La imagen de José Antonio Kast cerrando su campaña presidencial tras un muro de vidrio blindado no pasará inadvertida. Es más que un gesto logístico: es una escena cuidadosamente construida, una metáfora política que condensa la relación entre el miedo y la autoridad, entre la distancia y el vínculo con los ciudadanos. En esa vitrina transparente, Kast se presenta a la vez cercano y resguardado, como si dijera al país que el peligro está afuera y él es quien sabrá contenerlo.
No resulta casual que haya elegido ese marco escenográfico. En el clima actual, donde la percepción de inseguridad se ha transformado en una emoción dominante, el blindaje no solo protege al candidato, también comunica. La performance se inscribe en una estrategia que busca acelerar la noción de crisis de seguridad en Chile, alimentando la idea de que el país vive una amenaza inminente que exige una figura fuerte, capaz de imponer orden.
Lo que se activa aquí no es tanto la razón como la emoción. Kast apela a una sensibilidad colectiva marcada por el miedo, y ese miedo, aunque pueda carecer de una correlación directa con los datos objetivos delictuales, posee una eficacia política indudable. La literatura reciente en sociología política, como el notable estudio La construcción emocional de la extrema derecha en España de Paloma Castro y Erika Juliás (CIS, 2022), ha mostrado con agudeza cómo las derechas radicales han desplazado el eje del debate desde la racionalidad hacia las emociones. Estas autoras subrayan que la extrema derecha no convence por la solidez de sus argumentos, sino por su capacidad de modular afectos: resentimiento, miedo, orgullo herido o nostalgia.
Desde ciertos sectores progresistas se tiende a ridiculizar este fenómeno. En columnas, programas de análisis y redes sociales, se repite que el discurso de Kast es “irracional”, como si esa calificación bastara para neutralizarlo. Pero la política no es una competencia de lógica formal. Lo que cuenta es la eficacia simbólica. Y en tiempos de incertidumbre, cuando la sensación de vulnerabilidad se extiende a todos los estratos sociales, los discursos del miedo logran una resonancia que los argumentos racionales rara vez alcanzan.
El episodio del vidrio blindado sintetiza ese juego de percepciones. Por un lado, muestra a un candidato que se protege de los peligros del entorno; por otro, proyecta una promesa de seguridad que interpela directamente a quienes se sienten desamparados frente al delito y la violencia. Kast, como otros líderes de derecha en el mundo, construye su narrativa sobre el miedo al desorden y la pérdida de control. Su propuesta de autoridad se sostiene precisamente en la evocación constante de una amenaza.
La candidata oficialista Jeannette Jara respondió con una frase que resonó con fuerza: “Yo no le tengo miedo a los chilenos”. Más allá de su tono provocador, la expresión tiene un trasfondo político: la disputa no es solo por quién garantiza la seguridad, sino por el tipo de vínculo que cada proyecto político imagina con la ciudadanía. Kast se muestra como un protector distante; Jara intenta aparecer como una lideresa confiada en su pueblo.
Chile ha vivido episodios recientes de violencia política, y nadie podría reprochar a un candidato por reforzar su seguridad. Sin embargo, lo que aquí importa es la carga simbólica de la escena. La vitrina blindada no solo separa físicamente al político de la multitud; también dramatiza el relato de un país fragmentado, donde el miedo ha colonizado el espacio público y donde la desconfianza se convierte en la materia prima de la representación política.
Lo que queda, entonces, es una pregunta más profunda: ¿qué tipo de liderazgo surge cuando la emoción dominante es el miedo? Kast no ofrece un proyecto que pacifique esa sensación, sino que la intensifica para capitalizarla. Puede parecer absurdo, pero en un país donde la seguridad se percibe como el bien más escaso, el gesto de aislarse tras un muro de vidrio puede resultar, paradójicamente, persuasivo.
La política chilena asiste a un momento en que la emoción precede a la idea, y donde los discursos del orden encuentran terreno fértil en el desconcierto social. En esa escena de cierre —el candidato blindado frente a una multitud insegura— se condensa el signo de una época: la política del miedo ha reemplazado a la política de la esperanza.
Fabián Bustamante Olguín. Doctor en Sociología. Académico del Instituto de Ciencias Religiosas y Filosofía, Universidad Católica del Norte, Coquimbo.
