias europeas contemporáneas. Ese enfoque, aunque útil para ciertos contrastes, corre el riesgo de oscurecer un hecho fundamental: la derecha chilena ha mostrado, desde hace décadas, rasgos que la aproximan a posiciones radicales. Ya en la primera mitad del siglo XX encontramos derechas extremistas, conservadoras revolucionarias, que luego, una vez instaladas en el poder, sobre todo después del golpe de Estado, mutaron hacia formas de radicalismo institucionalizado.
No es casual, por ejemplo, que durante la dictadura se implementara un entramado institucional diseñado para restringir el pluralismo político y limitar severamente el desarrollo de la izquierda. Jaime Guzmán fue el principal artífice de ese proyecto, cuyo horizonte consistió en fijar un orden político blindado frente a cualquier intento redistributivo. Por ello, me parece relevante insistir —sobre todo para los lectores de Le Monde Diplomatique— en la importancia de un examen histórico minucioso de la extrema derecha chilena durante el siglo XX. Quien recorra esa trayectoria advertirá que buena parte de sus argumentos actuales reproducen un repertorio ya antiguo: la insistencia en un país supuestamente sumido en el caos, la decadencia atribuida a la democracia liberal, y la acusación permanente contra los partidos de izquierda como agentes del desorden.
A partir de esa lectura catastrófica surge la necesidad de una “personalidad salvífica”, según la tesis desarrollada por Luis Corvalán Márquez, capaz de tomar decisiones extraordinarias —al estilo decisionista de Carl Schmitt— para restaurar el orden y propiciar un renacimiento nacional. Desde luego, no se trata hoy de un golpe de Estado ni de una intervención fáctica como en el pasado; el camino es electoral. Sin embargo, la diferencia entre la derecha radical y la derecha moderada radica en que, una vez en el poder, la primera tiende a restringir libertades civiles y derechos sociales. Es precisamente este horizonte el que diversos intelectuales, incluso de izquierda, advierten como plausible en un eventual gobierno de Kast.
Y, como suele ocurrir en política, lo que parece un retorno es, en realidad, una persistencia. Una muy cómoda, por cierto, para los empresarios corporativos orgánicos de raíz chicago-gremialista.
:::
Fabián Bustamante Olguín. Académico del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte, Coquimbo
