“Hay que priorizar”. Pocas frases parecen hoy tan razonables como esa. Suena responsable, madura, inevitable y técnica. Se nos dice que estamos en tiempos de escasez, que no se puede hacer todo. Y que por eso hay que escoger.
Pero conviene detenerse un momento en el uso de este argumento y examinar su trasfondo. Priorizar no es sólo ordenar recursos, es también una forma de ordenar el mundo. Cuando se prioriza no solo se distribuye lo que hay; también se define lo posible. Así cuando se instala como sentido común que “no hay dinero” y que, por lo tanto, “hay que priorizar”, la discusión política cambia de lugar. Dejamos de preguntarnos qué sociedad queremos construir y empezamos a preguntarnos únicamente qué es administrable dentro de un marco que se presenta como dado.
Ahí está el punto que quiero analizar
La priorización se presenta como una respuesta técnica a una realidad objetiva. Pero en el fondo, es también una forma de narrar la realidad. La escasez existe, sin duda, pero nunca habla por sí sola. Siempre necesita ser interpretada. Siempre hay alguien que define qué cuenta como urgencia, qué puede esperar, qué sacrificios son razonables y qué alternativas ni siquiera entran en discusión. Desde este ángulo se entiende que la política de la escasez y las prioridades que impulsa el nuevo gobierno es una forma de inocular al sentido común de ciertas ideas.
Milton Friedman lo formuló de manera particularmente clara en el prefacio de 1982 de Capitalism and Freedom:
“Existe una enorme inercia —una tiranía del statu quo— en los acuerdos privados y, sobre todo, gubernamentales. Solo una crisis (real o percibida) produce un cambio verdadero. Cuando surge esa crisis, las acciones que se emprenden dependen de las ideas existentes. Creo que esa es nuestra función fundamental: desarrollar alternativas a las políticas actuales, mantenerlas vigentes y disponibles hasta que lo políticamente imposible se convierta en políticamente inevitable. (Friedman 1982).
La frase ilumina la lógica de las prioridades. La crisis (o la percepción de crisis) estrecha el campo de lo posible. Reduce opciones, impone urgencias y vuelve razonables decisiones que antes habrían parecido excesivas o inaceptables. En ese contexto, la priorización opera como puente entre una situación presentada como inevitable y un conjunto de transformaciones que ya estaban esperando su oportunidad.
Por eso, el lenguaje de la priorización tiene tanta fuerza política. Permite presentar decisiones ideológicas como si fueran simples ajustes de sentido común. No dice: queremos redefinir el papel del Estado, reordenar las obligaciones colectivas o modificar la relación entre lo público y lo privado. Dice algo mucho más sobrio y defendible: hay que priorizar.
Y así, decisiones profundas adquieren una apariencia técnica, casi neutral. La pregunta, entonces, no es si hay que priorizar. Toda comunidad política tiene que hacerlo. La verdadera pregunta es otra: cuando se nos dice que hay que priorizar, ¿se nos está describiendo una restricción objetiva o se está construyendo un marco desde el cual ciertas decisiones se vuelven inevitables?
Porque priorizar no es sólo administrar escasez. Es también decidir, muchas veces sin decirlo, qué mundo se vuelve posible y cuál deja de serlo.
Rodolfo Bächler
Escuela de Psicología Universidad Mayor
