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La política después de los proyectos. Por Cristopher Ferreira Escobar

A propósito del libro, les traigo otra reflexión

Durante gran parte del siglo XX la política se organizaba en torno a proyectos de sociedad. No se trataba solo de administrar lo existente, sino de imaginar un orden distinto. Capitalismo, socialismo, Estado de bienestar, revolución, reforma: los conflictos políticos se estructuraban alrededor de modelos de sociedad que prometían orientar el futuro colectivo.

Las ideologías funcionaban como grandes mapas. Permitían interpretar el presente y proyectar un horizonte político relativamente claro. Los partidos políticos, los movimientos sociales y las disputas electorales se movían dentro de ese marco.

Hoy ese paisaje parece haberse transformado de manera significativa.

Las grandes narrativas políticas han perdido parte de su fuerza. No han desaparecido por completo, pero ya no organizan la vida pública con la intensidad que lo hicieron durante el siglo pasado. En su lugar, la discusión política parece desplazarse hacia otro terreno: el de las identidades, las sensibilidades culturales y las disputas simbólicas.

La política contemporánea discute cada vez más quiénes somos y cada vez menos qué tipo de sociedad queremos construir.

Este desplazamiento no es un simple cambio de estilo discursivo. Es el síntoma de una transformación más profunda vinculada con la crisis de las instituciones modernas y de los relatos que las sostenían. Durante mucho tiempo, la modernidad política descansó sobre la idea de que era posible organizar la vida colectiva alrededor de principios relativamente universales: ciudadanía, igualdad jurídica, representación política.

Esos principios nunca fueron completamente neutrales ni inclusivos. Muchas desigualdades quedaron fuera de ese marco. Sin embargo, durante décadas funcionaron como un punto de referencia compartido que permitía articular conflictos dentro de un horizonte común.

Ese horizonte hoy parece más frágil.

Las sociedades contemporáneas son cada vez más diversas en términos culturales, sociales y simbólicos. Esa diversidad ha ampliado el campo de la política y ha permitido visibilizar experiencias que antes permanecían invisibles. Pero también ha producido una fragmentación creciente de las identidades políticas.

En lugar de proyectos colectivos amplios, aparecen múltiples demandas particulares que compiten por reconocimiento. La política se vuelve más inmediata, más emocional y, muchas veces, más inestable.

Cuando los proyectos de sociedad pierden centralidad, la política corre el riesgo de convertirse en una gestión permanente del presente. Se administra el conflicto, se negocian equilibrios momentáneos, pero resulta cada vez más difícil imaginar un horizonte compartido.

Esto no significa que el futuro haya desaparecido de la política. Significa que el lenguaje con el que lo pensamos está cambiando.

El desafío político de nuestro tiempo no consiste en regresar nostálgicamente a las grandes ideologías del pasado. Esos proyectos también contenían exclusiones y límites evidentes. El desafío consiste más bien en encontrar nuevas formas de pensar lo común en sociedades profundamente diversas. Porque sin algún tipo de horizonte colectivo, la política corre el riesgo de reducirse a una sucesión interminable de conflictos fragmentados.

Y una democracia que pierde la capacidad de imaginar proyectos compartidos comienza lentamente a perder también la capacidad de orientarse en el tiempo.

Cristopher Ferreira Escobar, cientista político y autor del libro Estar woke: el despertar de las nuevas fuerzas políticas

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