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La piel de Colón. Por José Pérez de Arce

Hubo una vez un lugar, que ocupaba todo un continente, el cual vistió una piel diferente traída por el primer español que colonizó ese mundo. A partir de entonces, comenzamos a hablar castellano, a adorar a Jesucristo y a regirnos por el Derecho Romano. Llamamos América al continente e indios a sus habitantes. La colonización se extendió inexorable, se hizo resistente, apoyándose en la religión y su dogma, luego en la razón y sus argumentos, luego en la tecnología y su progreso. Era una piel intolerante, que ansiaba cubrirlo todo y ahogar lo diferente. Su dominio fue la habilidad de la competencia, que le permitió ir eliminando a los otros. La economía fijó sus reglas, el negocio de la extracción se perfeccionó gracias a la tecnología, y la política permitió mantener su manejo en “buenas manos” (léase, expertos en hacer crecer esa piel).

La piel se hizo transparente, la colonización de nuestro mundo pareció ser verdad, un reflejo de Europa en castellano, católico y romano. Todas las nuevas capas que fue tejiendo, una tras otra en el tiempo, heredaron esa transparencia. La Ley, la Ciencia y la Tecnología se vistieron de eficiencia para generar confianza, presentandose transparentes e inocuas.

La última capa de esta piel es la tecnología, que ha ido cubriendo el planeta, diligentemente, con artículos indispensables, sin los cuales no podemos vivir: el auto, la silla, el celular, el edificio, el computador, el llavero. Pensamos que todo eso era nuestro, deseado, elegido y adquirido voluntariamente, y teníamos razón. La última capa, la más sutil, inteligente y persuasiva, es la tecnología enfocada a las conciencias, y la piel se hizo digital. La digitalización del mundo se introdujo en nuestra mente, abrió nuevas fronteras a la creación. También la creímos transparente y universal, y hablamos de eliminar el “analfabetismo digital”.

Pero como sucede con todas las cosas, esa piel comenzó a resquebrajarse. La piel se puso vieja, no pudo evitar la entropía. Lo que antes estaba oculto, comenzó a aparecer, a “mostrar la hilacha”. Aparecieron los mapuches, los bororo y los cofanes en lugares donde se los creía extintos. Apareció también su historia secreta de resistencia, adaptación y tolerancia. Descubrimos el horror de la intolerancia que asesina saberes, el espanto de la codicia que transforma en negocio un continente y sus habitantes. Al agrietarse la colonización dejó ver que somos muchas cosas, y no la monocultura dominante y posesiva de “occidente”, que había desplazado al “oriente” e ignorando al “sur”.

Nos dimos cuenta que el “crecimiento” infinito era una fábula basada en un extractivismo que va extinguiendo especies, lenguas y equilibrios climáticos. Percibimos el deterioro que ha causado al ecosistema, y su consecuencia en el deterioro de todo el resto, incluyendo la confianza en las instituciones que regulan la sociedad.

Nos percatamos que el ciclo de la tecnocultura va aplastando el mundo con basura, porque la tecnología no pertenece al mundo y su equilibrio sistémico, sino pertenece al interés de un sector económico que gobierna esa piel. Descubrimos que la tecnología no es transparente ni inocua, sino que nos remite a una dependencia cultural. Internet no es universal ni transparente, sino al servicio de quienes poseen la tecnología y la usan para sus fines, al tiempo que nos somete a una dependencia de adiestrar, comprar, mantener y reponer algo que no producimos. Descubrimos que la democracia digital sirve para llevar a Trump al poder, para elegir un Bolsonaro, para botar en contra de la Constitución en Chile. Su complejidad es tal, que sólo puede ser administrada por los poderosos sistemas industriales, económicos y políticos que mantiene, precisamente la piel heredada de Colón. Tras siglos de práctica, su habilidad se ha vuelto extraordinaria en utilizar elaboradas estrategias de venta para dirigir mensajes basados en la mentira, diferenciados por usuario, segmentados por redes, imposibles de rastrear.

