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La Plaza sin Boric. Por Matías Saá Leal

Se nos va el Merluzo

Estaba viendo la entrevista con Don Francisco cuando le dije a mi mamá: se nos va el Merluzo. Lo dije con una voz triste, no feliz. Ella sabe que voté tres veces por Gabriel Boric en 2021, pero aun así me corrigió: no lo llames así, me dijo.
Y es que no lo digo en mala. Creo que lo hago por algo más primitivo. La merluza fue mi comida favorita durante toda mi infancia. Y Boric ha sido mi presidente favorito desde que tengo memoria.

Tal vez, sin pensarlo demasiado, tomo un insulto —como los hinchas de River Plate cuando aceptan que les digan gallinas— e intento volverlo algo positivo, casi identitario.

La merluza frita, sobre todo. La reineta siempre la encontramos demasiado seca y el salmón demasiado burgués.

La despedida del Merluzo en la Plaza de la Constitución me hizo sentir vulnerable, como un niño. No lo vi desde donde estaba porque llegué tarde y ya estaba lleno de gente de distintas edades, géneros y estratos sociales.

Mi mamá, en cambio, llegó temprano, como buena señora que vive en la periferia y a la que siempre le cuesta calcular los trayectos en tiempo. Cuando le pregunté dónde estaba, me mandó una foto: estaba en la primera fila, al lado del Merluzo. No lo llames así, me volvió a decir, como tantas otras veces.

Al final nos encontramos. Nos intercambiamos fotos: ella tenía dos de Boric con su perro Brownie y yo una foto oficial, con el fondo del mar.

—Lo voy a extrañar —me dijo mi mamá.

—Yo también —respondí.

Y algo en mí quería soltar toda la incertidumbre del futuro y la nostalgia del pasado en lágrimas.

Pensaba en la campaña que hicimos en 2021: los puerta a puerta, los memes de Piolín, la muerte de Lucía Hiriart el mismo día del cierre de campaña de Boric, cuando fuimos a celebrar a la plaza y después al Parque Almagro.

Pensaba en cuando le ganamos épicamente a José Antonio Kast. Pensaba también en algo que en ese momento parecía improbable: que alguien de nuestra generación llegara finalmente a La Moneda.

Como escribió alguna vez María José Viera-Gallo en una columna para The Clinic, citando a una escritora llamada Viviana: «Yo juraba que la cúspide de mi generación había sido ver a Gepe y Javiera Mena tocando Sol de Invierno en el Festival de Viña del Mar el año 2014. Me equivoqué: va a ser este domingo cuando ganemos la elección».

Pienso también en mi papá. Durante años no se cansó de hablar mal de cualquier comunista que se le cruzara por el camino, aun sabiendo que yo militaba en las JJCC. Los trataba de flojos, desordenados y llorones. A veces pienso que, en el fondo, hablaba de ellos para decir todo lo que pensaba de mí en la adolescencia.

Pero después de la despedida de Boric en la Plaza de la Constitución me escribió un mensaje:

«Qué manera de despedir el gobierno… pura alegría. Nunca había visto algo así».

Pienso en mi mamá y en la emoción de ver a Gabriel Boric con Violeta en brazos y el puño cerrado. Pienso también en una foto que subió Camila Vallejo donde aparece mi mamá intentando abrazarla entre el tumulto de gente.

Se nos va el Merluzo.

Pero me quedo con algo: su victoria no fue la de una sola generación, sino la de muchas que vieron en él a un presidente capaz de entender la diferencia entre ser vulnerable y ser débil. Un presidente que habló de paternidad, de respeto a los adultos mayores y a la niñez.

Y ahora que todo parece terminar, pienso en algo más simple: en el joven que escribía poemas en Punta Arenas y los recitaba en el desierto florido; en las firmas que alcanzó a reunir justo a tiempo para inscribir su candidatura; en su llegada en bicicleta a La Moneda, con la ropa de mi queridísima Universidad Católica.

Quizás dentro de algunos años alguien vuelva a decir «Merluzo» como un insulto.

Y ahora que todo parece terminar, pienso en algo más simple: en mi mamá mirando de nuevo esas fotos mientras caminamos hacia el metro, en la gente doblando las banderas con cuidado, en el murmullo de la plaza apagándose de a poco.

Y nosotros volvimos a la casa.

Y el Merluzo, de alguna forma, también.

Como si estuviéramos saliendo lentamente de una época en que todo parecía posible.

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