Los medios de comunicación apoyan para generar un nuevo campo de “desinformación personalizada”, eficaz y creíble. Su uso de la mentira es impune ante una Ley que no sabe cómo reaccionar a algo inédito. Pero a la larga la desinformación, transformada en sistema, va generando una sociedad inestable, esquizofrénica, incapaz de de distinguir la mentira o el engaño. El control de las mentes supera la ficción, y el costo de apoyar a quienes quieren que la piel no cambie cobra un alto precio en las condiciones cada vez más deterioradas de la realidad. Pero esta terrible realidad, vista desde lejos, no es más que un esfuerzo desesperado por mantener, aún a costa de las mayores vilezas, un dominio que se licúa inexorablemente.

Estamos en un extraño punto de inflexión, en que el poder de la piel se muestra como si se mantuviera intacto, tal como se ha venido vendiendo hace cinco siglos, pero el deterioro entrópico de todos los sistemas es cada día mas evidente. Se producen estallidos sociales que dan cuenta del estado de deterioro de la vida humana, se producen pandemias que dan cuenta del estado de deterioro de nuestra relación con el medio. El hábil uso de la “democracia digital” permite desinformar, tergiversar y confundir lo necesario para fomentar el rechazo a los cambios que habita en las grandes sociedades. Se producen retrocesos, como el que vivió Chile recientemente, que sólo será evaluado en varias décadas más.

Dentro de todo este turbulento panorama, van surgiendo más voces que comienzan a preguntarse como des-colonizarnos, como revertir el proceso de alienación que ha caracterizado nuestra historia. No se trata de arrancarnos una piel que ya forma parte de nosotros. Yo no puedo dejar de pensar en castellano, no puedo dejar de concebir la realidad desde mis paradigmas. Ya no es posible prohibir todo aquello, como hizo la colonización con nuestros antepasados. Se trata de reconocer nuestra realidad diversa, que ha estado oculta bajo esa piel monocultural durante cinco siglos. La multiculturalidad es un primer paso, para lograr poner a conversar las muchas visiones que al convivir permitan la supervivencia del ecosistema humano. El siguiente paso es hallar una forma ecológica de habitar el mundo, basada en la complementariedad y no en la competencia. Cada vez mas voces hablan ese nuevo idioma. Necesitamos un proceso que ayude a reequilibrar el mundo, a reconocer su multiversidad y no seguir asesinándola.

Un paso importante en este proceso lo constituye la inversión de la tecnología, hasta hoy pensada como al servicio del hombre, para integrarla con los ciclos naturales. No basta con producir paneles solares, que incrementan la basura cuando quedan obsoletos. No basta con producir bolsas biodegradables, que aminoran un poco la basura creciente del mundo.

Quienes han impulsado el crecimiento tecnológico, allá en el Norte Global, poseen el conocimiento y la habilidad para eso, pero carecen de la sabiduría para saber relacionarse con los ciclos ecosistémicos. Nuestro continente posee enormes reservas de esa sabiduría, pero solo vemos su piel colonizada.

No sabemos conversar con quienes hemos negado la voz por siglos. Es allí donde radica nuestra potencia, en generar ese diálogo que permita que las arraigadas culturas basadas en la relación con la naturaleza ayuden a equilibrar el deterioro global. La historia de nuestro continente ofrece ejemplos notables de cómo administrar la diferencia cultural y ecológica, aprovechándola como un valor, ayudando a incrementar su diferencia en vez de eliminarla. Los reflejos de esas experiencias comienzan a surgir en nuevas fórmulas. El “Buen Vivir” es un ejemplo; a diferencia de los legados escritos, revisados al infinito por las “derechas” y las “izquierdas” del mundo, éste consiste en ser un proceso y no un libro. Eso lo hace inasible para una mente que asocia la realidad a un escrito inmutable, pero lo hace apto para un ecosistema que se basa en el continuo adaptarse mutuo de todas sus partes. Y eso es, precisamente, lo que necesita la humanidad de modo urgente.

José Pérez de Arce

jperezdearcea@gmail.com

domingo, 16 de octubre de 2022

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